El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
¿Estaba enfadada? ¿Lo odiaba por esto? Levantó la cabeza y escudriñó su cara. Sus ojos estaban cerrados, y sus labios curvados en una media sonrisa. Parecía una mujer satisfecha en cada pulgada, y rápidamente decidió que si no estaba ofendida por sus acciones o preguntas, no iba a discutir con ella.
– Te ves sonrojada, gatita -murmuró, acariciando su mejilla.
– ¿Todavía? -preguntó perezosamente, aún sin abrir sus ojos.
– Incluso más.
Turner sonrió, apoyándose sobre los codos para aligerar un poco de su peso de ella. Pasó el dedo a lo largo de la curva de su mejilla, comenzando en la esquina de la boca y luego terminando en la sensible piel cercana al ojo. Le tocó las pestañas.
– Ábrelos.
Ella levantó los párpados.
– Buenos días.
– Así es -. Él sonrió abierta y juvenilmente.
Ella se retorció bajo su intensa mirada.
– ¿No estás muy incómodo?
– Me gusta estar aquí encima.
– Pero tus brazos…
– Son lo bastante fuertes para sostenerme un rato más. Además, disfruto mirándote.
Tímidamente, ella apartó su mirada.
– No, no, no. No huyas. Vuelve a mirar aquí. -Tocó su barbilla y la atrajo hasta que lo enfrentó otra vez-. Eres muy hermosa, sabes.
– No lo soy -dijo con una voz que significaba que ella sabía que él estaba mintiendo.
– ¿No acabarás discutiendoconmigo sobre este punto? Soy más viejo que tú y he visto a muchas mujeres.
– ¿Visto? -preguntó con recelo.
– Eso mi querida esposa, es realmente otro asunto, y uno que no requiere discusión. Simplemente quise indicar que soy probablemente un poco más conocedor que tú, y deberías aceptar mi opinión sobre la materia. Si digo que eres hermosa, entonces tú eres hermosa.
– Realmente, Turner, eres muy dulce.
Se inclinó hasta apoyar la nariz sobre la de ella.
– Estás empezando a irritarme, esposa.
– ¡Dios mío! Yo no querría hacer eso.
– Yo creería que no.
Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa.
– Eres muy guapo.
– Gracias -dijo magnánimamente-. Ahora, ¿viste cuán amablemente acepté tu elogio?
– Arruinaste un poco el efecto señalandotus buenos modales.
Él sacudió la cabeza.
– Qué boca la tuya. Voy tener que hacer algo sobre eso.
– ¿Besarla? -dijo esperanzada.
– Mmm, no es un problema. -Su lengua se lanzó y dibujó el contorno de sus labios-. Muy agradable. Muy sabroso.
– No soy una tarta de fruta, sabes -replicó ella.
– Ahí estáesa boca otra vez -dijo él suspirando.
– Me imagino que tendrás que seguir besándome.
Él suspiró como si fuera una gran tarea.
– ¡Oh, bien!
Esta vez, empujó en su boca y deslizó lalengua a lo largo de la superficie lisa de sus dientes. Cuando levantó su cabeza otra vez y miró hacia su cara, ella estaba encendida. Ésa parecía ser la única palabra para describir el resplandor que emanaba de su piel.
– Dios, Miranda -dijo con voz ronca-. Realmente eres hermosa.
Descendió, rodó sobre su costado, y la envolvió ensus brazos.
– Nunca he visto a nadie lucir así, como lo haces tú en este instante -murmuró, tirándola más fuerte contra él-. Túmbate aquí así por un rato.
Ella fue adormeciéndose, pensando que este era un modo excelente de comenzar un matrimonio.
6 DE NOVIEMBRE DE 1819
Hoy celebré la décima semana de mi matrimonio, y la tercera desde cuando debería haber menstruado. No debería estar sorprendida de haberconcebido otra vez tan rápidamente…
Turner es el marido más atento.
No me quejo.
12 DE ENERO DE 1820
Cuando entré en el baño esta tarde, podría jurar que vi una leve hinchazón en mi vientre. Lo creo ahora. Creo que está aquí para quedarse.
