La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
—Sí, me parece que más vale que vayamos a ver cómo está ese buen caballito.
—Pronto lo curaremos, ¿eh, tío Joe? —insistió Carlyon.
—De eso me parece que podemos estar bastante seguros.
Entre ellos había una camaradería que me inquietó. No me había propuesto que el futuro Sir Carlyon se hiciese demasiado amigo del veterinario. Era cierto que debía reconocerlo como tío suyo, pero no debía haber demasiados encuentros. Si Joe hubiese sido el médico, habría sido distinto.
Levantando a Carlyon del coche, le dije:
—Cariño mío, otra vez no te vayas sin decírnoslo antes.
La felicidad se apagó en su rostro. Sin duda Joe le habría dicho cuan preocupada debía de estar yo. Echándome los brazos al cuello dijo con suavidad:
—La próxima vez lo diré.
¡Qué adorable era! Me hacía daño verlo tan amigo de Joe, y sin embargo, al mismo tiempo me complacía. Este era mi propio hermano, que antes había sido muy querido para mí… y todavía lo era, pese a haberme desilusionado.
Miré a Joe, que entró en el establo. Su cojera siempre me ablandaba con respecto a él; me recordaba siempre aquella noche en que Kim lo había llevado a la cabaña; no sé por qué, me dolía el corazón… pero no por el pasado. ¿Cómo podía yo, que tanto éxito tenía, querer volver ahora allá? Pero tenía una sensación de anhelo por saber qué estaba haciendo ahora Kim.
Joe examinó al caballito. Luego se rascó la cabeza, pensativo.
—No le pasa nada grave, me parece.
—No le pasa nada grave, me parece también —repitió Carlyon, rascándose la cabeza.
—Nada que no podamos arreglar, en mi opinión.
Carlyon sonrió. No tenía ojos más que para su maravilloso tío Joe.
* * *
La cena festiva de esa noche no fue ningún éxito. Durante el día yo no había tenido oportunidad de hablar con Johnny acerca de las cuentas por vinos, y durante la cena las recordé.
Los Fedder no eran una pareja muy interesante. James Fedder tenía casi sesenta años; su esposa, algunos menos. Yo no tenía nada en común con ella.
Mellyora cenó con nosotros, aunque yo no había invitado a otro hombre para que fuésemos un número redondo, ya que los Fedder estaban en nuestra casa porque James quería hablar de negocios con Johnny. Después de la cena, se dejaría a los hombres conversando a la mesa mientras bebían oporto.
Me alegré cuando Mellyora, la señora Fedder y yo pudimos retirarnos al salón, aunque la velada me resultó muy aburrida y quedé más satisfecha todavía cuando llegó la hora de marcharse para los Fedder.
Había sido un día agotador; primero la sorpresa por las cuentas, luego la fuga de Carlyon, y después de eso una cena festiva que no fue para nada estimulante.
En nuestro dormitorio, decidí abordar el tema de las cuentas con mi marido. Pensé que se lo veía cansado, pero la cuestión ya no se podía postergar; era demasiado importante.
—Haggety me inquietó, Johnny —empecé diciendo—. Hoy me mostró dos cuentas vencidas de dineros. Dice que no nos abastecerán más de vino hasta que se las paguemos. Es… es insultante.
Johnny se encogió de hombros y bostezó, fingiendo una indiferencia que, según sospeché, no sentía.
—Mi querida Kerensa, personas como nosotros no se creen obligadas a pagar cuentas tan pronto como se las presentan.
—¿Entonces las personas como tú tienen la costumbre de que los comerciantes se nieguen a abastecerlas?
—Estás exagerando.
—Lo supe directamente por Haggety. Cosas como esta no sucedían cuando Justin estaba aquí.
—Cuando Justin estaba aquí, sucedían toda clase de cosas que ya no suceden. Por ejemplo, las esposas morían cayendo misteriosamente por las escaleras.
Estaba cambiando el tema de discusión; tal como a mí me gustaba justificarme cuando me sentía culpable, a él también.
—Hay que pagar las cuentas, Johnny.
—¿Con qué? —Con dinero.
Volvió a encogerse de hombros.
—Encuéntralo y yo pagaré las cuentas.
