Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 100
Перейти на страницу:

—Es solo información, señora Brady. Información para ayudar a las mujeres a tomar el control de sus cuerpos, de sus vidas. No tiene nada de pecaminoso. Cielo santo, si hasta nuestro tribunal federal ha aprobado ese libro.

—Tribunal federal —repitió la señora Brady con un resoplido—. Sabe tan bien como yo que aquí estamos muy lejos de los tribunales federales y que a nadie le importa un pimiento lo que allí se decida. Sabe que nuestro pequeño rincón del mundo es de lo más conservador, sobre todo en lo concerniente a los asuntos de la carne. —Cruzó los brazos sobre su pecho y, de repente, las palabras le salieron como un estallido—. ¡Maldita sea, Margery, confiaba en que no iba a provocar ningún revuelo! Ya sabe lo sensible que es este proyecto. Ahora todo el pueblo está que arde con rumores sobre el tipo de material que está repartiendo. Y ese viejo loco está dispuesto a destrozarlo todo y a asegurarse de que se sale con la suya y nos echa el cierre.

—Lo único que he hecho es ser franca con la gente.

—Pues si hubiese sido más lista se habría dado cuenta de que, a veces, hay que comportarse como los políticos para conseguir lo que se quiere. Al actuar como lo ha hecho usted, le ha dado exactamente la munición que él esperaba.

Margery se removió incómoda.

—Vamos, señora Brady. Nadie va a hacerle caso al señor Van Cleve.

—¿Eso cree? Pues el padre de Izzy, para empezar, se ha mostrado firme.

—¿Qué?

—El señor Brady ha insistido esta noche en que Izzy se retire del programa.

Margery la miró boquiabierta.

—Es una broma.

—Le aseguro que no lo es. Esta biblioteca depende de la buena voluntad de los habitantes del pueblo. Está sustentada en la idea de que se trata de un bien público. Sea lo que sea lo que ha hecho ha generado una polémica y el señor Brady no quiere que su única hija se vea arrastrada por ella.

De repente, se llevó una mano a la mejilla.

—Dios mío. A la señora Nofcier no le va a gustar nada cuando se entere. No le va a gustar nada en absoluto.

—Pero…, pero Beth Pinker se acaba de romper un brazo. Ya hemos perdido a una bibliotecaria. Si perdemos también a Izzy, la biblioteca no va a poder salir adelante.

—Pues quizá debería haberlo pensado antes de empezar a liar las cosas con su… literatura radical. —Fue entonces cuando vio la cara de Alice. Parpadeó, la miró con el ceño fruncido y, después, movió la cabeza a un lado y a otro, como si eso también fuese una prueba de que algo estaba yendo realmente mal en la Biblioteca Itinerante. A continuación se fue, con Izzy mirándolas desesperada mientras le tiraban de la manga en dirección a la puerta.

—Vaya, pues menudo desastre.

Margery y Alice estaban en la puerta de la ahora vacía sala de reuniones mientras las últimas calesas y parejas desaparecían entre murmullos. Por primera vez, Margery parecía realmente desconcertada. Seguía sujetando en la mano un pasquín arrugado y, en ese momento, lo tiró al suelo y lo aplastó con el tacón entre la nieve del escalón.

—Yo voy a hacer mi ruta mañana —dijo Alice. Su voz aún sonaba amortiguada desde su boca hinchada, como si hablara a través de una almohada.

—No puedes. Espantarías a los caballos y, más aún, a las familias. —Margery se frotó los ojos y respiró hondo—. Yo haré todas las rutas que pueda. Pero Dios sabe que la nieve ya lo hace todo más difícil.

—Nos quiere destruir, ¿verdad? —preguntó Alice sin entusiasmo.

—Sí, eso quiere.

—Es por mí. Le dije dónde podía meterse sus cincuenta dólares. Está tan enfadado que haría lo que fuera por castigarme.

—Alice, si no le hubieses dicho tú dónde podía meterse sus cincuenta dólares, lo habría hecho yo y con letras mayúsculas. Van Cleve es del tipo de hombres que no puede soportar que una mujer ocupe ninguna clase de lugar en el mundo. No puedes culparte por lo que haga un hombre así.

Alice se metió las manos en los bolsillos.

—Quizá el brazo de Beth se cure más rápido de lo que ha dicho el médico.

