La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
Debí haber estado complacida de haberle dado un tío a quien él tanto admiraba.
Essie salió a recibirnos; como siempre, un poco tímida en nuestra compañía. Nos llevó al cuarto de abuelita, que estaba en cama; no era uno de sus días buenos, me dijo Essie.
Tenía la negra cabellera peinada en dos trenzas y se la veía más vieja; siempre había parecido fuera de lugar en casa de los Pollent, aunque yo sabía que Essie había hecho todo lo posible para que se sintiera bien acogida y cómoda. Esa habitación con pulcras cortinas de algodón y cobertor almidonado no era del estilo de abuelita; había en ella un aire de resignación, tal como —pensé con alarma— si hubiese venido aquí a esperar el final.
Carlyon trepó a la cama para hablarle, y ella le habló durante unos minutos. Carlyon se quedó pasivamente en sus brazos, mirándole los labios con cierta concentración, pero yo sabía que ansiaba estar con Joe. Essie había avisado a Joe que estábamos allí, y cuando mi hermano entró, Carlyon se bajó de la cama y se precipitó hacia él. Joe lo levantó en sus brazos y lo alzó sobre la cabeza.
—Así que viniste a echarme una mano, ¿verdad?
—Sí, tío loe, vine a echarte una mano.
—Pues debo ir a casa del agricultor Pengaster esta mañana. Uno de sus caballos está enfermo. Creo que sólo le hará falta un mosto de salvado, ¿qué opinas tú, socio? Carlyon ladeó la cabeza.
—Sí, opino también que sólo le hará falta un mosto de salvado, socio.
—Pues oye, qué te parece si vienes conmigo y le echas una ojeada. Pediría a tu tía Essie que nos envuelva un pastel de carne por si acaso sentimos hambre.
Carlyon se había metido las manos en los bolsillos; estaba de pie con el peso apoyado en una pierna, como hacía Joe; encorvó los hombros, lo cual, yo lo sabía, era un signo de alegría.
Joe me miraba con los ojos iluminados de placer. Sólo una cosa podía yo decir.
—Entonces lo traerás de vuelta esta tarde, Joe. Mi hermano asintió con la cabeza. —Creo que nuestro recorrido nos llevará por allí. Tengo que visitar los establos del Abbas… De pronto Carlyon rió.
—Mejor será que partamos, socio —dijo—. Habrá mucho trabajo esta mañana.
Cuando ellos se marcharon, acompañados por Essie que iba a envolver los pasteles, abuelita me dijo riendo:
—Es bueno verlos juntos… Pero tú no lo crees así, preciosa. Ahora tu hermano no vale lo suficiente para ti.
—No, abuelita, eso no es cierto…
—No te gusta ver al pequeño haciendo de veterinario, ¿verdad? ¡Y Joe tan contento de recibirlo, y él tan contento de estar con Joe! Confío en que algún día Joe tenga un hijo, pero hasta entonces, preciosa, no le regatees una pequeña participación en el tuyo. Recuerda cómo solías querer a tu hermano. Recuerda cómo ibas a conseguir todo lo mejor para él, tanto como para ti misma. Naciste para amar, mi pequeña Kerensa; lo haces con toda tu alma y vida. Y es bueno hacer lo que haces con todas tus fuerzas, porque entonces lo haces bien. Y el niño es digno de tu devoción, pero no intentes forzarlo, niña. No hagas eso.
—Jamás lo forzaría a hacer nada.
Puso su mano sobre la mía mientras continuaba:
—Tú y yo nos entendemos, nieta. Conozco tu mente porque funciona igual que la mía. Estás inquieta. Viniste a hablarme al respecto…
—Vine a verte, abuelita. ¿Eres feliz aquí?
—Mis huesos son viejos. Crujen, preciosa. Cuando me agacho a juntar mis hierbas siento las coyunturas rígidas. Ya no soy joven. Me dicen que estoy demasiado vieja para vivir sola. Mi vida ha terminado; ahora tengo suerte de tener una cama cómoda donde reposar mis viejos huesos mientras aguardo.
—No hables así, abuelita.