—No podemos agasajar a nuestros invitados si no podemos ofrecerles vino para beber.
—Haggety tendrá que encontrar alguien que quiera abastecernos.
—¿Y acumular más cuentas? —Tienes mentalidad de cabaña, Kerensa.
—Me alegro, si eso significa que pago mis deudas.
—Oh, no me hables de dinero.
—Johnny, dímelo francamente, ¿estamos en dificultades… en dificultades financieras?
—Siempre hay problemas de dinero.
—¿Los hay? ¿Los hubo en la época de Justin?
—En la época de Justin todo estaba perfectamente ordenado. Era tan ingenioso en todos los aspectos… hasta que su ingenio le costó caro.
—Johnny, quiero saberlo todo.
—Saberlo todo es perdonar —citó él con ligereza.
—¿Estamos escasos de dinero?
—En efecto.
——¿Y qué estás haciendo tú al respecto?
—Esperar y rezar por un milagro.
—Johnny, ¿es muy grave la situación?
—No lo sé, pero saldremos del paso, como siempre.
—Debo estudiar contigo estas cuestiones… pronto.
—¿Pronto? —repitió él. Súbitamente se me ocurrió algo.
—¿No habrás estado pidiendo dinero a James Fedder? —Justamente al revés, mi dulce esposa. Fedder está buscando un amigo bondadoso que venga en su ayuda. Esta noche se equivocó al elegir.
—¿Quería que le prestaras dinero? —pregunté; Johnny asintió—. ¿Y qué le dijiste?
—Oh, le di un cheque en blanco y le dije que usara lo que quisiera. En el banco había tanto que yo no echaría de menos algunos miles.
—Johnny… en serio.
—En serio, Kerensa, le dije que me hallaba en mala situación. De todos modos, la mina Fedder se está quedando agotada. Es inútil tratar de apuntalar las cosas.
—La mina. ¡Por supuesto, la mina! —repetí; él me miró extrañado—. Sé que no nos gustará, pero es el único modo… y si hay estaño allí, como dicen algunas personas…
Tenía los labios apretados, los ojos llameantes.
—¿Qué estás diciendo? —inquirió.
—Pero si es el único modo… —empecé.
Me interrumpió diciendo, en voz tan baja que apenas pude oír:
—Tú… tú… sugieres semejante cosa. ¿Qué te crees? —Tomándome por el hombro me sacudió bruscamente—, ¿Quién eres tú… para creer que puedes gobernar el Abbas?
Tan cruel era su mirada en ese momento, que me convencí de que me odiaba.
—¡Abrir la mina! —continuó—. Cuando sabes tan bien como yo que…
Alzó una mano; tan furioso estaba, que creí que me iba a golpear. Después se apartó bruscamente. Se quedó acostado a un lado de la cama; yo al otro.
Sé que no durmió hasta la madrugada. Había sido un día extraño, inquietante, cuyos acontecimientos no abandonarían mis pensamientos. Vi a la señora Rolt y la señora Salt de pie ante mí; vi a Haggety con las cuentas de los vineros; a Carlyon junto a Joe, sujetando las riendas del caballo de Joe en sus queridos dedos regordetes; y vi a Johnny con la cara blanca de ira.
"Un mal día", pensé. Fantasmas que se agitaban; alacenas que se abrían y revelaban viejos esqueletos que era mejor olvidar.
* * *
Desde entonces mis días fueron inquietos. Mi atención se centró en Johnny porque repentinamente había comprendido que no era una persona apta para administrar la propiedad, y que su mala administración podía tener efectos en el futuro de Carlyon.
Sabía poco de asuntos financieros, pero sí sabía con qué facilidad las personas ineficaces podían verse en problemas. Fui a ver a abuelita, llevándome a Carlyon. Cuando supo adónde íbamos, mi hijo quedó encantado. Yo misma conducía el pequeño coche que usaba para esos viajes cortos, y Carlyon, de pie delante de mí sujetaba las riendas como lo hiciera con Joe. Mientras tanto, parloteaba sobre su tío Joe. Tío Joe dice que los caballos tienen sentimientos, igual que la gente. Tío Joe dice que todos los animales saben lo que uno está diciendo, por eso hay que tener cuidado de no ofenderlos. Tío Joe dice…