Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Van Cleve se ajustó la chaqueta a la vez que miraba su reflejo en el espejo de encima de la chimenea.
—Ahora tienes que ser un hombre. Ya estoy harto de esperar mientras una inglesa presumida destroza la reputación de mi familia. El apellido Van Cleve es importante por aquí. Ve a por tu maldita chaqueta.
—¿Qué vas a hacer?
—Vamos a ir a por ella. —Van Cleve levantó los ojos hacia la figura más alta de su hijo, que ahora le impedía pasar—. ¿Me estás cortando el paso, muchacho? ¿Mi propio hijo?
—Yo no voy a formar parte de eso, papá. Hay cosas que es mejor… dejar.
La boca de Van Cleve se cerró como un cepo. Le empujó a un lado para pasar.
—Esto no ha hecho más que empezar. Puede que tú seas demasiado cobarde como para enviar un mensaje a esa muchacha. Pero si crees que yo soy de esos hombres que se quedan sentados sin hacer nada, es que no conoces en absoluto a tu anciano padre.
Margery iba montada en el caballo sumida en sus pensamientos, sintiendo nostalgia por una época en la que lo único en lo que tenía que pensar era en si tenía suficiente comida para los tres días siguientes. Como a menudo hacía, cuando sus pensamientos se volvían demasiado profundos y fríos, empezó a murmurar:
—No es tan grave. Aún seguimos aquí, ¿no, pequeño Charley? Los libros siguen saliendo.
Las grandes orejas del mulo se sacudieron hacia delante y hacia atrás de tal forma que estuvo segura de que él había entendido la mitad de su conversación. Sven se reía por el modo en que le hablaba a sus animales y, cada vez, ella le respondía que, en su opinión, eran más sensatos que la mitad de los humanos que había por allí. Y luego, claro estaba, le sorprendía murmurándole al maldito perro como si fuese un bebé cuando creía que ella no le veía. «¿Quién es un niño bueno, eh? ¿Quién es el mejor perro?». Era un hombre generoso a pesar de toda su aspereza. Era bueno. No muchos hombres habrían aceptado tan bien la presencia de otra mujer en la casa. Margery pensó en la tarta de manzana que Alice había preparado la noche anterior, de la que todavía quedaba la mitad. Últimamente, parecía como si la cabaña siempre estuviese llena de gente que se movía afanosamente, preparando comida, ayudando en las tareas. Un año atrás no lo habría permitido. Ahora, regresar a una casa vacía le parecía algo extraño, no el alivio que se había imaginado.
Algo delirantes por el cansancio, los pensamientos de Margery deambulaban y desaparecían mientras el mulo avanzaba lentamente por el oscuro sendero. Pensó en Kathleen Bligh, que regresaba a una casa en la que resonaba el eco de la pérdida. Gracias a ella, esas dos últimas semanas, a pesar del mal tiempo, habían conseguido completar casi todas sus rondas y la pérdida de aquellas familias que se habían desmarcado del proyecto por culpa de los rumores de Van Cleve habían tenido como consecuencia que pudieran ponerse bastante al día. De tener presupuesto habría contratado a Kathleen para siempre. Pero la señora Brady no estaba muy dispuesta a hablar del futuro de la biblioteca por ahora. «Me he contenido de escribir a la señora Nofcier para hablarle de nuestras actuales dificultades», le había dicho la semana anterior, tras confirmarle que el señor Brady seguía igual de inflexible con respecto al regreso de Izzy. «Espero que podamos convencer al suficiente número de personas del pueblo para que la señora Nofcier nunca se entere de esta… desgracia».
