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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– ¿Cómo se enteró usted de su muerte? -preguntó Lynley.

– Bella me lo dijo.

Luego añadió lo que había indicado el informe de Barbara Havers: él era uno de los huéspedes en la casa de Bella McHaggis en Putney. De hecho, él era la razón, dijo Paolo, de que Jemima se hubiese instalado en la casa de la señora McHaggis. Le había dicho que había una habitación disponible allí poco después de conocerla.

– ¿Cuándo fue eso? -preguntó Lynley.

– Una o dos semanas después de que ella llegase a Londres. En algún momento de noviembre pasado.

– ¿Y cómo la conoció? -preguntó Isabelle.

– En el estanco. -Les dijo que liaba sus propios cigarrillos y compraba allí el tabaco y el papel de fumar-. Habitualmente a ese imbécil, Jayson -añadió-. Pazzo uomo. Pero un día, en lugar de él, estaba Jemima.

– Usted es italiano, ¿verdad, señor di Fazio? -preguntó Lynley.

Di Fazio sacó uno de sus cigarrillos del bolsillo de la camisa -llevaba una camisa blanca impecable y unos vaqueros muy limpios- y lo colocó detrás de la oreja.

– Con un apellido como Di Fazio es una excelente deducción -dijo.

– Creo que el inspector se refería a si nació en Italia -dijo Isabelle-. Su inglés es perfecto.

– Vivo aquí desde que tenía diez años.

– Y nació en…

– En Palermo. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver esto con Jemima? Vine a este país legalmente, si es eso lo que les interesa, aunque no importe mucho en estos días, con todo es lío de la UE y la gente cruzando entre las fronteras cuando les apetece.

Lynley vio que Ardery indicaba un cambio de dirección en las preguntas con un ligero movimiento de los dedos sobre el mostrador.

– Tenemos entendido que recolectaba tarjetas postales de la National Portrait Gallery para Jemima. ¿Ella le pidió que lo hiciera o la idea fue suya?

– ¿Por qué tendría que haber sido idea mía?

– Tal vez usted nos lo pueda decir.

– No fue idea mía. Vi una de esas tarjetas en Leicester Square. La reconocí por la exposición que hicieron en la galería (hay una banderola en la fachada con la fotografía de Jemima, si no la han visto) y la cogí.

– ¿Dónde estaba la tarjeta?

– No lo recuerdo…, ¿cerca de la taquilla de entradas a mitad de precio? ¿Quizá cerca del Odeon? Estaba fijada con Blu-Tack y llevaba el mensaje escrito sobre ella, de modo que la cogí y se la llevé a Jemima.

– ¿Llamó usted al número de teléfono que había en el reverso de la tarjeta?

Di Fazio meneó la cabeza.

– No sabía de qué diablos se trataba ni tan siquiera qué quería ese tipo.

– «Ese tipo» -indicó Lynley-. O sea, que sabía que era un hombre quien estaba distribuyendo las tarjetas.

Fue uno de esos momentos de «te he pillado». Di Fazio -que no era tonto- lo supo al instante. Se tomó unos segundos antes de responder.

– Ella me dijo que probablemente era su pareja quien lo estaba haciendo. Su ex pareja. Un tío de Hampshire. Jemima lo sabía por el número de teléfono que había escrito en la tarjeta. Dijo que le había dejado, pero él no se lo había tomado bien, y ahora, obviamente, estaba tratando de encontrarla. Y ella no quería que lo lograse. Quería eliminar todas las tarjetas antes de que alguien que supiera dónde estaba viera alguna y llamara por teléfono a ese tío. De modo que ella las cogía… y yo también. Tantas como pudiésemos encontrar, y siempre que teníamos oportunidad de hacerlo.

– ¿Estaba liado con ella? -preguntó Lynley.

– Era amiga mía.

– Además de la amistad. ¿Estaba liado con ella o simplemente esperaba liarse con ella?

Di Fazio volvió a tomarse un momento antes de responder. Obviamente no era tonto y sabía que cualquier respuesta que diese le dejaría en una posición delicada. Siempre existía el elemento sexual a considerar entre hombres y mujeres, y lo que ese elemento sexual podía conducir como motivo para cometer un asesinato.

