Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– Ah…, no -dijo Barbara.
– Nos envió a hablar con usted sobre Jemima Hastings -dijo Winston-. Está muerta, señor Langer.
– ¿Muerta? ¿Qué ha ocurrido? ¿Cuándo murió?
– Hace unos días. En Abney…
Abbott abrió los ojos como platos.
– ¿Es la mujer del cementerio? Vi la noticia en los periódicos, pero no había ningún nombre.
– No se publicará ningún nombre hasta que no hayamos contactado con su familia -dijo Nkata.
– Bueno, no puedo ayudarles con eso. No sé nada de su familia. -Apartó la vista en dirección a la pista de hielo, en uno de cuyos extremos se había producido una colisión múltiple. Los instructores se apresuraban a ayudar a los caídos-. Dios, eso es terrible, ¿verdad? -Volvió la vista hacia ellos-. Asesinada en un cementerio.
– Lo es -dijo Barbara.
– ¿Pueden decirme cómo…?
Lo sentían. No podían. Normas, trabajo policial, las reglas de la investigación. Habían acudido a la pista de hielo para recabar información sobre Jemima Hastings. ¿Cuánto tiempo hacía que la conocía? ¿La conocía bien? ¿Cómo se habían conocido?
Abbott lo pensó un momento.
– El Día de San Valentín. Lo recuerdo porque ella trajo globos para Frazer. -Vio que Nkata escribía en su libreta de notas y añadió-: Es el tío que se encarga de entregar los patines alquilados. Junto a las taquillas. Frazer Chaplin. Al principio pensé que era una especie de mensajera. ¿Saben a lo que me refiero? Una chica que hacía una entrega de globos de San Valentín de parte de la novia de Frazer. Pero resultó que ella era la nueva novia (o, al menos, era su intención), y había venido para darle una sorpresa. Nos presentaron y estuvimos hablando unos minutos. Se mostró muy entusiasmada con tomar lecciones, de modo que quedamos en encontrarnos para hablar de ello. Tuvimos que ajustamos con sus horarios, pero no fue difícil. Bueno, yo no tuve problemas para adaptarme. Tengo tres ex esposas y cuatro hijos en total, de modo que no rechazo a los clientes que pagan.
– ¿Lo hubiera hecho en otra situación? -preguntó Barbara.
– ¿Rechazarla? No, no. Bueno, quiero decir que quizá lo habría hecho si mis circunstancias hubiesen sido diferentes (debido a mis ex esposas y los niños). De todos modos, ella acudía regularmente a las clases, a su hora, y siempre pagaba. No podía quejarme porque su mente pareciera estar en otras cosas cuando venía aquí, ¿no cree?
– ¿Qué clase de cosas? ¿Lo sabe?
Parecía el tipo de hombre que estaba a punto de decir que odiaba hablar mal de los muertos, pero dijo:
– Supongo que era algo relacionado con Frazer. Creo que las lecciones eran sólo una excusa para estar cerca de él, y por eso no podía concentrarse en lo que hacía. Frazer tiene algo que atrae a las mujeres, y cuando se sienten atraídas, él, desde luego, no las rechaza, ya saben.
– En realidad, no lo sabemos -dijo Barbara. Una mentira, naturalmente, pero en aquel momento necesitaban todos los detalles que pudiesen reunir.
– De vez en cuando tiene líos -dijo Abbott con delicadeza-. No quiero que me malinterpreten, siempre va con mujeres adultas, ninguna menor ni nada por el estilo. Ellas devuelven sus patines y hablan un momento con él, le dejan una tarjeta o una nota o algo así, y…, bueno, ya sabe. Frazer sale un tiempo con una, un tiempo con otra. A veces llama a su empleo nocturno (trabaja como barman en un hotel de lujo) para decir que llegará tarde. Entonces, aprovecha y pasa unas horas con una de ellas. No es mal tío. Es sólo su manera de ser.
– ¿Y Jemima tenía idea de lo que pasaba?
– Una sospecha. Las mujeres no son estúpidas. Pero el problema para Jemima era que Frazer trabaja aquí en el primer turno, y ella sólo podía venir por las tardes o cuando tenía el día libre en el trabajo. De modo que eso le permitía a Frazer estar más o menos disponible para mujeres que querían flirtear con él… o algo más.