30 DE ABRIL DE 1820
¡Oh!, estoy enorme. Y quedan casi tres meses. Turner parece adorar mi redondez. Está convencido que será una niña. Susurra: " Te amo " a mi vientre.
Pero solamente a mi vientre. No a mí. Para ser justa, yo no he dicho las palabras, pero estoy segura que él sabe que lo amo. Después de todo, se lo dije antes de nuestro matrimonio, y él dijo una vez que una persona no se desenamora tan fácilmente.
Sé que se preocupa por mí. ¿Por qué no puede amarme? O si lo hace, ¿por qué puede no decirlo?
CAPÍTULO 17
Los meses pasaron, y los recién casados se asentaron en una rutina cómoda y cariñosa. Turner, que había vivido un infierno con Leticia, estaba constantemente sorprendido por lo agradable que podía ser el matrimonio, una vez asumido, con la persona correcta. Miranda era un total placer para él. Le encantaba observarla leer un libro, peinarse, dar instrucciones al ama de llaves, le encantaba observarla hacer cualquier cosa. Y se descubría constantemente buscando excusas para tocarla. Señalaba una invisible mota de polvo sobre su vestido y luego la cepillaba para quitársela. Un mechón de su pelo se había extraviado, murmuraba mientras volvía a colocarlo en su lugar.
Y a ella nunca parecía molestarle. A veces, si estaba ocupada con algo, le apartaba la mano con un golpecito, pero más a menudo meramente sonreía, y a veces movía la cabeza, sólo un poco, lo suficiente para descansar la mejilla en su mano.
Pero en ocasiones, cuando no se daba cuenta de que la estaba observando, la pillaba mirándolo con gran añoranza. Siempre apartaba la vista, con tanta rapidez que a menudo no podía siquiera estar seguro de si el momento había tenido lugar. Pero sabía que sí, porque cuando cerraba los ojos por la noche, veía los de ella, con aquel destello de tristeza que le desgarraba las entrañas.
Sabía lo que ella quería. Habría sido tan fácil. Tres simples palabras. Y realmente, ¿no debería decirlas? Incluso si no las sentía, ¿no valdría la pena sólo para verla feliz?
Había momentos en que intentaba decirlas, intentaba hacer que su boca formase las palabras, pero siempre parecía aparecer aquella sensación de ahogo, como si le estuviesen comprimiendo la misma respiración en la garganta.
Y la ironía era… que creía que la quería. Sabía que no le quedaría nada si algo le pasase a Miranda. Sí, claro estaba, había creído que quería a Leticia, y mira donde le había llevado aquello. Adoraba todo acerca de Miranda, desde la forma en que su nariz se alzaba ligeramente en la punta hasta su mordaz ingenio el cual nunca escatimaba con él. Pero, ¿eso era lo mismo que querer a la persona?
Y si la quería, ¿cómo iba a saberlo? Esta vez quería estar seguro. Quería alguna clase de prueba científica. Había tenido fe en el amor antes, creyendo que aquella vertiginosa mezcla de deseo y obsesión tenía que ser amor. Porque, ¿qué otra cosa podría haber sido?
Pero ahora tenía más edad. También era más sabio, lo que era bueno, y mucho más cínico, lo que no lo era.
La mayoría del tiempo era capaz de mantener apartadas aquellas preocupaciones de la cabeza. Era un hombre, y francamente, aquello era lo que hacían los hombres. Las mujeres podían discutir y rumiar (y era probable que siguieran discutiendo) todo lo que desearan. Él prefería ponderar el asunto una vez, quizás dos, y se acabó.
Que era por lo que era particularmente mortificante que pareciese incapaz de dejar aparte aquel tema en particular. Su vida era encantadora. Feliz. Deliciosa. No debería estar perdiendo unos valiosos pensamientos y energía reflexionando sobre el estado de su propio corazón. Se merecía ser capaz de disfrutar sus muchas bendiciones y no tener que pensar en ello.