Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Está sola y lo sabe.
Él baja la voz.
—He dicho que te apees del mulo.
Da dos pasos hacia delante, y sus pies hacen crujir la nieve.
Y esa es la única verdad para ella y para todas las mujeres que hay por allí. No importa lo inteligente, lo lista o lo independiente que seas. Siempre podrá contigo un estúpido con un arma. El cañón del rifle está ahora tan cerca que ella se ve mirando por el interior de dos agujeros negros e infinitos. Con un gruñido, él lo deja caer de pronto, haciendo que se balancee hacia atrás colgado de su correa, y agarra las riendas. El mulo se da la vuelta y ella se echa hacia delante torpemente sobre su cuello. Nota cómo McCullough la agarra del muslo mientras echa la otra mano hacia atrás para coger el rifle. Su aliento es agrio por el alcohol y su mano está áspera por la suciedad. Cada célula de su cuerpo siente repugnancia al notarla.
Y entonces, la oye. Es la voz de Nancy a lo lejos.
¡Oh, qué paz a menudo perdemos!
Oh, qué dolor tan innecesario soportamos…
Él levanta la cabeza. Ella oye un «¡No!», y una parte lejana de sí misma reconoce sorprendida que ha salido de su propia boca. Los dedos la agarran y tiran de ella, un brazo la rodea por la cintura y le hace perder el equilibrio. Entre sus manos fuertes y su fétido aliento, ella siente que su futuro se va convirtiendo en algo negro y terrible. Pero el frío hace que él se muestre torpe. Balbucea mientras trata de coger de nuevo su rifle, de espaldas a ella, y en ese momento ve que tiene una oportunidad. Mete la mano izquierda en su alforja y, mientras él gira la cabeza, ella suelta las riendas, coge el otro extremo con la mano derecha y balancea el pesado libro con todas sus fuerzas, golpeándole con él en la cara. El hombre suelta el arma, el sonido tridimensional de un fuerte estallido rebota en los árboles y ella nota que el cántico queda en silencio un momento y que los pájaros se elevan en el aire como una resplandeciente nube negra de alas en movimiento. Cuando McCullough cae al suelo, el mulo corcovea y da una sacudida hacia delante, asustado, tropezando con él y haciendo que ella ahogue un grito y tenga que agarrarse al cuerno de la silla de montar para no caerse.
Y, a continuación, se va por el lecho del riachuelo, mientras aguanta la respiración y el corazón le late con fuerza confiando en que las patas seguras del mulo sepan sostenerse en medio del chapoteo sobre el agua helada, sin atreverse a mirar atrás para ver si McCullough ha conseguido ponerse de pie para salir detrás de ella.
1
Tres meses antes
Mientras se abanicaban en la puerta de la tienda o pasaban bajo la sombra de los eucaliptos, todos coincidían en que hacía un calor poco habitual para estar en septiembre. La sala de juntas de Baileyville resultaba sofocante con los olores a jabón de sosa cáustica y perfume rancio, los cuerpos apelotonados con sus vestidos de popelina y sus trajes de verano. El calor había penetrado incluso en las paredes de tablones, de tal modo que la madera mostraba su protesta entre crujidos y suspiros. Apretada a la espalda de Bennett mientras este se abría paso por la fila de asientos ocupados, disculpándose cuando cada uno de los ocupantes tenía que levantarse de su asiento con un suspiro apenas disimulado, Alice habría jurado que podía notar cómo el calor de cada cuerpo se filtraba en el suyo mientras se inclinaban hacia atrás para dejarles pasar.
«Perdón. Perdón».
Bennett llegó por fin a dos asientos vacíos y Alice, con las mejillas encendidas por la vergüenza, se sentó sin hacer caso a las miradas de reojo de las personas que les rodeaban. Bennett bajó la mirada a su solapa para sacudirse una inexistente pelusa y, a continuación, le miró la falda.
—¿No te has cambiado? —murmuró.
—Has dicho que íbamos a llegar tarde.
—No era mi intención que salieras con la ropa de estar en casa.