– ¿Cuál era la relación que mantenía usted con Jemima? -preguntó Barbara, ya que se dio cuenta de que los murmullos de Yolanda, a pesar de que quería ignorarlos, podían aplicarse muy bien a este hombre, con su mata de pelo negro «oscuro como la noche».
– ¿La mía? -preguntó con las puntas de los dedos apoyadas en el pecho-. Oh, jamás me lío con mis alumnas de patinaje. Eso no sería ético. Y, en cualquier caso, tengo tres ex esposas y…
– Cuatro hijos, sí -dijo Barbara-. Pero supongo que tener una aventura no le hace mal a nadie. Si una mujer estaba disponible y no había ningún compromiso…
El patinador se sonrojó.
– No voy a negar que era una mujer atractiva. Lo era. En un sentido nada convencional, ¿sabe?, con esos ojos que tenía. Un poco pequeña, con poca carne. Pero tenía una simpatía auténtica, no como la típica londinense. Sospecho que un tío podría haber interpretado mal esa característica si hubiera querido.
– Usted, sin embargo, no lo hizo.
– Si tres veces no consiguieron hechizarme, no estaba dispuesto a intentarlo una cuarta vez. No he tenido suerte en el matrimonio. Creo que el celibato me mantiene a salvo de una complicación amorosa.
– Pero una vez abonado el terreno, supongo que podría haber tenido a Jemima -sugirió Barbara-. Después de todo, tener una aventura no implica que tenga que casarse.
– Abono o no, yo no lo habría intentado. Es posible que hoy en día una aventura no tenga por qué acabar en boda, pero tenía la sensación de que ése no era el caso con Jemima.
– ¿Está diciendo que ella iba detrás de Frazer para casarse con él?
– Estoy diciendo que ella quería casarse, punto. Tenía la impresión de que podría haber sido Frazer, pero también podría haber sido cualquier otro tío.
A esa hora, Frazer Chaplin ya no estaba en el Queen's Ice & Bowl, pero eso no era ningún problema. El nombre no era nada común. No podía haber dos Frazer Chaplin en la ciudad. Debía de ser el mismo tipo que vivía en la casa de Bella McHaggis, le dijo Barbara a Nkata. Tenían que hablar con él.
Mientras atravesaban la ciudad, Barbara puso a Winston al corriente de las reglas establecidas por Bella McHaggis en relación con la confraternización entre los inquilinos de su casa. Si Jemima Hastings y Frazer Chaplin habían estado liados, su casera lo ignoraba, o bien había hecho la vista gorda porque tenía sus razones, algo que Barbara dudaba seriamente.
Cuando llegaron a Putney, Bella McHaggis entraba en su casa con un carrito de la compra medio lleno de periódicos. Cuando Nkata aparcó el coche, la señora McHaggis comenzó a descargar su carrito dentro de uno de los grandes cubos de plástico que tenía en el jardín delantero de la casa. Estaba aportando su granito de arena por el medioambiente, les informó cuando ambos atravesaron la entrada. Los putos vecinos no reciclaban una jodida cosa si ella no insistía e insistía con ese asunto.
Barbara emitió un adecuado murmullo de solidaridad y luego preguntó si Frazer Chaplin estaba en casa.
– Este es el sargento Nkata -añadió a modo de presentación.
– ¿Qué quieren de Frazer? -preguntó Bella-. Es con Paolo con quien deberían hablar. Lo que encontré lo encontré en su armario, no en el de Frazer.
– ¿Cómo dice? -preguntó Barbara-. Mire, ¿podemos entrar, señora McHaggis?
– Cuando haya terminado mi trabajo aquí -dijo Bella-. Algunas cosas son importantes para algunas personas, señorita.
Barbara tuvo la tentación de decirle a la mujer que el asesinato era sin duda una de esas cosas, pero, en cambio, puso los ojos en blanco en dirección a Nkata mientras Bella McHaggis volvía a su tarea de descargar los periódicos del carrito de la compra. Una vez que hubo terminado les dijo que la siguieran dentro de la casa. Acababan de cruzar la puerta -con sus listas de reglas y sus carteles acerca de la presencia de la dueña en la propiedad- cuando Bella los informó acerca de la prueba que había encontrado y exigió saber por qué no habían enviado a alguien de inmediato a recogerla.