– ¿Señor Di Fazio? -dijo Ardery-. ¿Hay algo que no entienda de la pregunta?

– Fuimos amantes durante algún tiempo -dijo de forma un tanto tajante.

– Ah -dijo Ardery.

Paolo parecía irritado.

– Eso fue antes de que ella viniese a vivir a la casa de Bella. Tenía una habitación miserable en Charing Cross Road, encima de Keira News. Estaba pagando mucho por ese lugar.

– ¿Allí era donde usted y ella…? -Ardery dejó que él completase la idea-. ¿Cuánto tiempo hacía que la conocía cuando se convirtieron en amantes?

Él se enfadó.

– No sé qué tiene eso que ver con este asunto. -Ardery no respondió a este comentario y tampoco lo hizo Lynley. Di Fazio finalmente escupió la respuesta-. Una semana. Unos días, no lo sé.

– ¿No lo sabe? -preguntó Ardery-. Señor di Fazio, tengo la impresión de que…

– Fui a por tabaco. Ella se mostró amistosa, seductora, ya sabe cómo son esas cosas. Le pregunté si quería ir a tomar una copa después del trabajo. Fuimos a ese lugar en Long Acre…, el pub…, no sé cómo se llama. Estaba lleno de gente, de modo que tomamos unas copas en la acera con todos los demás y luego nos marchamos. Fuimos a su habitación.

– O sea, que se convirtieron en amantes el día en que se conocieron -dijo Ardery.

– Suele suceder.

– Y luego comenzaron a vivir juntos en Putney -apuntó Lynley-. Con Bella McHaggis. En su casa.

– No.

– ¿No?

– No.

Di Fazio cogió el cigarrillo que se había colocado detrás de la oreja. Dijo que si iban a seguir con la conversación -y le estaba costando muchos putos clientes, por cierto-, entonces tendrían que hacerlo fuera, donde al menos podría fumar mientras hablaban.

Ardery le dijo que le parecía muy bien salir fuera y Di Fazio recogió sus herramientas y las guardó debajo del mostrador junto con las máscaras de muestra en sus pedestales de madera. Lynley observó las herramientas -afiladas y aptas para otras actividades además de la escultura- y sabía que Ardery también lo había hecho. Ambos se miraron y siguieron a Di Fazio fuera de la galería y al aire libre.

Una vez allí, él encendió su cigarrillo liado a mano y les contó a Ardery y a Lynley el resto de la historia. Había pensado que seguirían siendo amantes, dijo, pero no había contado con que Jemima seguiría las reglas.

– Nada de sexo. Bella no lo permite.

– ¿Acaso se opone a todo tipo de actividad sexual? -preguntó Lynley.

– Al sexo entre los huéspedes de la casa -dijo di Fazio.

Él había intentado convencer a Jemima de que podían continuar como antes sin que nadie se enterase, porque Bella dormía como un tronco en el piso encima de ellos, y Frazer Chaplin -el tercer huésped- ocupaba la habitación del sótano dos pisos más abajo, de modo que tampoco sabría lo que pasaba. Ellos dos ocupaban las dos únicas habitaciones en el primer piso de la casa. No había ninguna jodida manera de que Bella pudiese descubrirlo.

– Jemima no quiso saber nada. Cuando vino a ver la habitación, Bella le dijo directamente que había echado a la última chica porque se había liado con Frazer. Una mañana la sorprendió saliendo de la habitación de éste, y allí se terminó todo. Jemima no quería que eso le pasara a ella (no es fácil encontrar un alojamiento decente), de modo que dijo que nada de sexo. Al principio fue nada de sexo en casa de Bella, y luego fue nada de sexo en ninguna parte. Ella dijo que se había convertido en un problema demasiado complicado.

– ¿Un problema demasiado complicado? -preguntó Ardery-. ¿Dónde lo hacían?

– No en público -contestó él-. Y tampoco en el cementerio de Abney Park, si eso es lo que está sugiriendo. En mi estudio. -Compartía un espacio con otros tres artistas, dijo, en un túnel del ferrocarril abandonado cerca de Clapham Junction. Al principio iban allí (Jemima y él), pero después de unas semanas, ella se cansó-. Dijo que no le gustaba engañar a la gente.

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