El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
Se sintió deslizar, quitar de la almohada y poner sobre su espalda, se sintió resbaladiza por dentro, además, con cada toque parecía derretirse otra pulgada de su cuerpo. Él besó sus pechos, su estómago, sus piernas. Parecía no haber ninguna parte de ella que no le interesara. Miranda no sabía que hacer. Se recostó sobre la espalda bajo la exploración de sus manos y su boca, retorciéndose y gimiendo cuando las sensaciones comenzaron a abrumarla.
– ¿Te gusta así? -Murmuró Turner, mientras examinaba la parte de atrás de su rodilla con los labios.
– Me gusta todo -jadeó ella.
Se movió pegándose a su boca y dejó caer un beso sobre ella.
– No puedo decirte cuánto me complace oírte decir esto.
– Esto no puede ser apropiado.
Él sonrió abiertamente.
– No menos que lo que te hice en el carruaje.
Enrojeció con el recuerdo, luego se mordió el labio para impedir pedírselo otra vez.
Pero él le leyó la mente, o al menos su cara, y soltó un ronroneo de placer mientras besaba un camino a lo largo de su cuerpo hacia su feminidad. Sus labios tocaron primero el interior de un muslo, luego el otro.
– ¡Oh, sí! -suspiró ella, más allá de la vergüenza ahora. No se preocupó desi eso la hacía parecer una pícara descarada. Solamente quería el placer.
– Tan dulce -murmuró él, y colocó una de sus manos sobre el penacho suave de vello y la abrió aún más. El aliento caliente de él le tocó la piel, y tensó las piernas, aún cuando supo que quería esto-. No, no, no -dijo, con regocijo en su voz cuando gentilmente las separó. Luego se inclinó hacia abajo y besó aquella parte más sensible de carne.
Miranda, incapaz de decir algo coherente, chilló ante la absoluta sensación de sus besos. ¿Era placer o dolor? No estaba segura. Sus manos, que se habían cerrado en puños a los costados, volaron a la cabeza de Turner y se enredaron en su pelo. Cuando sus caderas comenzaron a retorcerse bajo él, él hizo un movimiento como si fuera a levantarse, pero sus manos sostuvieron su cabeza firmemente en el lugar. Finalmente se soltó de su agarre y se movió por su cuerpo hasta que sus labios estuvieron a nivel con los de ella.
– Pensé que no ibas a dejarme tomar aire -murmuró.
Miranda no lo creyóposible en su posición, pero se ruborizó.
Él le mordisqueó la oreja.
– ¿Te gusta así?
Cabeceó, incapaz de expresar las palabras.
– Hay muchas, muchas cosas para que aprendas.
– ¿Podría yo…? -Oh, ¿cómo preguntarlo?
Le sonrió indulgentemente.
– ¿Podrías qué?
Ella se tragó lavergüenza.
– ¿Podría yo tocarte?
En respuesta, él tomó su mano y la dirigió hacia abajo por su cuerpo. Cuando alcanzaron su virilidad, su mano se sacudió con un reflejo. Estaba mucho más caliente de lo que había esperado, y muy, muy duro. Turner pacientemente le volvió a llevar la mano hacia él, y esta vez hizo algunas caricias vacilantes, maravillándose de cuan suave era la piel.
– Es tan diferente -se maravilló-. Tan extraño.
Él se rió en silencio, en parte porque era el único modo en que podía contener el deseo que corría por él.
– Nunca me ha parecido extraño.
– Quiero verla.
– ¡Oh, Dios, Miranda! -Dijo con los dientes apretados.
– No, en serio. -Ella empujó abajo las sábanas hasta que él estuvo desnudoante sus ojos-. ¡Oh, Dios mío! -dijo en un susurro. ¿Esto encajaría en ella? Apenas podía creerlo. Todavía inmensamente curiosa, cerró su mano alrededor y con cuidado apretó.
Turner casi se cayó de la cama.
Ella lo dejó inmediatamente.
– ¿Te hagodaño?
– No -graznó-. Hazlo otra vez.
