El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
Turner había parado en su camino a Escocia, y los criados habían sido instruidos para tener la casa lista. Lo estaba, aunque no había mandado recado de su exacta llegada, por ende, el personal no había estado reunido para presentarse ante la nueva vizcondesa. Turner se alegró de esto; no habría querido despertar a Miranda.
Cuando entró de su recámara, notó con agradecimiento que el fuego estaba ardiendo en el hogar. Podría haber sido agosto, pero las noches de Northumberland tenían un frío característico. Mientras colocaba a Miranda suavemente sobre la cama, un par de lacayos trajeron su exiguo equipaje. Susurró al mayordomo que su nueva esposa podía conocer al personal por la mañana, o quizás por la tarde, y luego cerró la puerta.
Miranda, que había pasado del ronquido al balbuceo intranquilo, cambió de posición y arrimó una almohada a su pecho. Turner volvió a su lado y susurró suavemente en su oído. Pareció reconocer su voz en el sueño; soltó un suspiro satisfecho e inmediatamente se dio la vuelta.
– No te duermas justo ahora -murmuró-. Voy a liberarte de estas ropas. -Estaba echada sobre su costado, por lo que se puso a trabajar en los botones que bajaban por su espalda-. ¿Puedes mantenerte sentada sólo un momento? ¿Así puedo quitarte tu vestido?
Como un niño soñoliento, permitió que la sentara.
– ¿Dónde estamos? -bostezó, no del todo despierta.
– Rosedale. Tu nuevo hogar. -Movió sus faldas más arriba de sus caderas de modo que pudiera sacárselas por la cabeza.
– ¡Oh! Es agradable. -Se echó atrás sobre la cama.
Él rió indulgentemente y forcejeó para sostenerla.
– Sólo otros pocos segundos. -Con un hábil movimiento, le sacó el vestido por la cabeza, dejándola vestida con la camisa.
– Bien -murmuró Miranda, tratando de arrastrarse bajo las sábanas.
– No tan rápido. -Atrapó su tobillo-. Aquí no dormimos con ropa.
La camisa se unió a su vestido en el suelo. Miranda, apenas comprendiendo que estaba desnuda, se arrebujó finalmente bajo las sábanas, suspiró con total satisfacción y rápidamente cayó dormida.
Turner rió en silencio y sacudió su cabeza cuando observó a su esposa. ¿Había notado antes que sus pestañas fueran tan largas? Quizás era sólo la luz de la vela. También estaba cansado, así que se desnudó con movimientos rápidos y eficientes y se arrastró hacia la cama. Ella estaba tumbada de lado, enroscada como un niño, así que extendió un brazo a su alrededor y la atrajo al centro de la cama, donde él podría acurrucarse contra su calor. Su piel era insoportablemente suave, y ociosamente le deslizó la mano sobre el estómago. Algo que tocó debió hacerle cosquillas, ya que soltó un suave quejido y se dio la vuelta.
– Todo va a salir bien -susurró él.
Ellos tenían el afecto y la atracción, y esto era más de lo que tenían muchas parejas. Se inclinó hacia delante para besar su soñolienta boca, delineando su contorno ligeramente con su lengua.
Sus párpados aletearon.
– Tú debes ser la Bella Durmiente del bosque -murmuró-. Despertada por un beso.
– ¿Dónde estamos? -preguntó, su voz atontada.
– En Rosedale. Ya me lo preguntaste.
– ¿Sí? No recuerdo.
Totalmente incapaz de contenerse, se inclinó y la besó otra vez.
– ¡Ah!, Miranda, eres muy dulce.
Soltó un pequeño suspiro de satisfacción por el beso, pero era obvio que estaba teniendo problemas para mantener sus párpados abiertos.
– ¿Turner?
– ¿Sí, gatita?
– Lo siento.
– ¿Qué lamentas?
– Lo siento. Sólo no puedo… esto es, estoy tan cansada. -Bostezó-. No puedo cumplir con mi deber.
Él rió irónicamente cuando la envolvió entre sus brazos.
