Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Pero, con todo, fue duro. Aproximadamente una cuarta parte de las familias de la montaña se habían dado de baja y también una buena cantidad de las del pueblo, y se había corrido la voz a toda velocidad, de tal forma que quienes antes las habían recibido de buena gana ahora las miraban con recelo.
«El señor Leland dice que una de vuestras bibliotecarias ha sido madre sin estar casada después de volverse loca con una novela de amor».
«Yo he oído que cinco hermanas de Split Willow se niegan a ayudar a sus padres en la casa después de que les hayan llenado la cabeza con textos políticos que les habían escondido en los libros de recetas. A una de ellas le ha crecido pelo en el dorso de las manos».
«¿Es verdad que vuestra muchacha inglesa es, en realidad, una comunista?».
En ocasiones, incluso recibieron insultos y malos tratos por parte de la gente a la que visitaban. Habían empezado a evitar pasar junto a los garitos de la calle principal porque los hombres les gritaban obscenidades desde las puertas o las seguían por la calle escenificando lo que según ellos aparecía en el material de lectura. Echaban de menos la presencia de Izzy, sus canciones y sus alegres e incómodas muestras de entusiasmo, y, aunque nadie hablaba abiertamente de ello, la ausencia del apoyo de la señora Brady les hacía sentir como si hubiesen perdido el coraje. Beth pasó por allí alguna vez, pero estaba tan gruñona y desanimada que decidió —y, al final, también las demás— que le resultaría más fácil si dejaba de aparecer. Sophia pasaba las horas que ya no tenía que dedicar a registrar libros fabricando más álbumes de recortes. «Todavía pueden cambiar las cosas», decía a las dos mujeres más jóvenes con voz firme. «Hay que mantener la fe».
Alice se armó de valor y fue a la casa de los Van Cleve acompañada de Margery y de Fred. Se sintió aliviada al ver que el señor Van Cleve no estaba y fue Annie quien, en silencio, le dio dos maletas bien preparadas y cerró la puerta con un golpe demasiado enérgico. Pero una vez de vuelta en la cabaña de Margery, a pesar de lo mucho que esta le insistía en que podría quedarse todo el tiempo que quisiera, Alice no pudo evitar sentirse como una intrusa, una refugiada dentro de un mundo cuyas reglas aún no entendía del todo.
Sven Gustavsson se mostró solícito. Era un tipo de hombre que nunca hacía sentir a Alice que no era bien recibida y dedicaba un rato durante cada visita a hacerle preguntas sobre ella, su familia en Inglaterra, lo que había hecho durante el día, como si fuese una invitada de honor a la que siempre estaba encantado de ver allí, en lugar de un alma perdida que les había ocupado la casa.
Él le contaba lo que de verdad ocurría en las minas de Van Cleve: la crueldad, la presencia de los antisindicalistas, los cuerpos destrozados y las condiciones que ella apenas soportaba tener que imaginar. Le explicaba todo con un tono que indicaba que las cosas eran así sin más, pero ella sentía una profunda vergüenza al pensar que las comodidades con las que ella había vivido en la gran casa las habían proporcionado esas ganancias.
Se retiraba a un rincón a leer uno de los ciento veintidós libros de Margery o se tumbaba despierta en el colchón de heno de la habitación delantera durante las horas de oscuridad con sus pensamientos interrumpidos de vez en cuando por los sonidos que salían del dormitorio de Margery y su frecuencia. El carácter desinhibido de los dos y su inesperada felicidad le provocaban, al principio, una fuerte turbación y, una semana después, una curiosidad teñida de tristeza al ver cómo la experiencia amorosa de Margery y Sven podía ser tan distinta de la suya.
Pero, sobre todo, miraba a hurtadillas cómo se comportaba él con Margery, su forma de verla moverse con callada aprobación, su forma de tocarla con una mano siempre que la tenía cerca, como si el roce de su piel con la de Margery le fuese tan necesario como el respirar. Se maravillaba al ver cómo él hablaba del trabajo de Margery, como si fuese algo de lo que se sintiera orgulloso, ofreciéndole ideas o palabras de apoyo. Veía cómo atraía a Margery hacia él sin ninguna vergüenza ni incomodidad, murmurándole secretos al oído o compartiendo sonrisas iluminadas con intimidades de las que no hablaban, y era entonces cuando algo se vaciaba dentro de Alice, hasta que sentía en su interior algo cavernoso, un enorme agujero que crecía cada vez más hasta amenazar con tragársela entera.