Alice había empezado otra vez a salir con el caballo, con sus magulladuras de un luminoso color amarillo siendo ahora un eco de las heridas que había padecido. Ese día había emprendido la larga ruta hasta Patchett’s Creek, supuestamente para que Spirit se moviera un poco, pero Margery sabía que lo hacía para que ella pudiera pasar un rato a solas con Sven en la casa. A las familias de la ruta del arroyo les gustaba Alice, le hacían pronunciar nombres de sitios ingleses —como Beaulieu, Piccadilly y Leicester Square— y se partían de risa con su acento. A ella no le importaba. Era difícil ofender a esa muchacha. Esa era una de las cosas que a Margery le gustaban de ella, pensó. Mientras mucha gente de por allí veía una falta de respeto en la más dulce de las palabras y cada cumplido era un dardo secreto dirigido a ellos, Alice parecía dispuesta a ver lo mejor en cada una de las personas con las que se cruzaba. Probablemente por eso se había casado con ese merluzo humano que era Bennett.
Bostezó y se preguntó cuánto tiempo tardaría Sven en llegar a casa.
—¿Qué opinas, Charley? ¿Tendré tiempo de poner un poco de agua a calentar para quitarme esta mugre? ¿Crees que le importará si lo hago o no?
Detuvo al mulo delante de la valla grande y desmontó para abrirla.
—Tal y como me siento, tendré suerte si consigo permanecer despierta el tiempo suficiente hasta que llegue.
Tardó un momento después de poner de nuevo el cierre en darse cuenta de que faltaba algo.
—¿Bluey?
Caminó por el sendero llamándolo, con las botas crujiendo sobre la nieve. Enganchó las riendas del mulo sobre el poste junto al porche y se puso la mano en la frente. ¿Adónde había ido ahora ese maldito perro? Dos semanas antes había corrido cinco kilómetros al otro lado del riachuelo hasta la casa de Henscher solo para jugar con el cachorro que había allí. Volvió avergonzado, con las orejas caídas, como si supiera que se había portado mal, con tal expresión de culpa en la cara que ella no tuvo valor de regañarle. Su voz resonaba por todo el valle.
—¿Bluey?
Subió los escalones del porche de dos en dos. Y entonces lo vio, en el otro extremo junto a la mecedora. Un cuerpo inerte y pálido, con sus ojos del color del hielo con la mirada vacía hacia el tejado, la lengua colgando y las patas abiertas, como si se hubiese detenido justo cuando estaba corriendo. Un agujero de bala limpio de color rojo oscuro le atravesaba el cráneo.
—Ay, no. Ay, no.
Margery corrió hacia él y cayó de rodillas y, de algún lugar dentro de ella que no sabía que tenía, salió un gemido.
—Mi pequeño no. No. No.
Meció la cabeza del perro sintiendo el pelaje de sus carrillos suave como el terciopelo, acariciándole el hocico, consciente al mismo tiempo de que no se podía hacer nada.
—Ay, Bluey. Mi dulce niño. —Apretó la cara contra la de él—. Lo siento. Lo siento mucho. Lo siento. —Sus manos lo agarraban firmemente contra ella, todo su cuerpo lloraba por un estúpido cachorro que nunca más volvería a saltar sobre su cama.
Fue así como Alice la encontró al subir montada en Spirit media hora después, con las piernas doloridas y los pies entumecidos por el frío.
Margery O’Hare, una mujer que no había derramado una lágrima durante el funeral de su propio padre, que se había mordido el labio hasta salirle sangre mientras enterraba a su hermana, una mujer que había tardado casi cuatro años en confesar lo que sentía por el hombre al que más amaba en el mundo y que aún juraba que no había en ella ni un ápice de sentimentalismo, estaba sentada de rodillas como un niño en el porche, con la espalda encorvada por la pena y la cabeza de su perro muerto sostenida con ternura en su regazo.
Alice vio el Ford de Van Cleve antes que a él. Durante varias semanas, se había escondido entre las sombras cuando él pasaba, había girado la cara, con el corazón en la boca, preparada para otra enérgica exigencia de que volviera a casa ya y terminara con esa tontería o acabaría arrepintiéndose. Aun yendo acompañada, el hecho de verle le provocaba cierto temblor, como si en sus células siguiera alojado algún recuerdo residual que aún sentía el impacto de aquel puño directo.