Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
1 ... 53 54 55 56 57 58 59 60 61 ... 100
Перейти на страницу:

El pastor juntó los dedos.

—Claro que sí, hija. ¿Qué es lo que quiere saber?

Alice apretó la boca un momento, como si quisiera elegir las palabras con cuidado. Después, sin levantar la mirada, empezó a hablar:

—¿Qué dice Dios sobre golpear repetidamente la cabeza de tu nuera contra una mesa porque ha tenido la osadía de regalar dos viejas muñecas a dos niñas huérfanas? ¿Tiene algún versículo para eso? Porque me encantaría escucharlo.

—Lo siento, ¿qué es lo que…?

—Quizá tenga otro para cuando una mujer tiene aún la visión de un ojo borrosa porque su suegro le golpeó la cara con tanta fuerza que le hizo ver las estrellas. ¿O cuál es el versículo de la Biblia para cuando un hombre trata de regalarte dinero para que te comportes como él desea que hagas? ¿Cree que en los Efesios hay alguna opinión al respecto? Cincuenta dólares es una cantidad considerable, al fin y al cabo. Lo suficiente como para no hacer caso de todo tipo de conducta pecaminosa.

Beth abrió los ojos de par en par. Margery dejó caer la cabeza hacia delante.

—Querida Alice, esto…, esto es un asunto priva…

—¿Es eso un comportamiento piadoso, pastor? Porque me cuesta oír bien y lo único que oigo es cómo todos me dicen que, al parecer, soy yo la que se está comportando mal. Cuando, en realidad, creo que quizá he sido yo la que ha tenido una conducta más piadosa en el hogar de los Van Cleve. Puede que no pase suficiente tiempo en la iglesia, lo reconozco, pero sí que atiendo a los pobres, a los enfermos y a los necesitados. Nunca he mirado a otro hombre ni he dado a mi marido razones para dudar de mí. Doy todo lo que puedo. —Se inclinó sobre la silla de montar—. Le voy a decir lo que no hago. No ordeno traer hombres armados desde otros estados para que amenacen a mi mano de obra. No cobro a esa mano de obra cuatro veces lo que cuesta la comida ni les despido si tratan de comprarla en otro sitio que no sea la tienda de la empresa hasta que tienen deudas que no podrán pagar ni después de muertos. No echo a los enfermos de sus casas cuando no pueden trabajar. Y, desde luego, no doy palizas a las mujeres hasta dejarlas ciegas ni mando después a una sirvienta con dinero para limar asperezas. Así que dígame, pastor, ¿quién es en realidad el que tiene un comportamiento impío en todo esto? ¿Quién necesita un sermón sobre cómo debe comportarse? Porque ni loca consigo averiguarlo.

La pequeña biblioteca había quedado en absoluto silencio. El pastor, moviendo la boca arriba y abajo, se quedó mirando a las caras de cada una de aquellas mujeres: Beth y Sophia estaban encorvadas con expresión inocente sobre su tarea, la mirada de Margery pasaba de una a otra y Alice, con el mentón levantado, mostraba en el rostro un abrasador gesto de interrogación.

Él se puso el sombrero en la cabeza.

—Yo… veo que está ocupada, señora Van Cleve. Quizá sea mejor que regrese en otra ocasión.

—Ay, sí, por favor, pastor —dijo Alice mientras él abría la puerta y salía a toda prisa a la oscuridad—. ¡Disfruto mucho con sus lecciones sobre la Biblia!

Con aquel último intento por parte del pastor McIntosh, un hombre que no podría describirse precisamente como el colmo de la discreción, se extendió por fin el rumor por todo el condado de que Alice van Cleve había dejado de verdad a su marido y no iba a volver. Eso no hizo que mejoraran una pizca los ánimos de Geoffrey van Cleve, que ya estaban lastrados por culpa de esos agitadores de la mina. Alentados por las cartas anónimas, se rumoreaba que los mismos alborotadores que habían intentado resucitar los sindicatos estaban volviendo a hacerlo. Sin embargo, esta vez estaban siendo más listos. Esta vez lo estaban haciendo en discretas conversaciones, en comentarios casuales en el bar de Marvin o en el Red Horse, y, a menudo, se hablaba de ello de forma tan rápida que cuando los hombres de Van Cleve llegaban lo único que veían era a unos cuantos hombres de Hoffman bebiéndose una merecida cerveza fría después de una larga semana de trabajo y solo una vaga sensación de alboroto en el ambiente.

—Se dice por ahí que está usted perdiendo el control de la situación —dijo el gobernador cuando se sentaron en el bar del hotel.

—¿Perdiendo el control?