«Concéntrate en la biblioteca», se decía mientras se subía la colcha hasta el mentón y se tapaba las orejas. «Mientras tengas eso, tienes algo».
13
No hay religión sin amor y la gente puede hablar cuanto desee de su religión, pero si esta no les enseña a ser buenos y amables con los humanos y con los animales, no será más que una farsa.
ANNA SEWELL, Azabache
Al final, enviaron al pastor McIntosh, como si la palabra de Dios pudiera ejercer su influencia donde la de Van Cleve no podía. Llamó a la puerta de la Biblioteca Itinerante un martes por la tarde y vio a las mujeres formando un círculo mientras limpiaban sus sillas de montar, con un cubo de agua caliente en el centro, charlando amigablemente mientras la estufa de leña rugía en el rincón. Se quitó el sombrero y lo dobló sobre su pecho.
—Señoras, siento interrumpir su tarea, pero quería saber si podría hablar con la señora Van Cleve.
—Si es el señor Van Cleve quien le ha enviado, pastor McIntosh, le ahorraré el esfuerzo de hablar y le diré exactamente lo que ya le dije a él, a su hijo, a su asistenta y a cualquiera que desee saberlo. No voy a volver.
—Ay, Señor, pero ese hombre es incansable —murmuró Beth.
—Bueno, es comprensible, dado cómo han estado los ánimos durante las últimas semanas. Pero usted está casada, querida. Está sometida a una autoridad superior.
—¿La del señor Van Cleve?
—No. La de Dios. «Aquellos a los que Dios ha unido, que no los separe el hombre».
—Menos mal que ella es una mujer —murmuró Beth y se rio disimuladamente.
La sonrisa del pastor McIntosh flaqueó. Se sentó pesadamente en la silla que había junto a la puerta y se inclinó hacia delante.
—Usted se casó ante Dios, Alice, y es su deber regresar a casa. Se ha marchado como si esto fuera…, en fin, está dando que hablar. Debe pensar en las consecuencias mayores de su comportamiento. Bennett está triste. Su padre está triste.
—¿Y mi tristeza? Supongo que no cuenta.
—Querida muchacha, es por medio de la vida en el hogar como alcanzará la verdadera felicidad. El lugar de una mujer está en la casa. «Esposas, someteos a vuestros maridos al igual que al Señor. Pues el marido es la cabeza de la mujer, así como Cristo es la cabeza de la Iglesia y Él es el salvador del cuerpo». Efesios, capítulo cinco, versículo veintidós.
Margery frotaba con fuertes círculos el jabón sobre la silla de montar sin levantar la mirada.
—Pastor, usted sabe que está hablando en una habitación llena de mujeres felizmente solteras, ¿verdad?
Él actuó como si no la oyera.
—Alice, le insto a que se deje guiar por la Santa Biblia, que oiga la palabra de Dios. «Quiero, pues, que las mujeres jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen su casa, no den al adversario ocasión ninguna de maledicencia». Esto es de la primera Epístola a Timoteo, capítulo cinco, versículo catorce. ¿Entiende lo que le dice, querida?
—Creo que sí. Gracias, pastor.
—Alice, no tienes por qué estar aquí sentada y…
—Estoy bien, Margery —respondió Alice levantando una mano—. El pastor y yo siempre hemos mantenido conversaciones interesantes. Y sí que creo entender qué es lo que me está diciendo usted, pastor.
Las demás mujeres intercambiaron miradas en silencio. Beth hizo un pequeño movimiento de la cabeza a un lado y a otro.
Alice frotó con un trapo una mancha que no salía. Inclinó la cabeza a un lado, pensando.
—Pero le agradecería mucho que me diera algún consejo más.