La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
Dejé a Carlyon grandemente consolado, escuchando la voz soñolienta de su abuela que le relataba la historia como tantas otras veces; él observaba el movimiento de sus labios, avisándole cuando ella usaba una palabra que no había empleado en anteriores ocasiones.
Ahora me digo que, tan pronto como entré en el Abbas, sentí un extraño presentimiento. Pero tal vez me lo haya imaginado después. Sin embargo, yo era muy susceptible a lo que llamaba los estados de ánimo de la casa. Esta era para mí algo vivo; siempre había sentido que mi destino estaba encerrado en ella. Ciertamente que lo estuvo aquella tarde.
Qué silencio… Toda la gente de la casa estaba ausente. Era muy poco habitual que no hubiese algunos criados presentes. Pero aquel era el día especial del año en que se acordaba que todos estuviesen ausentes.
Solamente Judith estaría acostada en su habitación, con el cabello revuelto, mostrando ya en la cara esa expresión vaga, sin forma, de los dipsomaníacos, los ojos algo extraviados y sanguinolentos. Me estremecí, aunque la tarde era cálida.
Ansiaba estar afuera, en el rosedal, con mi hijo. Sonreí al imaginarlo sentado en el regazo de Lady Saint Larston, con los ojos junto a las cornalinas, trazando quizá sus vetas con un dedo regordete.
¡Mi hijito querido! Estaba dispuesta a morir por él. Luego me reí de tal sentimiento. ¿Para qué le serviría yo muerta? Me necesitaba para hacer planes por él, para brindarle la vida que se merecía. ¿Acaso intuía ya en él cierta blandura, cierto sentimentalismo que tal vez hiciera que su corazón gobernara a su cabeza?
Qué feliz sería cuando yo le pusiese en los brazos su elefante de juguete. Juntos explicarían que él seguía queriéndolo, y que el hecho de que no fuese un verdadero elefante carecía de importancia.
Primero fui al cuarto infantil, pero el juguete no estaba allí. Esa mañana lo había visto con él. Sonreí recordando cómo lo arrastraba consigo, con aire afligido. ¡Pobre Nelly! Estaba en desgracia. ¿Cuándo lo había visto yo? Fue cuando Mellyora lo llevó a mi pieza, al salir ambos. Juntos habían ido por el corredor y bajado por la escalera principal.
Seguí esa dirección, conjeturando que, atraída su atención por otra cosa, había soltado la correa, dejando el juguete en alguna parte, al paso. Bajaría la escalera y saldría a uno de los jardines de adelante, donde él había jugado esa mañana.
Cuando llegué a lo alto de la escalera vi al elefante. Estaba caído en el segundo escalón desde arriba, y enganchado en él había un zapato. Me acerqué más. ¡Un zapato de tacón alto enganchado en la tela del elefante! ¿De quién era ese zapato?
Me incorporé sosteniendo en una mano el juguete, en la otra el zapato, y entonces vi un bulto al fondo de la escalera.
El corazón me latía como si me fuese a reventar en el cuerpo mientras bajaba corriendo los escalones. Al pie de la escalera yacía Judith.
—Judith —susurré arrodillándome a su lado. Estaba totalmente inmóvil. No respiraba; comprendí que estaba muerta.
Ahora parecía como si la casa me vigilara. Allí estaba yo, sola en ella… con la muerte. En una mano sostenía el zapato… en la otra, el elefante de juguete.
Podía verlo todo con suma claridad. El juguete caído en lo alto de la escalera; Judith que bajaba, levemente achispada, sin ver el juguete. Podía imaginármela pisándolo, su tacón enganchándose en la tela… perdiendo el equilibrio; la súbita caída por la gran escalera que yo una vez subiera tan orgullosa con mi rojo vestido de terciopelo… y abajo, la muerte.
Y esto porque mi hijo había dejado su juguete en los escalones… una trampa mortal, colocada inocentemente.
Cerré los ojos y pensé en las murmuraciones. En cierto modo, el niñito era responsable por la muerte de Judith… Era una historia como las que les encantaban, de las que persistían durante años.