—Ha estado obsesionado con esa maldita biblioteca y no se ha centrado en lo que está pasando en su mina.

—¿Dónde ha oído ese disparate? Tengo un control de lo más férreo, gobernador. ¿Es que no hemos descubierto a toda una pandilla de agitadores del sindicato de la UMWA hace apenas dos meses y los hemos replegado? Mandé que Jack Morrissey y sus muchachos los echaran. Desde luego que sí.

El gobernador miró su copa.

—Tengo ojos y oídos por todo el condado. Sigo la pista de esos grupos subversivos. Pero hemos enviado un mensaje de advertencia, por así decir. Y tengo amigos en la oficina del sheriff que son muy comprensivos con esos asuntos.

El gobernador levantó levemente la ceja.

—¿Qué? —preguntó Van Cleve después de una pausa.

—Dicen que ni siquiera puede mantener el control de su propia casa.

El cuello de Van Cleve se puso rígido.

—¿Es verdad que la esposa de su hijo Bennett se ha ido a una cabaña en el bosque y que usted no ha conseguido hacerla volver a casa?

—Puede que esos dos críos estén pasando por unos contratiempos ahora mismo. Ella… ha pedido quedarse con su amiga. Bennett se lo ha permitido hasta que todo se calme. —Se pasó una mano por la cara—. Esa chica se puso muy sentimental, ya sabe, por el hecho de no poder darle un hijo…

—Vaya, siento oír eso, Geoff. Pero tengo que decirle que no es eso lo que se comenta.

—¿Qué?

—Dicen que esa tal O’Hare puede con usted.

—¿La hija de Frank O’Hare? Bah. Esa palurda. Esa solo… se está aprovechando de Alice. Tiene una especie de fascinación con ella. Ni se imagina lo que dicen de esa muchacha. ¡Ja! Lo último que he oído es que esa biblioteca estaba de todos modos en las últimas. No es que a mí me preocupe mucho esa biblioteca. Para nada.

El gobernador asintió. Pero no se rio, ni estuvo de acuerdo, ni dio una palmada en la espalda de Van Cleve ni le ofreció un whisky. Simplemente asintió, se terminó la copa, se bajó del taburete de la barra y se marchó.

Y cuando por fin Van Cleve se levantó para marcharse del bar tras varios bourbons y mucho pensar, su cara estaba del color púrpura oscuro de la tapicería.

—¿Está bien, señor Van Cleve? —preguntó el camarero.

—¿Por qué? ¿También tienes tú algo que decir igual que todos los de aquí? —Lanzó deslizándose el vaso vacío y solo los rápidos reflejos del camarero evitaron que saliera volando por el extremo de la barra.

Bennett levantó los ojos cuando su padre cerró con un golpe la mosquitera de la puerta. Había estado escuchando la radio y leyendo una revista sobre béisbol.

Van Cleve se la quitó de un manotazo.

—Ya estoy harto. Ve a por tu abrigo.

—¿Qué?

—Vamos a traer a Alice a casa. Vamos a recogerla y a meterla en el maletero si es necesario.

—Papá, te lo he dicho cien veces. Ella dice que se irá una y otra vez hasta que nos demos por enterados.

—¿Y tú vas a dejar que una niña te diga eso? ¿Tu propia mujer? ¿Sabes cómo está afectando eso a mi nombre?

Bennett volvió a abrir la revista a la vez que balbuceaba en voz baja.

—No son más que habladurías. Acabarán pronto.

—¿Qué quieres decir?

Bennett se encogió de hombros.

—No sé. Solo que… quizá deberíamos dejarla en paz.

Van Cleve miró a su hijo con los ojos entrecerrados, como si hubiese sido sustituido por algún extraño al que apenas reconocía.

—¿Acaso no quieres que regrese?

Bennett volvió a encogerse de hombros.

—¿Qué narices significa eso?

—Que no lo sé.

—Ajá… ¿Es porque la pequeña Peggy Foreman ha estado rondándote otra vez? Ah, sí, lo sé todo al respecto. Te veo, hijo. Oigo cosas. ¿Crees que tu madre y yo no pasamos por dificultades? ¿Crees que no hubo ocasiones en que no queríamos estar uno al lado del otro? Pero ella era una mujer que sabía cuáles eran sus obligaciones. Estás casado. ¿Lo entiendes, hijo? Casado ante Dios y ante la ley y conforme a las leyes de la naturaleza. Si quieres estar haciendo el tonto por ahí con Peggy, hazlo con discreción y a escondidas, que nadie os vea ni pueda decir nada. ¿Me has oído?

1 ... 53 54 55 56 57 58 59 60 61 ... 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)