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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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En la iglesia, el calor era sofocante; el olor a lirios era abrumador y el reverendo John Hemphill parecía dispuesto a no terminar nunca.

Justin, con su madre y los padres de Judith, estaba sentado en el primero de los bancos de Saint Larston; Johnny y yo en la segunda fila. Yo miraba con fijeza los hombros de Justin, preguntándome qué haría él. No soportaba mirar el ataúd, cargado de flores y puesto sobre trípodes; no podía mantener la atención fija en lo que decía el reverendo Hemphill; sólo podía contemplar el banco del rectorado, donde estaban sentadas ahora la señora Hemphill y sus tres hijas, y pensar en cuando estaba sentada allí con Mellyora, y en lo orgullosa que estaba porque ella me había dado un vestido de guinga y un sombrero de paja para ponerme.

Mi mente no cesaba de volver al pasado, recordándome todo lo que Mellyora había hecho por mí.

La ceremonia ya había concluido; ahora iríamos a la bóveda del cementerio. El reverendo John Hemphill bajaba del pulpito. ¡Oh, ese fúnebre olor!

Entonces vi a Jane Carwillen. Fue una visión extraordinaria… esa anciana, que casi doblada por la mitad, se acercaba lentamente al ataúd. Todos permanecíamos tan inmóviles que el golpeteo de su bastón en el pasillo repercutió en toda la iglesia. Todos quedaron tan sorprendidos, que nadie intentó detenerla.

Se detuvo junto al ataúd; luego alzó su bastón y con él señaló los bancos de Saint Larston,

—Mi pequeña señora se ha ido —dijo con voz queda; después, alzándola—: Maldigo a quienes le hicieron daño.

La señora Hemphill, siempre eficiente esposa del párroco, abandonó velozmente su banco y tomó de un brazo a Jane. Oí su voz calma, cortante:

—Vamos, venga conmigo. Sabemos cuán alterada está usted…

Pero Jane había ido a la iglesia a efectuar una protesta pública y no fue tan fácil sacarla de allí. Durante algunos segundos se quedó, mirando fijamente los bancos de Saint Larston. Luego sacudió su bastón, amenazante.

Mientras la señora Hemphill la conducía al fondo de la iglesia se oían sus fuertes sollozos; vi que la madre de Judith hundía la cara en las manos.

—Por qué la dejé casarse…

Sus palabras deben de haber sido audibles para muchos; en ese momento pareció que todos aguardaban una señal del cielo, alguna acusación desde las alturas, alguna violencia contra aquellos a quienes se creía los asesinos de Judith.

El padre de Judith puso un brazo en torno a su esposa; Justin salía de su banco cuando detrás de mí, donde estaban sentados los sirvientes del Abbas, hubo otro disturbio. Oí decir:

—Se ha desmayado.

Supe quién era antes de volverme. Fui yo quien acudió a ella; fui yo quien le aflojó el cuello de la blusa. Yacía allí., en el piso de la iglesia, con el sombrero caído, sus claras pestañas quietas sobre la pálida piel.

Quise clamar: "Mellyora, yo no olvido. Pero está Carlyon…"

Los criados aguardaban. Yo sabía lo que significaban sus expresiones.

¡Culpable en un sitio sagrado!

* * *

De vuelta en el Abbas. ¡Gracias al Cielo que las campanas habían cesado en su lúgubre doblar! ¡Gracias al Cielo que los postigos estaban abiertos, dejando entrar la luz!

Bebimos jerez y comimos lo que se había preparado para el funeral. Justin estaba sereno y distante. Ya estaba recobrando su serenidad. Pero qué desdichado parecía… acongojado, tal como debía verse a un esposo afligido.

La madre de Judith había sido llevada a su casa. Se temía que, si se quedaba, hubiese una escena de histeria. Procurábamos hablar de cualquier cosa, menos del funeral. Los aumentos de precios; la situación del gobierno; las virtudes del joven Disraeli; los defectos de Peel y Gladstone. Algunos problemas eran más específicamente nuestros. ¿Cerraría realmente la mina Fedder, y qué efecto tendría esto sobre la comunidad?