– Shhh -susurró, inclinándose para besar su sien-. No pienses en ello como un deber. Es demasiado espléndido para eso. Y no soy tan bellaco para forzar a una mujer que está agotada. Tenemos tiempo de sobra. No te preocupes.
Pero ella estaba ya dormida.
Rozó los labios contra su pelo.
– Tenemos una vida entera.
Miranda despertó la primera a la mañana siguiente, soltando un inmenso bostezo cuando abrió los ojos. La luz del día se filtraba por las cortinas, pero definitivamente no era el sol el que estaba haciendo que su cama fuera tan acogedora y caliente. El brazo de Turner había sido abandonado sobre su cintura en algún momento durante la noche, y estaba acurrucada contra él. Señor, el hombre irradiaba calor.
Se escabulló alrededor para permitirse una mejor vista de él mientras dormía. Su cara siempre mostraba un encanto juvenil, pero dormido el efecto se acentuaba. Parecía un ángel perfecto, sin un rastro del cinismo que a veces empañaba sus ojos.
– Tenemos que agradecer a Leticia por esto -murmuró Miranda suavemente, tocando su mejilla.
Él se revolvió, mascullando algo en su sueño.
– No todavía, mi amor -susurró, sintiéndose bastante valiente para usar palabras cariñosas cuando sabía que no podía oírla-. Me gusta verte dormir.
Turner dormía, y ella le escuchaba respirar.
Esto era el cielo.
Finalmente se movió, el cuerpo desperezándose camino de despertarse antes de que se levantaran sus párpados. Y luego allí estaba él, mirándola con ojos somnolientos, sonriendo.
– Buenos días -dijo aturdido.
– Buenos días.
Bostezó.
– ¿Hace mucho que estás despierta?
– Sólo un ratito.
– ¿Tienes hambre? Podría hacer subir algo para desayunar.
Ella sacudió su cabeza.
Él bostezó otra vez y luego se rió de ella.
– Estás muy sonrosada por la mañana.
– ¿Sonrosada? -No podía evitar estar intrigada.
– Mmm, mmm. Tu piel… resplandece.
– No lo hace.
– Sí lo hace. Confía en mí.
– Mi madre siempre me decía que sospechara del hombre que dijera: “Confía en mí”.
– Sí, bueno, tu madre nunca me conoció muy bien -dijo sin pensarlo. Tocó sus labios con su índice-. Estos están rosados, también.
– ¿De verdad? -preguntó ella en un resuello.
– ¡Mmm, mmm! Muy rosados. Pero creo que no tan rosados como algunas otras partes tuyas.
Miranda se puso absolutamente colorada.
– Estos, por ejemplo -murmuró, rozando las palmas sobre sus pezones. Su mano rodó y tiernamente la ahuecó en su mejilla-. Estabas muy cansada anoche.
– Sí, lo estaba.
– Demasiado cansada para atender algunos asuntos importantes.
Ella tragó nerviosamente, tratando de no soltar un pequeño gemido mientras su mano se arrastraba suavemente por su espalda.
– Creo que es el momento de consumar este matrimonio -murmuró él, sus labios calientes y perversos en su oído. Y luego la impulsó contra él, y ella comprendió justo cuan pronto quería tomar cartas en el asunto.
Miranda le dirigió una sonrisa llena de reprobador humor.
– Tuvimos bastante cuidado de ello, hace algún tiempo. Un poquito antes de tiempo, si recuerdas.
– No cuenta -dijo alegremente, agitándola con su comentario-. No estábamos casados.
– Si no contara,no estaríamos casados.
Turner admitió el argumento con una sonrisa libertina.
– Ah, bien, supongo que tienes razón. Pero todo se resolvió al final. Apenas puedes enfadarte conmigo por ser tan tremendamente viril.
Miranda podría haber sido bastante inocente, pero sabía lo suficiente para poner los ojos en blanco ante esto. No podría mencionar, sin embargo, cuando su mano se había movido hacia su pecho, y le hizo algo a la punta que ella podría jurar que sintió entre sus piernas.