—De nada sirve cerrar los ojos a la verdad. Dime, ¿qué te trajo aquí a conversar con tu vieja abuelita?
—Se trata de Johnny…
—¡Ah! —exclamó, y una nube pareció cubrirle los ojos. Eso ocurría con frecuencia cuando yo hablaba de mi matrimonio, que para ella era un tema penoso. Le regocijaba que mi sueño se hubiese hecho realidad, que yo fuese ama del Abbas, pero yo intuía que deseaba que esto hubiese podido ocurrir por algún otro medio.
—Temo que esté gastando dinero… dinero que debería ser de Carlyon.
—No mires demasiado adelante, preciosa. Está el otro…
—Justin… De su parte no hay peligro… por un tiempo.
—¿Cómo puedes saberlo con certeza? Podría decidir casarse.
—Si pensara en casarse ya lo habría dicho. Pocas veces escribe a Mellyora, y cuando lo hace, nunca menciona el matrimonio.
—Lo lamento por la hija del párroco, fue buena contigo —Aunque abuelita me miraba, no pude sostenerle la mirada. Ni siquiera a ella le había dicho lo que yo había hecho aquel día, cuando encontré a Judith al pie de la escalera.
—¿Y tú y Johnny? —preguntó—. ¿Hay alejamiento entre ustedes?
—A veces pienso que no sé mucho sobre Johnny.
—Pocos somos los que podemos ver hondo en el corazón de otros, por cercanos que estemos.
Me pregunté si ella conocería mi secreto, si esos poderes suyos especiales lo habrían revelado. Rápidamente inquirí:
—Abuelita, ¿qué debo hacer? Tengo que impedirle que gaste dinero. Tengo que salvar la herencia de Carlyon.
—¿Podrás imponerle tu voluntad, Kerensa? —No estoy segura.
—¡Ah! —exclamó lanzando un prolongado suspiro—. Estoy inquieta por ti, Kerensa. A veces me despierto en esta habitación mía, y todo parece tan extraño de noche, y me siento inquieta por ti. Pienso en ese matrimonio tuyo… Dime una cosa, Kerensa, si pudieras volver atrás… si pudieras ser de nuevo doncella y tuvieras la posibilidad de elegir, ¿qué elegirías? ¿Soltera y abriéndote paso en el mundo, como institutriz o dama de compañía… porque tenías la educación necesaria para serlo… y libertad, o el Abbas y el matrimonio que fue necesario para eso?
Me volví hacia ella con asombro. ¡Renunciar al Abbas, a mi posición, mi orgullo, mi dignidad… mi hijo! ¡Y en aras de ser una criada de alta categoría en la casa de otros! No hacía falta pensar mi respuesta. Mi matrimonio no era todo lo que se espera de un matrimonio; Johnny no era ningún marido ideal y yo no estaba enamorada de él, ni lo había estado jamás, pero no tuve que reflexionar ni un solo instante.
—Cuando me casé con Johnny tomé la decisión correcta —dije y agregué—: para mí.
Una lenta sonrisa asomó los labios de abuelita al responder:
—Ahora estoy contenta. No me inquietaré más por ti, preciosa. ¿Por qué dudé? Supiste lo que querías desde que eras pequeñita. ¿Y este nuevo problema? No te preocupes tanto. Todo irá bien, ya verás. Harás que el señor Johnny Saint Larston baile a tu música.
Después de aquella conversación con abuelita me sentí mejor. Emprendí sola el regreso al Abbas, diciéndome que insistiría en que Johnny compartiera conmigo las cargas de la propiedad. Descubriría cuan profundamente endeudados estábamos. En cuanto a la leve irritación por el interés de Carlyon en Joe y su labor, todos los niños tenían esos entusiasmos; ya crecería y lo olvidaría cuando se marchase para ir a la escuela y de allí a la Universidad.
* * *
No fue fácil sujetar a Johnny. Cuando trataba de discutir negocios con él, se ponía impertinente; y sin embargo intuí al mismo tiempo cierta falta de soltura en su actitud y supe que en lo profundo de su ser estaba preocupado.