Yo era la anfitriona. De haber estado allí Judith, igual lo habría sido, yo, pero ahora se me aceptaba como tal, y así sería hasta que Justin tuviese una esposa.

¡Pero Justin jamás debía tener esposa!

Por fin había hecho frente a mi decisión íntima. Justin jamás debía tener un hijo legítimo, y para tenerlo debía tener esposa.

Justin nunca debía tener un hijo que pudiera ocupar el sitio de Carlyon.

Pero se casaría con Mellyora. ¿Podría hacerlo? Solamente si estaban dispuestos a enfrentar un escándalo perpetuo. ¿Le haría frente Justin?

Tan pronto como pude, fui al cuarto de Mellyora, que estaba en la semioscuridad, ya que nadie le había levantado los postigos. Tenía suelta la rubia cabellera y estaba tendida en la cama, con aire juvenil y desvalido, recordándome tanto los días de nuestra niñez.

—Oh, Mellyora —dije, y se me quebró la voz.. Me tendió una mano; yo la tomé, sintiéndome como Judas.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Es el fin —repuso ella.

Sentí odio hacia mí misma.

—Pero ¿por qué? —susurré—. Ahora… son ustedes libres.

—¿Libres? —rió amargamente—. Nunca hemos sido menos libres.

—Eso es ridículo. Ella ya no se interpone entre ustedes. Podemos hablar con franqueza, Mellyora.

—Nunca ella se interpuso con más firmeza entre nosotros.

—Pero se ha ido.

—Tú sabes lo que están diciendo…

—Que él la mató… tal vez con tu ayuda. Apoyándose en los codos, se incorporó a medias; tenía la mirada extraviada.

—¡Cómo se atreven! Cómo pueden decir tales cosas de Justin.

—Al parecer, ella murió en ese momento preciso en que…

—No lo digas, Kerensa. Tú no crees eso.

—Por supuesto que no. Sé que él nada tuvo que ver con lo sucedido.

—Sabía que podía confiar en ti.

"Oh, no, Mellyora, no digas eso", quise gritar; por un momento no pude hablar, temerosa de que si lo hacía, iba a soltar la verdad.

—Ya hemos conversado —prosiguió ella—. Es el fin, Kerensa. Los dos lo sabemos.

—Pero…

—Debes comprender. No podría casarme con él. ¿No te das cuenta? Eso lo confirmaría todo… al menos eso pensarían todos. Sólo hay una manera de probar que Justin es inocente.

—¿Te irás? —pregunté.

—Él no quiere dejarme ir. Quiere que me quede aquí, contigo. Dice que tú eres fuerte y eres mi amiga. Confía en que tú me cuides.

Hundí la cara en las manos. No podía ocultar la mueca de desprecio que asomaba a mi boca. Me despreciaba a mí misma y ella no debía saberlo. Ella, que antes me había conocido tan bien, podría conocerme ahora.

—Dice que la vida sería demasiado difícil para mí… lejos de aquí. Dice que sabe qué existencia desdichada puede llevar una institutriz o una dama de compañía. Quiere que me quede aquí… para cuidar a Carlyon como lo estoy haciendo ahora… para conservarte como amiga.

—¿Y con el tiempo… cuando todos hayan olvidado… se casará contigo?

—Oh, no, Kerensa. Nunca nos casaremos. Él se marchará.

—¡Justin se marchará! —exclamé con cierta alegría en la voz. Justin renunciando a sus derechos, dejándonos el campo libre a mí y a mi gente.

—Es el único modo. Él cree que es lo mejor. Se irá al Oriente… China e India.

—No es posible que lo diga de veras.

—Así es, Kerensa. No soporta quedarse aquí y que debamos permanecer alejados. Sin embargo, no se casaría conmigo para tolerar los insultos que se lanzarían contra mí, él lo sabe. Quiere que me —quede contigo… y con el tiempo tal vez…

—¿Irás a reunirte con él?

—Quién sabe.

—¿Y está decidido a hacer esto? No puede decirlo de veras. Cambiará de idea.

—Sólo hay una cosa que podría hacerle cambiar de idea, Kerensa.

—¿A qué te refieres?

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