Y él lo sabría, y aunque nadie pudiera decir que era culpa suya, saber que era responsable por la muerte de ella nublaría su felicidad.
¿Por qué iba a enturbiarse su luminoso futuro, sólo porque una mujer ebria había caído por la escalera y se había quebrado el cuello?
El gran silencio que reinaba en la casa era enervante. El tiempo parecía haberse detenido… se habían detenido los relojes y no se oía sonido alguno. Durante siglos, grandes acontecimientos habían tenido lugar entre aquellas paredes. Algo me decía que ahora me veía frente a una de esas ocasiones.
Luego el tiempo pareció reanudar su marcha. Oí el tic-tac del reloj de pared al arrodillarme junto a Judith. No cabían dudas de que estaba muerta.
Dejé el zapato en los peldaños, pero llevé el elefante de vuelta al cuarto de juegos y allí lo dejé. Nadie diría que Judith había muerto debido a la acción de mi hijo.
Luego salí de la casa corriendo lo más rápido que podía, en busca del doctor Hilliard.
CAPÍTULO 05
Muerte en el Abbas. Atmósfera silenciosa. Los postigos corridos para que no entrara el sol. Los criados yendo de un lado a otro lentamente, de puntillas, hablando en susurros.
En aquel dormitorio donde con tanta frecuencia yo la había peinado, Judith yacía en su ataúd. Los criados pasaban frente a la puerta cerrada de prisa, apartando la mirada. Me causaba una extraña emoción verla allí tendida, con el blanco gorro escarolado y el blanco camisón, aparentemente más en paz que nunca en su vida.
Justin se encerró en su cuarto; nadie lo veía. La señora Rolt le llevaba bandejas a su pieza, pero las volvía a traer todas de nuevo con la comida intacta. En su boca había una torva expresión. Colegí que en la cocina diría: "Le pesa la conciencia. ¡Pobre señora! ¿Acaso es de extrañarse?" Y todos asentirían, debido a su ley no escrita de que los muertos eran santificados.
Los acontecimientos de ese día resaltan con claridad en mi mente. Recuerdo que corrí por el camino bajo el ardiente sol, que encontré al doctor Hilliard dormido en su jardín, con un periódico en la cabeza para protegerse del sol; que le solté bruscamente que había habido un accidente, y que regresé con él al Abbas. La casa estaba todavía silenciosa; el zapato se hallaba caído junto á Judith, pero el elefante estaba en el cuarto de juegos. Permanecí allí, junto al médico, mientras él tocaba la pobre cara de Judith.
—Esto es terrible —murmuró—. Terrible. Había estado bebiendo —continuó después de mirar su zapato, en lo alto de la escalera.
Yo asentí con la cabeza. El doctor Hilliard se incorporó.
—Nada puedo hacer por ella —dijo.
—¿Habrá sido instantáneo? —pregunté.
—Creo que sí —repuso él, encogiéndose de hombros—. ¿Nadie la oyó caer?
Expliqué que todos los criados se encontraban en el circo. Era la única ocasión del año en que la casa estaba vacía.
—¿Dónde está Sir Justin?
—Lo ignoro. Mi marido fue a Plymouth por asuntos de la finca, y Lady Saint Larston está en el jardín, con mi hijo.
Después de asentir con la cabeza, comentó:
—Parece usted alterada, señora Saint Larston.
—Fue una fuerte impresión.
—Exacto. Bueno, debemos tratar de comunicarnos con Sir Justin lo antes posible. ¿Dónde puede estar a esta hora del día?
Yo sabía dónde estaba Justin… con Mellyora; y entonces el miedo me atacó por primera vez. Ahora él estaba libre… libre para casarse con Mellyora. En un año —que sería un período respetable— se casarían. Tal vez en otro año más tendrían un hijo. Tan absorta había estado en tomar medidas para que el juguete de Carlyon no apareciese involucrado en el accidente, que no me había dado cuenta de que lo que yo temía podía suceder, al fin y al cabo.