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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Pero el Gran George dijo magnánimamente:

– Me gusta la manera cómo has jugado, socio… -se dirigió a los otros-. Creo que Roscoe debe recibir algo en reconocimiento. ¿Estáis de acuerdo?

Los otros asintieron y el Gran George se golpeó la rodilla.

– ¡Ya sé! Un puesto en la Dirección de la Supranational. ¿Qué te parece como recompensa?

Heyward sonrió.

– Estás bromeando, claro.

Por un momento la sonrisa abandonó el siempre radiante rostro del presidente de la SuNatCo.

– Cuando hablo de la Supranational nunca bromeo.

Fue entonces cuando Heyward comprendió que aquella era la manera del Gran George de instrumentar la conversación previa. Si aceptaba, lógicamente, eso significaba aceptar las otras obligaciones…

Su vacilación duró sólo unos segundos.

– Si lo dices en serio, estoy encantado de aceptar.

– Haremos el anuncio la semana que viene.

La oferta había sido tan rápida y sorprendente que a Heyward todavía le costaba trabajo creerla. Había esperado que otro entre los directores del First Mercantile American fuera invitado a unirse a la Dirección de la Supranational. Ser elegido él mismo, y personalmente por G. G. Quartermain, era la consagración. La Dirección de la SuNatCo, tal como estaba compuesta ahora, era como una cinta azul en el Quién es Quién de los negocios y las finanzas.

Como si leyera en su mente, el Gran George tuvo una risita.

– Entre otras cosas podrás cuidar el dinero de tu banco.

Heyward vio que el Honorable Harold le miraba, interrogante. Cuando Heyward hizo una leve señal de asentimiento, su compañero en la dirección del FMA se puso radiante.

8

La segunda velada en la mansión de G. G. Quartermain en las Bahamas fue de una calidad sutilmente diferente a la primera. Era como si los ocho allí presentes -los hombres y las muchachas- compartieran una cómoda intimidad, que había faltado la noche anterior. Roscoe Heyward, consciente del contraste, sospechó cuál era el motivo.

La intuición le decía que Rhetta había pasado la noche anterior con Harold Austin, y Krista con Byron Stonebridge. Esperaba que los otros dos no creyeran lo mismo de él y Avril. Estaba seguro de que su anfitrión no lo creía; las frases dichas aquella mañana lo indicaban, probablemente porque el Gran George estaba informado de lo que pasaba, o no pasaba, dentro de su casa.

Entretanto la reunión del crepúsculo -otra vez alrededor de la piscina- y en la terraza para la cena, había sido deliciosa en sí. Roscoe Heyward se permitió formar parte de ella, de manera alegre y jovial.

Era verdad que disfrutaba de las continuas atenciones de Avril, que no mostraba señales de estar ofendida por el rechazo de la otra noche. Como ya se había probado a sí mismo que podía resistir las seducciones de la muchacha, Heyward no veía ahora motivo para negar a Avril el placer de una agradable compañía.

Uno de los motivos de su estado eufórico era el compromiso de la Supranational de hacer negocios con el First Mercantile American y el inesperado y deslumbrador trofeo de un asiento para él en el consejo director de la SuNatCo. No dudaba que ambas cosas iban a reforzar su prestigio en el FMA. Su nombramiento para la sucesión de la presidencia parecía cercano.

Más temprano había tenido una breve reunión con el contador de la Supranational, Stanley Inchbeck, que había llegado, como lo anunciara el Gran George. Inchbeck era un ruidoso neoyorquino que empezaba a quedarse calvo, y él y Heyward convinieron en arreglar los detalles del préstamo de la SuNatCo al día siguiente, durante el vuelo. Fuera de su encuentro con Heyward, Inchbeck había permanecido encerrado buena parte de la tarde con G. G. Quartermain. Aunque aparentemente estaba en alguna parte de la casa, Inchbeck no apareció para tomar unas copas ni para cenar.

