Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– ¿Y dónde debería ser eso? -preguntó Barbara.
– No en esa casa, desde luego. Veo peligro allí. Incluso le he ofrecido un lugar conmigo y mi esposo, por un precio tirado. Tenemos dos habitaciones libres…, y ambas han sido purificadas, pero ella no ha querido dejar a McHaggis. Reconozco que quizá puedo haber sido un poco insistente en este asunto. Quizá me pasé en alguna ocasión por allí para hablarle de ello. Pero lo hice sólo porque ella necesita salir de ese lugar y ¿qué tengo que hacer yo al respecto? ¿No decir nada? ¿Dejar que sea lo que Dios quiera? ¿Esperar a que pase lo que tiene que pasar?
A Barbara se le ocurrió entonces que Yolanda no había caído en la cuenta de que Jemima estaba muerta, algo que resultaba bastante curioso, ya que era supuestamente una médium y ahí estaba la poli haciendo preguntas sobre uno de sus clientes. Por una parte, el nombre de Jemima no había sido notificado a los medios de comunicación, puesto que aún no habían localizado a nadie de su familia. Por otra parte, si Yolanda mantenía conversaciones con el padre de Barbara, ¿el espíritu de Jemima no estaría también profiriendo gritos desde el otro mundo?
Barbara miró fijamente a Nkata tomando en cuenta el asunto de su padre. ¿Acaso el muy cabrón se había encargado de encontrar a Yolanda y la había llamado previamente para proporcionarle detalles de su vida? Ella lo creía capaz de eso y de mucho más. Tendría que reírse.
– Yolanda -dijo-, antes de que sigamos adelante, creo que necesito aclararle algo: Jemima Hastings está muerta. La asesinaron hace cuatro días en el cementerio de Abney Park, en Stoke Newington.
Silencio. Y luego, como si tuviese el trasero en llamas, la médium se levantó como un rayo. Se tambaleó hacia atrás. Dejó caer el cigarrillo sobre la alfombra y lo apagó con el pie -al menos Barbara esperó que lo hubiese apagado, ya que no le gustaban los incendios- y extendió los brazos. Comenzó a gritar como si estuviese al borde de la muerte, diciendo: «¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Oh, perdonadme, Inmortales!». Y luego cayó directamente encima de la mesa con los brazos aún extendidos. Una mano tendida hacia Nkata y la otra hacia Barbara. Al no entender lo que quería, Yolanda golpeó las palmas contra la tabla de la mesa y luego volvió las manos hacia ellos.
Se suponía que debían cogerlas.
– ¡Ella está aquí, entre nosotros! -exclamó Yolanda-. Oh, dime, amado. ¿Quién? ¿Quién?
Comenzó a gemir. Jesús bendito.
Barbara miró a Winston, llena de espanto. ¿Debían de llamar a alguien y pedir ayuda? ¿Cero, sesenta y nueve? ¿Debían echarle agua? ¿Había salvia a mano en alguna parte?
– Oscuro como la noche -susurró Yolanda con una voz más ronca que antes-. Él es oscuro como la noche.
Bueno, debía serlo, pensó Barbara, aunque sólo fuese porque siempre lo eran.
– Asistido por su compañero el sol, cae encima de ella. Lo hacen juntos. Él no estaba solo. Puedo verle. Puedo verle. ¡Oh, mi amado!
Luego lanzó un grito y se desmayó. O pareció que se desmayaba.
– ¡Joder! -susurró Nkata. Miró a Barbara en busca de instrucciones.
Ella quería decirle que era él el del aura brillante, de modo que más valía que supiera qué coño hacer. Pero, en lugar de eso, se levantó. Nkata hizo lo mismo y, entre los dos, colocaron el trono de Yolanda en su sitio, la sentaron allí y le colocaron la cabeza entre las piernas.
Cuando Yolanda se recuperó, lo que sucedió con una rapidez que sugería que no se había desmayado, comenzó a gimotear acerca de McHaggis, la casa, Jemima, las preguntas de Jemima sobre… «Me ama, Yolanda, es él mi hombre, Yolanda, debería ceder y hacer lo que me pide, Yolanda». Pero aparte de gimotear «oscuro como la noche que me cubre», que a Barbara le sonaba sospechosamente a un verso conocido, no fue capaz de transmitir nada más. Sí dijo que Abbott Langer probablemente supiese algo más, porque Jemima había asistido regularmente a clases de patinaje, y él se había sentido impresionado con su devoción por el hielo.
