La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
—¡Gracias, señora!
Las oí hablar en voz baja, cuchicheando al cerrarse la puerta. Arrugué el entrecejo. Era como si sus dedos inquisitivos hubiesen abierto la puerta de una alacena que yo prefería mantener cerrada. ¿Era lo que Johnny había dicho una vez sobre esqueletos en alacenas? ¿Los de Justin y Mellyora? En fin, yo estaba dispuesta a admitir que también tenía mis esqueletos.
Procuré alejar el recuerdo de aquellos dos antiguos rostros maliciosos, mientras tomaba mi lapicero y empezaba a revisar las cuentas del mes anterior, que Haggety había puesto sobre mi escritorio pocos días atrás, de acuerdo con mis órdenes.
De nuevo llamaron a la puerta.
—¡Entre!
Esta vez era Haggety en persona.
¡Malditos recuerdos! Pensé en su pie tocando el mío bajo la mesa. Aquella lucecita en su mirada que significaba: "Debemos entendernos mutuamente. Rindo homenaje verbal a la señora Rolt, pero eres tú la que me gusta en realidad."
Cuando recordaba lo odiaba; y debía obligarme a considerarlo simplemente como el mayordomo, muy eficiente si se cerraban los ojos a sus defectos: demasiadas libertades con las criadas, ciertos sobornos de los proveedores, un pequeño ajuste de cuentas para que saliesen en su favor. La clase de fallas que se podrían tener con cualquier mayordomo.
—¿Y bien Haggety? —Seguí escribiendo, tan sólo porque había recordado.
—Ejem, señora… ejem… —tosió él.
Entonces tuve que alzar la vista. En su rostro no había insolencia, tan sólo turbación. Aguardé pacientemente. —Se trata del vino, señora.
—Para esta noche, sí. Debe usted ver al señor Saint
Larston a ese respecto.,
—Ejem… señora. Es que tendremos apenas lo suficiente para esta noche y después…
Lo miré con asombro.
—¿Por qué no se ha ocupado usted de que la bodega esté bien provista?
—Señora. El mercader, señora… reclama el pago.
Sentí un leve rubor en las mejillas.
—Esto es extraordinario —dije.
—No, señora. Hay una cuantiosa suma pendiente… y…
—Mejor será que me deje ver la cuenta, Haggety.
Una sonrisa de alivio pasó por su cara.
—Bien, señora, he anticipado ese pedido, podría decirse. Aquí está… Si la paga usted, señora, no habrá problemas, se lo aseguro.
Sin mirar el estado de cuentas que me ofrecía, dije:
—Semejante trato es muy irrespetuoso. Tal vez deberíamos cambiar de vinero.
Haggety buscó a tientas y sacó otra cuenta.
—Pues, señora, podría decirse que tenemos dos… y con ambos la situación es la misma.
En el Abbas, siempre había sido tradición que las cuentas de vinos fuesen cosa del hombre de la casa. Aunque yo me ocupaba de otros gastos, desde la partida de Justin la bodega había sido una cuestión entre Haggety y Johnny.
—Veré que esto tenga la inmediata atención del señor Saint Larston —dije y agregué—: No creo que quede complacido con estos mercaderes. Tal vez sea necesario encontrar otros. Pero, por supuesto, no se debe permitir que las bodegas queden vacías. Debió usted sacar a luz este asunto antes. Haggety frunció la cara como si estuviera por llorar. —Señora, se lo dije al señor Johnny… al señor Saint Larston… casi una docena de veces.
—Está bien, Haggety, comprendo. Se le fue de la memoria. Ya veo que no tiene usted la culpa.
Cuando Haggety salió, miré de inmediato las cuentas de los vineros. Con horror vi que entre los dos debíamos unas quinientas libras.
¡Quinientas libras! Con razón se negaban a suministrarnos más hasta que pagásemos. ¿Cómo podía Johnny haber sido tan descuidado?
Un súbito temor me había dominado. ¿Qué estaba haciendo Johnny con el dinero que venía de la propiedad? Yo tenía mi asignación, con la cual saldaba cuentas domésticas y compraba lo que me hacía falta. ¿Por qué iba Johnny con tanta frecuencia a Plymouth… con mucha más frecuencia que antes Sir Justin? ¿Por qué había quejas continuas acerca de la finca?