Margery la miró de reojo.

—Ya se te ocurrirá algo —añadió Alice, como si se lo estuviese diciendo a sí misma—. Siempre te pasa.

Margery soltó un suspiro.

—Vamos. Volvamos a casa.

Alice bajó dos escalones y se ciñó con fuerza la chaqueta de Margery alrededor del cuerpo. Se preguntó si Fred iría con ella a recoger sus últimas pertenencias. Le daba miedo ir sola.

Entonces, una voz interrumpió el silencio.

—¿Señorita O’Hare?

Kathleen Bligh apareció por la esquina del edificio de la sala de reuniones sosteniendo delante de ella una lámpara de aceite con una mano y las riendas de un caballo en la otra.

—Señora Van Cleve.

—Hola, Kathleen. ¿Cómo se encuentra?

—He estado en la reunión. —Su rostro parecía demacrado bajo la fuerte luz—. He oído lo que ese hombre de ahí ha estado diciendo de todas ustedes.

—Sí. Bueno, cada uno tiene una opinión en este pueblo. No hay que creer todo lo que…

—Yo iré con ustedes.

Margery inclinó la cabeza, como si no estuviese segura de haber oído bien.

—Iré con el caballo. He oído lo que le ha dicho a la señora Brady. La madre de Garrett cuidará de los niños. Iré con ustedes. Hasta que el brazo de esa muchacha esté curado.

Al ver que ni Margery ni Alice respondían, añadió:

—Conozco al dedillo los caminos de cada «hondonada» en treinta kilómetros. Sé montar a caballo igual de bien que cualquier otro. La biblioteca me ha ayudado a seguir adelante y no quiero que ningún viejo estúpido la cierre.

Las mujeres se miraron entre sí.

—¿A qué hora voy mañana?

Fue la primera vez que Alice veía a Margery sin saber qué decir. Tartamudeó un poco antes de volver a hablar.

—Pasadas las cinco estará bien. Tenemos mucho camino que recorrer. Por supuesto, si es demasiado complicado porque sus hijos…

—A las cinco estaré. Tengo mi propio caballo. —Levantó el mentón—. El caballo de Garrett.

—Le estoy muy agradecida.

Kathleen se despidió de las dos con un movimiento de la cabeza y, después, se montó en el gran caballo negro, le dio la vuelta y se perdió en la oscuridad.

Cuando después echara la vista atrás, Alice recordaría el mes de enero como el más oscuro de todos. No era solo que los días fueran cortos y gélidos y que buena parte de sus trayectos se hicieran ahora en completa oscuridad, con los cuellos subidos y los cuerpos envueltos en tanta ropa como podían ponerse sin que les impidiera moverse; las familias a las que visitaban estaban a menudo azules por el frío, los niños y ancianos, metidos juntos en la cama, algunos tosiendo y con los ojos legañosos, acurrucados en torno a fuegos a medio apagar y, aun así, todos desesperados por la diversión y la esperanza que una buena historia les podría traer. Llevarles los libros se había vuelto infinitamente más duro: las rutas estaban a veces intransitables, los caballos tropezaban entre la profunda nieve o se resbalaban sobre el hielo de los senderos en pendiente, de tal modo que Alice tenía que desmontar e ir caminando, obsesionada con la imagen del brazo enrojecido e hinchado de Beth.

Tal y como había prometido, Kathleen aparecía a las cinco de la mañana cuatro días a la semana sobre el alto y negro caballo de su marido, recogía dos bolsas de libros y salía sin decir nada hacia el interior de las montañas. Rara vez necesitó revisar sus rutas y las familias a las que repartía la recibían con las puertas abiertas y muestras de alegría y respeto. Alice se dio cuenta de que salir de casa le hacía bien a Kathleen, a pesar de las penurias del trabajo y de las largas horas alejada de sus hijos. En pocas semanas se le notó un nuevo aire, si no de felicidad, sí de serena sensación de realización, e incluso aquellas familias influenciadas por el enérgico deseo de desmantelamiento de la biblioteca por parte del señor Van Cleve se convencieron de seguir con ella en vista de la insistencia de Kathleen de que la biblioteca era «algo bueno y que ella y Garrett tenían buenas razones para creerlo así».

1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 100
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)