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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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¡Cuán generoso podía ser el destino para ciertas personas! Pero ¿por qué tenía que ser así? ¿Acaso el destino decía: "Ah, pero éste es Sir Justin y hay que darle lo que quiera"? El destino debía dar un empujoncito a los acontecimientos para que todo le saliera bien a Sir Justin Saint Larston. ¿Un empujoncito? ¡Sí que eran palabras bien elegidas!

¿Dónde había estado Sir Justin en el momento en que su esposa caía por las escaleras? En la pesquisa judicial había explicado que estaba entrenando a uno de sus caballos.

No preguntaron a Mellyora dónde había estado ella. De haberlo hecho, ella habría tenido que responder que también había estado entrenando a un caballo. Podía imaginarme la mesa grande en las habitaciones de los criados; estarían sentados alrededor de ella como si fueran detectives, reuniendo las piezas de la historia.

La hora había sido ingeniosamente elegida; la casa estaba en silencio, los criados en el circo, el señor Johnny ausente por negocios; la señora Saint Larston con su hijo y la anciana dama en el jardín. ¿Acaso Sir Justin había regresado a la casa? ¿Había conducido a su esposa por el corredor hasta lo alto de la escalera y la había arrojado abajo?

Los criados lo decían; lo decían en la aldea. En la pequeña oficina de correos, la señorita Penset sabía que la señorita Martin había estado escribiendo cartas a direcciones de diversas partes del país; y teniendo en cuenta aquella escenita, cuando una habitación del Abbas se había incendiado y la señorita Martin había sido vista en ropa de dormir con Sir Justin, y la pobre señora Judith había dicho simplemente lo que pensaba, no quedaban dudas de en qué había insistido su señoría. La señorita Penset habría oído el relato de esa escena desde varias partes. Siempre estaban la señora Rolt y la señora Salt, así como el señor Haggety, que se inclinaba sobre el mostrador y contemplaba el pecho de la señorita Penset bajo su corpiño de bombasí, sonriendo con aire entendido para sugerir que ella era una hermosa mujer. Ella podía extraer cualquier secreto a un hombre que la admiraba tanto como el señor Haggety. Luego estaba Doll, que nunca era muy discreta, y Daisy, a quien le parecía tan ingenioso imitar a Doll. ¿Y acaso el cartero no le había dicho que había llevado a la señorita Martin una carta cuyo matasellos indicaba que provenía de una de las direcciones donde ella había escrito?

La señorita Penset tenía el dedo sobre el pulso de la aldea; se daba cuenta de que una muchacha estaba embarazada aún antes de que esta misma lo supiese. Todos los dramas de la vida de la aldea eran para ella de sumo interés, y como administradora de correos estaba en una situación especial para percibirlos.

Por eso yo sabía que, en la oficina de correos, la gente hablaba con la señorita Penset; cuando yo entraba allí se hacía el silencio. Se me miraba con más simpatía que antes. Tal vez yo fuera una advenediza, pero al menos no era perversa, como ciertas personas. Además, mis asuntos habían pasado a ser ahora" de importancia secundaria.

* * *

Era el día del funeral. Llegaban flores sin cesar, y el olor a lirios impregnaba toda la casa. Parecía el olor a muerte.

Todos temíamos la dura prueba. Cuando me puse mi toca, la cara que vi en el espejo casi no parecía la mía. El negro no me sentaba bien; me había dividido el cabello al medio, lucía un pesado rodete en la nuca, largos aros de jade en las orejas y un collar de jade alrededor del cuello.

Mis ojos parecían enormes; mi rostro, más delgado y más pálido. Había estado durmiendo mal desde la muerte de Judith, teniendo sueños cuando lograba dormir. Soñaba constantemente con la plataforma de contratación en la feria de Trelinket, y con Mellyora que se acercaba y me tomaba la mano. Una vez soñé que, al mirarme los pies, vi que tenía pezuñas hendidas.