Era tiempo de que yo hablase con Johnny.
Aquél fue un día intranquilo.
Guardé cuidadosamente las cuentas de vinos, pero no pude olvidarlas. Esas cifras no cesaban de bailar ante mis ojos; pensé en mi vida con Johnny.
¿Qué sabíamos el uno del otro? Él seguía admirándome; yo aún le atraía, no con el mismo ardor apasionado que al comienzo, no con ese abandono que le había hecho arriesgar el desagrado de su familia para hacerme su esposa; pero allí había pasión física. Johnny seguía encontrándome diferente de otras mujeres. Me lo decía una y otra vez. ¿Qué otras mujeres?, pregunté uña vez, pensando qué otras mujeres había en la vida de Johnny. "Todas las otras mujeres del mundo", repuso él. Y yo no estaba tan interesada en la cuestión como para insistir. Siempre me sentía obligada a retribuir a Johnny por mi posición, la realización de un sueño, todo lo que él me había dado. Y sobre todo me había dado a Carlyon, mi hijo bendito, que gracias a Johnny era un Saint Larston y algún día podría ser Sir Carlyon. Por esto debía yo estar agradecida. Siempre recordaba esto y procuraba retribuirle siendo la clase de esposa que él necesitaba. Creía serlo. Compartía su lecho; administraba su casa; era un crédito para él cuando la gente podía olvidar mis orígenes, que eran como una sombra, visible algunos días, cuando el brillante sol la descubría, pero con frecuencia oculta y olvidada. Yo nunca le hacía preguntas acerca de su vida. Sospechaba que tal vez hubiese otras mujeres. Los Saint Larston (con la excepción de suponiendo que Mellyora estaría preparándolo para salir, y pensando que iríamos juntos.
Cuando estaba con Carlyon, yo podía dejar de lado todo inquietante temor. Abrí de un tirón la puerta del cuarto de juegos: estaba vacío. Estando viva la anciana Lady Saint Larston, yo había hecho redecorar los cuartos infantiles, y ella y yo nos habíamos hecho muy amigas mientras tenía lugar esa operación. Juntas habíamos elegido el empapelado; un empapelado maravilloso, azul y blanco, con el dibujo del sauce repetido una y otra vez. Todo era blanco y azul; un diseño blanco sobre cortinas azules, una alfombra azul.. El cuarto estaba lleno de sol, pero no se veían señales dé Carlyon ni de Mellyora.
—¿Dónde están?—llamé.
Mis ojos se dirigieron al asiento de la ventana, donde estaba apoyado Nelly. Nunca podía ver ese objeto sin sufrir una fuerte impresión. Había dicho a Carlyon: "Este es un juguete de niñito pequeño. ¿Quieres guardarlo? Vamos a buscar algunos juguetes para niños grandes." Él me lo había quitado con firmeza, fruncida de pesar la cara. Imaginaba, creo, que el objeto podía oír mis palabras y ofenderse.
"Es Nelly", dijo con dignidad, y abriendo la puerta de un armario lo puso adentro, como si temiese por su seguridad.
En ese momento lo levanté. Mellyora había remendado pulcramente la tela desgarrada, pero era tan visible como una cicatriz. Si ella hubiese sabido…
Aquella mañana era desagradable, porque demasiadas cosas que debían olvidarse volvían para mirarme con mueca burlona.
Volví a poner a Nelly en el asiento de la ventana y abrí la puerta que comunicaba con la pieza contigua, donde Carlyon comía. Al hacerlo me vi frente a frente con Mellyora.
—¿Lo has visto? —preguntó, y advertí cuan ansiosa estaba.
—¿Qué?
—Carlyon… ¿Está contigo?
—No.
—Entonces, ¿dónde…?
Nos miramos con fijeza, consternadas. Percibí ese sentimiento de angustia, aturdimiento y desesperación que podía causarme la idea de que cualquier daño afectase a Carlyon.
—Creí que estaría contigo —insistió ella.
—Quieres decir que… no está aquí.
—Hace diez minutos que lo busco.
—¿Cuánto hace que lo echaste de menos?
—Lo dejé aquí… después del desayuno. Estaba dibujando a su caballito…