Ella había tratado de preparar un típico pastel de carne inglés recubierto con puré de patatas para animar a Annie a poner algo en la mesa que no fuese comida sureña. Pero las patatas se le habían puesto verdes, no había sido capaz de medir el calor del fogón y la grasa le había salpicado por todo el cuerpo cuando dejó caer la carne sobre la plancha. Y cuando Bennett entró para buscarla (ella, naturalmente, había perdido la noción del tiempo), no fue capaz de entender por qué Alice no dejaba las tareas culinarias a la criada cuando estaba a punto de tener lugar una reunión importante.
Alice posó la mano encima de la mancha de grasa más grande que tenía en la falda y decidió mantenerla ahí durante una hora. Porque sería una hora. O dos. O, que Dios la asistiera, hasta tres.
Iglesia y reuniones. Reuniones e iglesia. A veces, Alice van Cleve se sentía como si simplemente hubiese cambiado una tediosa tarea rutinaria por otra. Esa misma mañana en la iglesia, el pastor McIntosh había pasado casi dos horas lanzando proclamas sobre los pecadores que, al parecer, estaban tramando llevar a cabo una escandalosa dominación sobre el pueblo y ahora se abanicaba y parecía alarmantemente dispuesto a empezar a hablar de nuevo.
—Vuelve a ponerte los zapatos —murmuró Bennett—. Podría verte alguien.
—Es este calor —respondió ella—. Son pies ingleses. No están acostumbrados a estas temperaturas. —Más que verla, sintió la tediosa reprobación de su marido. Pero estaba demasiado acalorada y cansada como para que le importase y la voz del orador tenía un tono narcótico que hacía que ella solo asimilara una de cada tres palabras aproximadamente —«germinando… vainas… cascarillas… bolsas de papel»— y le resultaba complicado interesarse por el resto.
La vida matrimonial, según le habían dicho, sería una aventura. ¡Viajar a un nuevo país! Al fin y al cabo, se había casado con un americano. ¡Comida nueva! ¡Una nueva cultura! ¡Nuevas experiencias! Se había imaginado en Nueva York, con un elegante traje de dos piezas en bulliciosos restaurantes y aceras atestadas. Escribiría a su familia presumiendo de sus nuevas experiencias. «Ah, ¿Alice Wright? ¿No es la que se casó con el atractivo americano? Sí, recibí una postal de ella. Estaba en la Ópera Metropolitana o el Carnegie Hall…». Nadie le había advertido de que aquello implicaría también tantas chácharas entre tazas de porcelana buena con ancianas tías, tantos zurcidos y confección de colchas sin sentido o, lo que era aún peor, tantos sermones mortalmente aburridos. Sermones y reuniones eternos que duraban décadas. ¡Ah, pero es que a estos hombres les encantaba el sonido de sus propias voces! Sentía como si la estuvieran riñendo durante horas cuatro veces a la semana.
Los Van Cleve se habían detenido en no menos de trece iglesias de camino hasta ahí y el único sermón que le había gustado a Alice había tenido lugar en Charleston, donde el predicador se había extendido tanto que los congregados habían perdido la paciencia y habían decidido, todos a una, «callarlo con un cántico», ahogar su voz cantando por encima hasta que se había dado por enterado y, bastante airado, había echado el cierre por ese día a su establecimiento religioso. Sus vanos intentos por hablar por encima de ellos, mientras elevaban sus voces con decisión, la habían hecho reír.
Lamentablemente, los congregados en Baileyville, Kentucky, según había observado hacía más de una hora, parecían embelesados.
—Vuelve a ponértelos de una vez, Alice. Por favor.
Cruzó la mirada con la señora Schmidt, en cuyo salón había estado tomando el té dos semanas antes, y volvió a mirar al frente, en un intento por no parecer demasiado amistosa por si la invitaba una segunda vez.
—Pues muchas gracias, Hank, por ese consejo sobre el almacenamiento de semillas. Estoy seguro de que nos has dado mucho que pensar.