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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– Hum -ronroneó Avril-. Me gusta. ¿Vamos a nadar? Él sacudió la cabeza.

– Te veo luego, entonces -se volvió, caminó en su desnudez como una diosa griega y se unió a los otros que jugueteaban en la piscina.

G. G. Quartermain había seguido sentado, con la silla retirada de la mesa. Bebía el coñac y lanzaba miradas pícaras a Heyward.

– Yo tampoco tengo ganas de nadar. De vez en cuando, si uno está seguro de encontrarse entre amigos, es bueno para un hombre dejarse ir.

– Supongo que debo reconocer eso. Y ciertamente me siento entre amigos -Heyward volvió a hundirse en su asiento, se quitó los lentes y empezó a limpiarlos. Ahora tenía el control de sí mismo. El instante de loca debilidad había quedado atrás. Prosiguió:

– El problema es que, naturalmente a veces uno va más lejos de lo que piensa. De todos modos, lo importante es mantener el control general.

El Gran George bostezó.

Mientras hablaban, los otros, que habían salido del agua, se secaban con una toalla y sacaban sus ropas de un montón que había junto a la piscina.

Unas dos horas después, como había hecho la noche anterior, Avril acompañó a Roscoe Heyward hasta la puerta de su dormitorio. Al principio, abajo, él había decidido insistir en que ella no le acompañara, pero después cambió de idea, confiado en su reafirmada fuerza de voluntad y seguro de que no sucumbiría a salvajes impulsos eróticos. Incluso se sintió tan absolutamente seguro como para decir alegremente:

– Buenas noches, hijita. Sí, antes de que me lo digas, ya sé que tu número de teléfono interno es el siete, pero te aseguro que no necesitaré nada.

Avril le había mirado con una semisonrisa enigmática, después se había vuelto. Inmediatamente él cerró la puerta de su dormitorio y pasó el cerrojo y empezó a canturrear suavecito mientras se preparaba para ir a la cama.

Pero, en la cama, el sueño le eludió.

Permaneció despierto casi una hora, con las ropas de cama tiradas hacia los pies, el lecho suave bajo su peso. Por la ventana abierta podía escuchar el adormecedor zumbido de los insectos y, a lo lejos, el ruido de las olas al romperse en la costa.

Pese a sus buenas intenciones el foco de sus pensamientos era Avril.

Avril.… tal como la había visto y la había tocado… hermosa hasta cortar el aliento, desnuda y deseable. Instintivamente movió los dedos, reviviendo la sensación de aquellos pechos llenos y firmes, con los pezones erguidos, cuando los había apretado entre las manos.

Y entretanto su cuerpo… luchaba, surgía… se burlaba de la virtud pretendida.

Procuró pensar en otra cosa… en los negocios del banco, en el préstamo de la Supranational, en formar parte de la Dirección de la compañía, como G. G. Quartermain había prometido. Pero el pensamiento de Avril volvía, con más fuerza que nunca, imposible de borrar. Recordaba sus piernas, sus muslos, sus labios, su suave sonrisa, su calor y su perfume… y que estaba a su disposición.

Se levantó y empezó a pasearse, procurando dirigir su energía hacia otra parte. Pero la energía no quería ser dirigida.

De pie junto a la ventana vio que una brillante luna de tres cuartos se había levantado. Bañaba el jardín, las playas y el mar con una blanca luz etérea. Mientras miraba, una frase por largo tiempo olvidada volvió a él. La noche está hecha para amar… a la luz de la luna.

Volvió de nuevo a pasearse, después regresó a la ventana y permaneció allí, de pie.

Por dos veces hizo un movimiento hacia la mesa de noche, con su intercomunicador. Dos veces la decisión y la firmeza lo detuvieron.

Pero la tercera vez no retrocedió. Agarrando el instrumento con una mano, gruñó… era una mezcla de angustia, de culpabilidad, de terca excitación, de anticipación celestial.

Con decisión y firmeza apretó el botón número siete.

