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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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– Vuélvete -le ordenó él con suavidad. Puso dos dedos bajo su mentón e inclinó su cara hacia él. Rebuscando en su bolsillo, extrajo una caja de joyas recubierta de terciopelo-. Con toda la prisa de esta semana, olvidé darte un anillo de compromiso adecuado.

– Oh, pero eso no es necesario. -Dijo ella rápidamente, no queriendo decirlo en realidad.

– Cállate gatita -dijo él con una sonrisa burlona-. Y acepta tu regalo con elegancia.

– Sí, señor -murmuró ella, quitando la tapa de la caja. Dentro relucía un diamante cortado en ovalo y enmarcado por dos pequeños zafiros-. Es precioso, Turner -susurró ella-. Hace juego con tus ojos.

– Esa no era mi intención, te lo aseguro -dijo él con voz ronca. Sacó el anillo de la caja y lo deslizó en su fino dedo-. ¿Encaja?

– Perfectamente.

– ¿Estás segura?

– Segurísima, Turner. Yo… Gracias. Es muy considerado.

Antes de que ella pudiera hablar más de ello, se inclinó y le dio un rápido beso en la mejilla.

Él le capturó la cara con las manos.

– No voy a ser un esposo tan terrible, ya verás -La cara de él se le acercó hasta que sus labios acariciaron los de ella en un delicado beso. Ella se inclinó hacia él, seducida por su afabilidad y los suaves murmullos de su boca-. Tan suave – susurró él, tirando de las horquillas del cabello de ella hasta que pudo deslizar las manos a través de él-. Tan suave, y tan dulce. Nunca soñé…

Miranda arqueó el cuello para permitirle un mejor acceso de los labios.

– ¿Nunca soñaste qué?

Él movió los labios ligeramente a través del cuello de ella.

– Que tú serías así. Que yo te desearía así. Que esto podría ser así.

– Yo siempre lo supe. Siempre lo supe.

Las palabras se le escaparon antes de que pudiera considerar la sabiduría de decirlas, y después decidió no preocuparse. No cuando él estaba besándola así, no cuando su respiración estaba saliendo en jadeos irregulares emparejados con los de ella misma.

– Eres tan inteligente -murmuró él-. Debería haberte escuchado hace mucho.

Empezó a aflojarle el vestido de los hombros, después presionó los labios contra la parte alta de su pecho, y el fuego de eso demostró ser demasiado para Miranda. Se arqueó hacia abajo contra él, y sus dedos fueron a los botones del vestido, ella no ofreció resistencia. En segundos, su vestido se deslizó hacia abajo, y la boca de él encontró la punta de su pecho.

Miranda gimió por la sorpresa y el placer.

– Oh, Turner, yo… -Suspiró-. Más…

– Una orden que estoy encantado de obedecer. -Los labios se movieron al otro pecho, donde repitieron la misma tortura.

Él besó y succionó, y todo el tiempo, sus manos vagaban. En lo alto de su pierna, alrededor de su cintura… era como si estuviera intentando marcarla, marcarla para siempre como suya.

Se sintió lasciva. Se sintió femenina. Y sintió una necesidad que quemaba desde algún extraño, acalorado lugar, profundo dentro de ella.

– Te quiero -dijo ella en voz baja, los dedos enterrados en el pelo de él-. Quiero…

Los dedos de él se pasearon más arriba, hacia su más sensible carne.

– Quiero eso.

Él se rió entre dientes contra su cuello.

– A su servicio, Lady Turner.

Ella ni siquiera tuvo tiempo de sorprenderse por su nuevo nombre. Él estaba haciendo algo, Dios querido, ni siquiera sabía qué, y todo lo que podía hacer era no gritar.

Y entonces él quitó -no sus dedos; ella lo habría matado si lo hubiera intentado- sino su cabeza, sólo lo bastante lejos para bajar la mirada a ella con una deliciosa sonrisa.

– Sé otra cosa que te gustará. -Se mofó.

Los labios de Miranda se separaron con entrecortada sorpresa mientras él hundía las rodillas en el suelo del carruaje.