Con su negro sombrero de copa y su negra chaqueta, Johnny tenía un aspecto más digno que de costumbre. Entró y se detuvo a mi lado, junto al espejo.

—Se te ve… regia —dijo, e inclinándose, para no moverme la toca, me besó la punta de la nariz. De pronto rió diciendo—: Por Dios, cómo se habla en la vecindad…

Me estremecí; odiaba su aire de complacencia. Él continuó:

—Siempre se le ha mostrado como un ejemplo… mi bendito hermano. ¿Sabes cómo lo llaman ahora? —No quiero saberlo. Elevó las cejas.

—Eso no es muy propio de ti, mi dulce esposa. Habitualmente te gusta inmiscuirte en todo. Sólo puede haber una razón para que no quieras que te lo diga. Que ya lo sabes. Sí, amor mío, están diciendo que mi santo hermano asesinó a su esposa.

—Espero que les hayas dicho cuan absurdo era eso.

—¿Crees acaso que mis palabras habrían tenido algún peso?

—¿Quién dice tal cosa? ¿La administradora de correos? ¿Propagadores de escándalos como ella?

—No tengo dudas de que la respuesta para eso es "sí". Esa vieja arpía repetiría cualquier escándalo en el cual pudiera meter su lengua sucia. Eso es previsible. Pero es en lugares más elevados. A mi hermano le costará salir de esta situación.

—Pero todos sabían que ella bebía.

—Todos sabían que él quería deshacerse de ella.

—Pero si era su esposa…

Repitió burlonamente mis palabras. Luego agregó:

—¿Qué le ha dado a mi pequeña esposa, tan avispada? Vamos, Kerensa, ¿qué opinas?

—Que él es inocente.

—Tu espíritu es puro. Eres la única que piensa eso.

—Pero el veredicto…

—Muerte accidental. Eso abarca muchas cosas. Puedo decirte esto: nadie olvidará jamás, y cuando Justin se case con Mellyora Martin, como lo hará después de un intervalo respetable, ese rumor persistirá. Sabes cómo es en estas regiones. Las historias se trasmiten de generación en generación. Allí estará esta para siempre… como un esqueleto en la alacena, y nadie sabrá jamás con certeza cuándo alguna persona traviesa abrirá la puerta de esa alacena.

Tenía razón. Yo debía decir la verdad. Debía explicar que Judith había tropezado con el elefante, que yo lo había visto, que no había querido que mi hijo fuese culpado.

Me estremecí. No había dicho la verdad en la pesquisa judicial. ¿Cómo podía presentarme ahora? Y sin embargo, ¿cómo podía no hacerlo, cuando su propio hermano creía que Justin bien podía ser un asesino?

Sentándose en el borde de la cama, Johnny examinó las puntas de sus botas.

—No veo cómo podrán casarse jamás —declaró—. El único modo de eliminar este rumor es que no lo hagan.

Cómo brillaron mis ojos… de un modo inhumano. Si ellos no se casaban… si Justin nunca se casaba… no podría haber ninguna amenaza para el futuro de Carlyon.

La campana de la iglesia empezó a doblar.

—Es hora de que partamos —dijo Johnny, y me tomó de la mano—. ¡Qué fría estás! Anímate. No es mi funeral.

Lo odiaba. No le importaban los pesares de su hermano. Sólo se mostraba relamido y complaciente porque ya no podía salir perjudicado en la comparación, porque ya nadie volvería a mostrar a Justin como un ejemplo.

Me pregunté con qué clase de hombre me había casado… y esa pregunta fue reemplazada de inmediato por otra, más inquietante: ¿Qué clase de mujer era yo?

* * *

La prueba fue más dura todavía de lo que habíamos temido. No sólo la aldea de Saint Larston, sino toda la vecindad, a kilómetros a la redonda, parecía haber acudido a ver las exequias de Judith.

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