Otra cosa que Roscoe Heyward percibió, desde la ventana de su cuarto en el segundo piso, fue que G. G. Quartermain y Byron Stonebridge, recorrieron el jardín durante una hora a principios del crepúsculo, sumergidos en una profunda conversación. Estaban demasiado lejos de la casa para que pudiera oírse nada de lo que decían, pero el Gran George parecía hablar de manera persuasiva, y el vicepresidente interrumpía ocasionalmente, con lo que probablemente eran preguntas. Heyward recordaba la frase de la mañana en el campo de golf acerca de «crédito en Washington», se preguntó cuál de los muchos intereses de la Supranational estarían discutiendo. Decidió que nunca iba a saberlo.

Ahora, después de la cena, en la oscuridad fresca y perfumada de afuera, el Gran George era nuevamente el anfitrión complaciente. Rodeando con las manos una copa de coñac con el sello «Q», anunció:

– Nada de excursiones esta noche. Todos nos divertiremos aquí.

El mayordomo, los camareros y los músicos habían desaparecido discretamente.

Rhetta y Avril, que bebían champaña, dijeron a coro:

– ¡Una fiesta aquí!

By Stonebridge levantó la voz para ponerse a tono con las muchachas.

– ¿Qué clase de fiesta?

– Una fiesta de «redada» -declaró Krista, y se corrigió, porque su manera de hablar se había vuelto un tanto confusa a causa del vino y del champaña-. Quiero decir una «nadada». Quiero nadar.

Stonebridge la provocó:

– ¿Qué te detiene?

– ¡Nada, By, querido! ¡Absolutamente nada! -con una serie de rápidos movimientos Krista dejó su copa de champaña, pateó sus zapatos, desabrochó unos clips del vestido y se balanceó. El largo vestido verde de noche que llevaba cayó como una cascada a sus pies. Debajo llevaba un slip. Se lo quitó y lo tiró lejos por encima de su cabeza. No llevaba nada más.

Desnuda, sonriendo, con su cuerpo exquisitamente proporcionado, sus altos pechos firmes y su pelo negro como ébano, que la convertían en una escultura de Maillol en movimiento, Krista avanzó con dignidad por la terraza, descendió los peldaños hacia la piscina iluminada y se zambulló. Nadó a lo largo de la piscina, se volvió y llamó a los otros:

– ¡Es glorioso! ¡Venid!

– ¡Por Dios -dijo Stonebridge-, claro que iré! -Se quitó la camisa deportiva, los pantalones y los zapatos y luego, desnudo como Krista, aunque menos llamativo, avanzó hasta el agua y se zambulló.

Rayo de Luna, con una risita en tono muy alto, y Rhetta, ya se estaban desvistiendo.

– ¡Un momento -gritó Harold Austin-, este tipo también va!

Roscoe Heyward, que había mirado a Krista con una mezcla de sorpresa y fascinación, vio que Avril estaba a su lado.

– Roscoe, tesorito, ábreme la cremallera… -le presentó su espalda.

Vacilando, él procuró agarrar el cierre sin dejar su asiento.

– Ponte de pie, tonto -dijo Avril. Cuando lo hizo, volviendo a medias la cabeza, ella se inclinó contra él, y su calidez y su fragancia le abrumaron.

– ¿Todavía no has terminado?

A él le resultaba difícil concentrarse.

– No, parece que…

Hábilmente, Avril buscó en su espalda.

– Aquí, déjame… -terminando lo que él había empezado, bajó la cremallera. Con un movimiento de hombros hizo caer el vestido.

Movió el pelo rojo en un gesto que él había aprendido a conocer.

– Bueno, ¿qué esperas? Desabrocha mi sujetador.

Las manos de él temblaban, tenía los ojos clavados en ella, mientras hacía lo que le decían. El sujetador cayó. Pero no las manos de él.

Con un movimiento levísimo y gracioso, Avril se puso de puntillas. Se inclinó hacia él y le besó en los labios. Las manos de él, que siguieron donde estaban, tocaron los erguidos pezones de sus pechos. Involuntariamente, según le pareció, sus dedos se curvaron y apretaron. Unas eléctricas oleadas sensuales lo atravesaron.

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