– Es esa casa -dijo Yolanda-. Traté de advertirle acerca de esa casa.
No fue difícil encontrar a Abbott Langer. El Queen's Ice & Bowl estaba un poco más arriba de la calle, tal como había dicho la médium. Como su nombre sugería, el lugar combinaba los placeres de la bolera y del patinaje sobre hielo. También ofrecía una galería de videojuegos, un bar de comidas y un nivel de ruido garantizado para provocar migrañas en personas previamente inmunes a ellas. El ruido procedía de todas direcciones y comprendía una absoluta cacofonía de sonidos: música rock de la zona de la bolera; chillidos, pitidos, estallidos, timbres y campanillas de la galería de videojuegos; música de baile de la pista de patinaje sobre hielo; gritos y alaridos de los patinadores en la pista. La época del año era la causa de que el lugar estuviese abarrotado de niños con sus padres y adolescentes que necesitaban un lugar donde pasar el tiempo, enviarse mensajes de texto y, aparte de eso, parecer enrollados. Asimismo, debido al hielo, estar dentro del edificio era muy agradable, y eso atraía a más gente de la calle, aunque sólo fuera para bajar la temperatura corporal.
En la pista de hielo había quizá cincuenta personas, la mayoría de ellas aferradas a las barandillas de los laterales. La música -al menos lo que podía oírse de ella por encima del ruido ensordecedor- parecía destinada a estimular suaves golpes con los pies, pero no parecía dar resultado. Nadie, observó Barbara, excepto los instructores de patinaje, llevaba el ritmo. Y había tres, visibles gracias a los chalecos amarillos que llevaban. Eran los únicos capaces de patinar hacia atrás, algo que a Barbara le parecía una proeza admirable.
Winston y ella se quedaron junto a la barandilla y observaron el espectáculo durante unos minutos. Entre los patinadores había varios niños que parecían estar tomando lecciones en una zona reservada para ellos en el centro de la pista. La clase la impartía un hombre alto con el cabello en forma de casco que le asemejaba a un imitador de Elvis. Era mucho más grande que alguien a quien se asocia con un patinador sobre hielo, más de metro ochenta y con la complexión de una nevera: en absoluto gordo, pero sólido. Era difícil no advertir su presencia, no sólo debido al pelo, sino porque -a pesar de su corpulencia- era notablemente ágil con los pies. Resultó ser Abbott Langer, y se reunió enseguida con ellos a un lado de la pista cuando otro de los instructores fue a avisarle que le buscaban.
Tenía que acabar la clase que estaba impartiendo, dijo. Podían esperarle allí -«Miren esa niña vestida de rosa… Conseguirá la medalla de oro»- o en el bar de comidas.
Barbara y Winston eligieron el bar de comidas. Como ya había pasado la hora del té y ella ni siquiera había almorzado, Barbara eligió un bocadillo de jamón y ensalada con mayonesa, patatas fritas con sal y vinagre, una crepe, una barra de chocolate Kit-Kat y una Coca-Cola para bajarlo todo. Winston -¿cómo iba a sorprenderse por eso?- eligió un zumo de naranja.
Ella le miró con el ceño fruncido.
– ¿Alguien te ha hablado alguna vez de tus asquerosos hábitos personales? -le preguntó. Él negó con la cabeza.
– Sólo sobre mi aura -dijo Winston-. Esa es tu cena, ¿verdad?
– ¿Te has vuelto loco? Aún no he almorzado.
Abbott Langer se les añadió cuando Barbara estaba terminando su comida. Había colocado protecciones en las cuchillas de sus patines. Dentro de media hora tenía que dar otra clase, dijo. ¿Qué podía hacer por ellos?
– Venimos de hablar con Yolanda -dijo Barbara.
– Ella es completamente legal -dijo Abbott inmediatamente-. ¿Se trata de una referencia? ¿Pensaban utilizarla? ¿Como en la tele?