9

Nada en su experiencia o en lo que había imaginado antes de ingresar a la penitenciaría de Drummonburg, había preparado a Miles Eastin al despiadado y degradante infierno de la cárcel.

Habían pasado seis meses desde que había sido descubierto como estafador, y cuatro meses desde que había sido juzgado y sentenciado.

En los raros momentos en los que la objetividad prevalecía sobre la miseria física y la angustia mental, Miles Eastin pensaba que, si la sociedad buscaba imponer una venganza bárbara y salvaje en una persona como él, lo había logrado más allá del conocimiento de cualquiera de los que no han soportado el brutal purgatorio de la cárcel. Y si el objeto de tal castigo, pensaba después, era sacar a un hombre de su humanidad, y convertirlo en un animal de bajos instintos, el sistema de las cárceles era la mejor manera de lograrlo.

Lo que la prisión no hacía y no haría nunca -se decía a sí mismo Miles Eastin- era convertir a un hombre en un miembro de la sociedad más sano que cuando había ingresado en ella. Si se le daba tiempo, la cárcel sólo servía para degradar y empeorar a un individuo; sólo servía para aumentar su odio al «sistema» que lo había enviado allí; sólo reducía la posibilidad de convertirse en un ciudadano útil y sometido a la ley. Y cuanto más larga fuera la sentencia, menos probabilidades había de salvación moral.

Así, por encima de todas las cosas, el tiempo producía la erosión y eventualmente destruía cualquier potencial de regeneración que pudiera tener un preso al llegar a la cárcel.

Incluso cuando un individuo se aferraba a fragmentos de valores morales, como un nadador que se ahoga para salvar la vida, se debía a fuerzas que había dentro de él, y no era a causa de la cárcel sino a pesar de ella.

Miles luchaba para no hundirse, se esforzaba en mantener algún parecido con lo mejor de lo que antes había sido, procuraba no embrutecerse del todo, quedar sin sentimientos, totalmente desesperado, salvajemente amargado. ¡Era tan fácil meterse en la vestimenta tosca, la camisa de arpillera que uno iba a usar para siempre! La mayoría de los presos lo hacía. Estaban aquellos bestias antes de llegar aquí y que habían empeorado desde entonces, y otros, a los que el tiempo en la cárcel había agotado; el tiempo y la fría inhumanidad de corazón de la ciudadanía de afuera, indiferente a los horrores que se perpetraban o las decencias que se olvidaban -todo en nombre de la sociedad- detrás de aquellas paredes.

A favor de Miles, y en su mente mientras se aferraba a ella, había una posibilidad dominante. Había sido condenado a dos años. Esto lo autorizaba para una libertad condicional en cuatro meses más.

La contingencia de que no le concedieran la libertad condicional era algo en lo que no pensaba. Las implicaciones eran demasiado horribles. No creía poder soportar dos años de cárcel sin salir total e irreparablemente disminuido mental y corporalmente.

Mantente, se repetía todos los días y durante las noches. Mantente para la esperanza, la liberación, la libertad condicional. Al principio, cuando le detuvieron y le encarcelaron antes del juicio, había creído que estar encerrado en una celda iba a volverlo loco. Recordaba haber leído que la libertad, hasta que se pierde, no es apreciada. Y es verdad que nadie se da cuenta de cuánto significa la libertad física de movimiento -incluso el ir libremente de un cuarto a otro o el salir brevemente afuera- hasta que estas cosas le son negadas totalmente.

De todos modos, comparado con las condiciones de esta penitenciaría, el período previo al juicio había sido un lujo.

La jaula de Drummonburg en la que estaba confinado era una celda de dos metros por tres, parte de un bloque en forma de X de celdas para cuatro personas. Cuando la cárcel había sido construida, hacía más de medio siglo, cada celda estaba destinada a una sola persona. Hoy en día, debido a que la cárcel estaba superpoblada, la mayoría de las celdas incluso la que incluía a Miles, albergaba a cuatro. La mayoría de los días los presos permanecían encerrados en los reducidos espacios dieciséis horas de las veinticuatro del día.

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