– ¿Turner? -susurró, porque sin duda él no podría hacer nada desde allí abajo. Sin duda él no podría…

Ella jadeó mientras la cabeza de él desaparecía bajo sus faldas.

Después jadeó otra vez cuando lo sintió, caliente y exigente, besando un sendero a lo largo de su muslo.

Y después no hubo más dudas de su intención. Sus dedos, los que habían estado haciendo tan magnifico trabajo excitándola, cambiaron de posición. Estaba extendiéndola abierta, ella violentamente se dio cuenta, separándola, preparándola para…

Sus labios.

Después de aquello hubo muy poco pensamiento racional. Todo lo que había sentido la primera vez, y la primera vez había sido muy buena, de hecho, no era nada comparado con esto. Su boca era malvada, y ella estaba hechizada. Y cuando ella estaba hecha pedazos, era con cada pizca de su cuerpo, cada gota de su alma.

Cielos, pensó ella intentando encontrar su aliento desesperadamente. ¿Cómo podía alguien sobrevivir a algo como esto?

El sonriente rostro de Turner apareció de repente delante de ella.

– Tu primer regalo de boda -dijo él.

– Yo… yo…

– Gracias será suficiente -dijo él, descarado como siempre.

– Gracias -susurró ella.

Él la besó suavemente en la boca.

– De nada.

Miranda lo observó mientras él le ajustaba el vestido, cubriéndola cuidadosamente y acabando con una platónica caricia en el brazo. Su pasión parecía haberse enfriado completamente, mientras que ella todavía se sentía como si una llama estuviera lamiéndola desde dentro hacia fuera.

– Tu no… er no has…

Una irónica sonrisa tocó sus rasgos.

– No hay nada que quiera más, pero a menos que quieras tu noche de bodas en un carruaje en movimiento, encontraré una forma de abstenerme.

– ¿Aquella no era una noche de bodas? -preguntó ella dudosamente.

Él sacudió la cabeza.

– Sólo un pequeño placer para ti.

– Oh.

Miranda estaba intentando recordar por qué había puesto reparos al matrimonio tan encarnizadamente. Una eternidad de pequeños placeres sonaba bastante delicioso.

Con el cuerpo agotado, sentía una languidez descendiendo sobre ella, y se acomodó adormilada en su lado.

– ¿Lo haremos de nuevo? -masculló ella, aovillándose en la calidez de él.

– Oh, sí -murmuró, sonriéndose mientras la observaba quedarse dormida-. Te lo prometo.

CAPÍTULO 16

Rosedale era, para los niveles aristocráticos, de dimensiones modestas. La cálida y elegante casa había estado en la familia Bevelstoke durante varias generaciones, y era costumbre para el hijo mayor usarla como su casa solariega antes de que ascendiera a conde y a la mucho más magnífica Haverbreaks. Turner amaba Rosedale, amaba sus paredes simples de piedra y azoteas almenadas. Y sobre todo, amaba el paisaje salvaje, domesticado sólo por los cientos de rosas que habían sido plantadas con abandono alrededor de la casa.

Llegaron bastante tarde en la noche, habiendo parado para un relajado almuerzo cerca de la frontera. Miranda se había quedado dormida hacía mucho, le había advertido que el movimiento del carruaje siempre le daba somnolencia, pero a Turner no le importó. Le gustaba la tranquilidad de la noche, con sólo los sonidos de los caballos, el carruaje y el viento en el aire. Le gustaba la luz de la luna, que llegaba por las ventanas. Y le gustó echar un vistazo a su nueva esposa, que no era nada elegante en su sueño… su boca estaba abierta, y la verdad sea dicha, roncaba un poco. Pero le gustó. No sabía por qué, pero así era.

Y le gustó saberlo.

Bajó del carruaje, colocó un dedo sobre sus labios cuando uno de los escoltas se acercó para ayudar, luego atrajo a Miranda y la tomó en sus brazos. Nunca había ido a Rosedale, aunque no había estado lejos de los Lagos. Esperó que llegara a gustarle como a él. Pensó que lo haría. La conocía bien, estaba comenzando a comprenderla. No estaba seguro de cuándo había pasado, pero podía mirar algo y pensar, a Miranda le gustaría esto.

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