Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– Entonces debemos buscar ese chaleco -dijo Ardery-. El de ese tío o el de otro de los instructores. Conseguid a alguien que haga una prueba de tejidos. También disponemos de una curiosa descripción transmitida por teléfono como resultado de toda la publicidad que ha provocado este caso. Al parecer, un hombre de aspecto bastante sucio salió del cementerio de Abney Park en el espacio de tiempo en que Jemima Hastings fue asesinada. Fue visto por una mujer mayor que esperaba el autobús justo en la entrada del cementerio de Church Street. La mujer lo recordaba porque, según dijo (y repito sus palabras) parecía como si se hubiese estado revolcando sobre las hojas, tenía el pelo muy largo y era japonés, chino, vietnamita o -tal como ella lo describió- «uno de esos tipos orientales». Llevaba pantalones negros y alguna clase de caja o algo por estilo (ella pensó que se podía tratar de un maletín), y tenía el resto de la ropa liada debajo del brazo, excepto la chaqueta, que llevaba puesta del revés. Tenemos a alguien con ella para hacer un retrato robot y, si hay suerte, conseguiremos algunos resultados una vez que lo publiquemos. ¿Sargentos Havers y Nkata…?
Nkata asintió mirando a Barbara para que fuese su compañera quien hiciera los honores. Un tío decente, pensó ella, y se preguntó cómo había llegado Winston a ser tan intuitivo y, a la vez, tan completamente despojado de ego.
Presentó su informe: Yolanda, la Médium, un resumen de la historia de Abbott Langer y las lecciones de patinaje sobre hielo, la razón de esas lecciones de patinaje sobre hielo, los globos, la prueba de embarazo -«resultó ser negativa»-, Frazer Chaplin y Paolo di Fazio. Añadió la discusión oída casualmente entre Paolo di Fazio y la víctima, el presunto estudio donde Paolo hacía sus esculturas, la conducta de Frazer con las mujeres, el posible interés no maternal de Bella McHaggis por Frazer, el segundo empleo de Frazer en el hotel Dukes y sus planes para emigrar.
– Comprobad los antecedentes de todos ellos -ordenó Isabelle cuando Barbara acabó su informe.
– Nos pondremos a ello ahora mismo -respondió Barbara.
– No -dijo Ardery-. Les quiero a los dos (usted y la sargento Nkata) en Hampshire. Philip, usted y su gente encárguense de la comprobación de antecedentes.
– ¿Hampshire? -dijo Barbara-. ¿Qué tiene que ver Hampshire…?
Ardery les puso al corriente, resumiendo lo que ellos se habían perdido durante la primera parte de la reunión informativa. El inspector Lynley y ella, dijo, habían encontrado esas cosas, y «Necesito que lleven una de éstas a Hampshire». Le entregó una tarjeta postal. Barbara vio que se trataba de una versión más pequeña de la fotografía de Jemima Hastings que ilustraba el póster de la National Portrait Gallery. En el anverso podía leerse: «¿Ha visto a esta mujer?», escrito con rotulador negro, acompañado de una flecha que indicaba que había que dar la vuelta a la tarjeta. En el reverso habían apuntado un número de teléfono, aparentemente de un móvil.
El número, le informó Ardery, pertenecía a un tío de Hampshire llamado Gordon Jossie. El sargento Nkata y ella debían viajar allí para ver qué tenía que decir el señor Jossie con respecto a este asunto.
– Será mejor que se lleven una bolsa de viaje, porque supongo que esto podría llevar más de un día -dijo.
Esto suscitó los gritos y exclamaciones habituales, comentarios de «Oohh, os vais de vacaciones», y «Coged habitaciones separadas, Winnie». Ante tal panorama, Ardery dijo con tono brusco:
– Ya está bien.
En ese preciso momento Dorothea Harriman entraba en la habitación. Llevaba un papel en la mano, un mensaje telefónico. Se lo entregó a Ardery. Ella lo leyó. Luego alzó la vista y una expresión de satisfacción se dibujó en su rostro.
– Tenemos un nombre para el primer retrato robot -anunció mientras señalaba el tablero donde estaba fijado el primer retrato robot que habían hecho gracias a la descripción de los dos adolescentes que se habían tropezado con el cadáver en el cementerio.