Los labios de Miranda se curvaron en una sonrisa de satisfacción cuando repitió sus caricias.
– ¿Puedo besarla?
– Mejor no -dijo él con voz ronca.
– ¡Oh! Pensé tal vez que ya que tú me habías besado…
Turner soltó un gruñido primitivo, volteándolasobre la espalda y se colocó entre sus muslos.
– Más tarde. Puedes hacerlo más tarde. -Incapaz de controlar más tiempo su pasión, su boca descendió sobre la de ella con contundente fuerza, reclamándola como suya. Le empujó el muslo con su rodilla, forzándola a abrirse más.
Miranda instintivamente inclinó sus caderas para hacerle más fácil la entrada. Se deslizó dentro de ella sin esfuerzo, y ella se maravilló que su cuerpo cediera para encajarlo. Empezó a acariciarladespacio entrando y saliendo, entrando y saliendo, moviéndose dentro de ella con un ritmo lento pero implacable.
– ¡Oh, Miranda! -gimió-. ¡Oh, Dios!
– Sí. Sí.
La cabeza se le sacudía de lado a lado. El peso de él estaba sujetándola, y aún así no podía estarse quieta.
– Eres mía -gruñó él, intensificando el ritmo-. Mía.
Ella gimió en respuesta.
Aún la sujetaba, los ojos extraños y penetrantes mientras decía.
– Dilo.
– Soy tuya -susurró ella.
– Cada pulgada tuya. Cada deliciosa pulgada tuya. Desde aquí -ahuecó su pecho-, hasta aquí -deslizó su dedo a lo largo de la curva de su mejilla-, hasta aquí. -Se retiró hasta que sólo la punta de él quedó dentro de ella y luego bombeó dentro hasta la empuñadura.
– ¡Oh, Dios sí!, Turner. Cualquier cosa que quieras.
– Te quiero a ti.
– Soy tuya. Lo juro.
– De nadie más, Miranda. Prométemelo. -Otra vez se retiró casi hasta fuera.
Ella se sintió completamente despojada sin él dentro de ella y casi gritó.
– Lo prometo -jadeó-. Por favor… vuelve a mí ahora mismo.
Él retrocedió, provocándole a la vez un suspiro de alivio y un jadeo de deseo.
– No habrá ningún otro hombre. ¿Me oyes?
Miranda sabía que sus apremiantes palabras derivaban de la traición de Leticia, pero estaba demasiado imbuida en la pasión como para pensar en regañarlo por compararla con su anterior esposa.
– ¡Ninguno, lo juro! Nunca he querido a nadie más.
– Y nunca lo harás -dijo firmemente, como si pudiera hacerlo verdad simplemente diciéndolo.
– ¡Nunca! Por favor, Turner, por favor… te necesito. Necesito…
– Sé lo que necesitas.
Sus labios se cerraron alrededor de uno de sus pezones mientras apresuraba sus movimientos dentro de ella. Ella sintió la presión inundando su cuerpo. Los espasmos de placer estaban disparándose por su vientre, debajo de sus brazos y por sus piernas. Y luego, de pronto, supo que posiblemente no soportaría otro momento sin expirar en el acto, su cuerpo entero se convulsionó, apretándose alrededor de su virilidad como un guante de seda. Gritó su nombre, agarrándose de sus brazos cuando sus hombros se alzaron de la cama por la fuerza del clímax.
La pura sensualidad de su liberación empujó a Turner sobre el borde, y gritó con voz ronca cuando en el último minuto se sumergió dentro de ella, metiéndose hasta la empuñadura. Su placer era intenso, y no podía creer la rapidez con la cual se derramó en ella. Se derrumbó sobre ella, completamente exhausto. Nunca había sido esto tan bueno, nunca. Ni siquiera la vez anterior con Miranda. Era como si cada movimiento, cada toque se hubiera intensificado ahora que sabía que era suya y sólo suya. Estaba sobresaltado por su posesividad, anonadado por el modo en que le había hecho jurarle su fidelidad, y repugnado por el hecho de que había manipulado su pasión para satisfacer sus infantiles necesidades.