– Uno de los voluntarios que trabaja en el cementerio cree que se trata de un chico llamado Marlon Kay. El inspector Lynley y yo nos ocuparemos de él. En cuanto al resto de vosotros…, ya tenéis vuestras tareas asignadas. ¿Alguna pregunta? ¿No? De acuerdo entonces.
Volverían a empezar por la mañana, les dijo. Hubo varias miradas de sorpresa: ¿una tarde libre? ¿En qué estaba pensando Ardery?
Sin embargo, nadie hizo preguntas, ya que había muy pocos caballos regalados en medio de una investigación. El equipo comenzó a prepararse para abandonar la habitación. Ardery se dirigió a Lynley:
– Thomas, ¿podemos hablar en mi despacho?
Lynley asintió. Ardery abandonó el centro de coordinación. Él, sin embargo, no la siguió de inmediato. Se dirigió al tablón para echar un vistazo a las fotografías reunidas allí, y Barbara aprovechó la oportunidad para acercarse a él. Lynley había vuelto a ponerse las gafas de leer y estaba observando las fotografías aéreas y comparándolas con el diagrama dibujado de la escena del crimen.
– Antes no tuve oportunidad… -dijo Barbara a sus espaldas.
Lynley se volvió del tablón con las fotografías.
– Barbara -dijo, a modo de saludo.
Ella le miró fijamente porque quería leer su expresión, el porqué, el cómo y qué significaba todo.
– Me alegro de que haya vuelto, señor. No se lo dije antes.
– Gracias.
No añadió que era bueno para él que estuviera allí, como podía haber hecho cualquier otra persona. No era bueno estar allí, pensó ella. Sólo formaba parte de seguir adelante.
– Me preguntaba… ¿cómo se manejará ella? -dijo Barbara.
En realidad lo que quería saber era qué significaba que él hubiera regresado a la Met: qué implicaba sobre él, sobre ella, sobre Isabelle Ardery y sobre quién tenía poder e influencia y quién no tenía nada de eso.
– Es obvio. Quiere el trabajo.
– Y usted, ¿está aquí para ayudar a que lo consiga?
– Sólo me pareció que era el momento oportuno. Ella vino a verme a casa.
– De acuerdo. Bien. -Barbara se acomodó el bolso en el hombro. Quería algo más de él, pero no fue capaz de formular la pregunta correspondiente-. Es un poco diferente, eso es todo -dijo al fin-. Me marcho, entonces. Como ya he dicho, es bueno que usted…
– Barbara. -Su voz era grave. También era jodidamente amable. Sabía lo que ella estaba pensando y sintiendo, y «siempre» había sido así, algo que odiaba de ese hombre-. No tiene importancia.
– ¿Qué?
– Esto. En realidad, no tiene importancia.
Mantuvieron uno de esos momentos de duelo de miradas. Él era bueno leyendo, anticipando, entendiendo…, todas esas jodidas habilidades interpersonales que hacían de una persona un buen policía, y de otra persona el elefante metafórico que irrumpe en una cacharrería.
– De acuerdo -dijo ella.
– Sí. Gracias.
Otro momento de miradas encontradas hasta que alguien dijo:
– Tommy, ¿puedes echarle un vistazo…?
Él se volvió. Philip Hale se acercaba a ellos, y ya daba igual. Barbara aprovechó la oportunidad para volatilizarse.
Más tarde, mientras conducía hacia su casa, se preguntó si él era sincero cuando dijo que no tenía importancia. Porque el hecho era que a ella no le gustaba nada que su compañero estuviese trabajando con Isabelle Ardery, aunque no quería pensar demasiado en cuál era la razón de ese disgusto.
Capítulo 12
A la mañana siguiente, y en gran medida a causa de lo que Barbara «no» quería pensar, preparó el bolso para el viaje asegurándose de que ninguna de las prendas que escogía contaría con la aprobación de Isabelle Ardery. Era un trabajo que llevaba poco tiempo y menos necesidad de pensar. Ya había acabado cuando un golpe en la puerta le indicó que había llegado Winston Nkata. Le había sugerido sensatamente que fuesen en su coche, ya que el de ella era poco fiable y, además, acomodar su cuerpo, largo y fuerte, dentro de un viejo Mini Cooper habría significado un viaje penoso para él.