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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– ¿Y usted se lo creyó?

– No tenía otra opción. Me dijo que se había acabado. Ella se encargó de hacerlo.

– ¿Tal y como lo había hecho con el tipo de las tarjetas? ¿Según lo que ella le explicó?

– Algo así.

Lynley pensó que eso les proporcionaba a ambos un motivo para el asesinato.

Capítulo 11

Yolanda, la Médium, tenía un pequeño local en un mercado junto a Queensway, en Bayswater. Barbara Havers y Winston Nkata la encontraron sin demasiadas dificultades una vez que descubrieron el mercado, al que accedieron a través de una entrada no señalizada entre un diminuto kiosco de diarios, revistas y bebidas y uno de los omnipresentes negocios de venta de maletas baratas que parecían brotar en todas las esquinas de Londres. El mercado era la clase de lugar junto al que uno pasaría caminando sin verlo: una madriguera de pasadizos sólo para los habitantes del barrio, de techos bajos y orientación étnica, en la que los cafés rusos competían con las panaderías asiáticas, y las tiendas que vendían narguiles estaban junto a los kioscos donde la música africana sonaba a todo volumen.

Una pregunta formulada en el café ruso les proporcionó la información de que dentro del mercado había un lugar llamado Psychic Mews. Allí, les explicaron, trabajaba Yolanda, la Médium, y, considerando la hora del día, era probable que estuviese en el local.

Una breve caminata más y llegaron a Psychic Mews. El lugar resultó ser lo que parecía -aunque probablemente no lo fuese-, unas auténticas cocheras antiguas completadas con calles adoquinadas y edificios que tenían el aspecto de viejos establos, como todas las cocheras de Londres. A diferencia del resto, sin embargo, estaban protegidas por un techo igual que el resto del mercado. Esta circunstancia le permitía disfrutar de una apropiada atmósfera de penumbra, misterio e incluso peligro. Uno podía esperar, pensó Barbara, que Jack el Destripador, se descolgase del techo en cualquier momento.

El negocio de Yolanda era uno de los tres «santuarios psíquicos» que había en ese lugar. Su única ventana -con una cortina que aseguraba la intimidad de los clientes- mostraba un alféizar con objetos adecuados a su línea de trabajo: una mano de porcelana con la palma hacia fuera y todas las líneas identificadas, una cabeza también de porcelana donde se señalaban varias partes del cerebro, una carta astrológica y un mazo de cartas de tarot. Sólo faltaba la bola de cristal.

– ¿Crees en toda esta basura? -le preguntó Barbara a Nkata-. ¿Lees tu horóscopo en el periódico o algo por el estilo?

Winston comparó la palma de su mano con la de porcelana que reposaba en el alféizar de la ventana.

– Según esto, yo tendría que haber muerto la semana pasada -dijo, y abrió la puerta con el hombro.

Tuvo que agacharse para poder entrar. Barbara le siguió a una antesala donde ardían unos palitos de incienso y sonaba música de cítara. Contra una de las paredes, la forma del dios elefante había sido plasmada en yeso y, frente a él, colgaba un crucifijo encima de lo que parecía ser un muñeco katsina de los indios hopis. En el suelo, un enorme Buda parecía servir de tope para la puerta. Barbara llegó a la conclusión de que Yolanda cubría todas las bases espirituales.

– ¿Hay alguien aquí? -llamó.

Como respuesta apareció una mujer de detrás de una cortina de cuentas. No estaba vestida como Barbara había esperado. De alguna manera, uno pensaría que una médium estaría vestida como una gitana: pañuelos, faldas de colores y montones de collares de oro con pendientes a juego y de gran tamaño. Pero, en cambio, la mujer llevaba un traje de oficina que Isabelle Ardery habría aprobado con entusiasmo, ya que estaba confeccionado para que se adaptara a su cuerpo robusto, e incluso a los ojos no entrenados de Barbara el atuendo parecía anunciarse a sí mismo con las palabras «diseñador francés». Su única concesión al estereotipo era el pañuelo que llevaba, pero incluso este complemento estaba doblado formando una cinta que le sostenía el cabello recogido. Y, en lugar de negro, el pelo era anaranjado, un tono bastante inquietante que sugería un desafortunado encuentro con una botella de peróxido.

– ¿Es usted Yolanda? -preguntó Barbara.

La mujer, a modo de respuesta, se llevó las manos a las orejas. Cerró los ojos con fuerza.

– ¡Sí, sí, está bien! -La voz era queda y extraña. Sonaba como la voz de un hombre-. ¡Le oigo de puta madre!

– Lo siento -contestó Barbara, aunque en su opinión, ella no había levantado la voz en absoluto. Los médiums, pensó, debían de ser muy sensibles al sonido-. No pretendía…

– ¡Se lo diré a ella! Pero debe dejar de gritar. No estoy sorda, ¿sabe?

– No pensé que estuviese gritando. -Barbara sacó su identificación-. Scotland Yard -dijo.

Yolanda abrió los ojos. Ni siquiera miró en la dirección de la credencial que le enseñaba Barbara. En cambio, dijo:

– El tío grita lo suyo.

– ¿Quién?

– Él dice que es su padre. Dice que usted tiene que…

– Está muerto -dijo Barbara.

– Por supuesto que está muerto. Si no fuese así, difícilmente podría oírle. Oigo a la gente muerta.

– ¿Como lo de «En ocasiones veo muertos»?

– No se pase de lista. ¡De acuerdo! ¡De acuerdo! ¡Deje ya de gritar! Su padre…

– Mi padre no gritaba. Nunca lo hacía.

– Pues ahora lo hace, cariño. Él dice que debe llamar a su madre. Dice que la echa de menos.

Barbara lo dudaba. La última vez que había visto a su madre, la pobre mujer creía estar viendo a su antigua vecina la señora Gustafson, y el pánico resultante -en los últimos años en casa su madre había llegado a temer a la señora Gustafson, como si aquella mujer mayor se hubiese metamorfoseado en Lucifer- no se había aliviado con los múltiples intentos de Barbara, desde mostrarle su identificación hasta apelar a cualquiera de los otros residentes con los que la señora Havers vivía en una residencia de ancianos privada en Greenford. Barbara no había vuelto a visitarla desde entonces. En aquel momento le pareció que era la decisión más razonable.

– ¿Qué debo decirle? -preguntó Yolanda. Y luego, con las manos cubriéndose nuevamente los oídos-. ¿Qué? ¡Oh, por supuesto que le creo! -Y luego le dijo a Barbara-. ¿James, sí? Pero no le llamaban así, ¿verdad?

– Jimmy. -Barbara, incómoda, cambió el peso del cuerpo de un pie al otro. Miró a Winston, que también parecía estar anticipando un mensaje no deseado que alguien le enviaba desde el más allá-. Dígale que iré a visitarla. Mañana. Lo que sea.

– No debe mentirle al mundo de los espíritus.

– La semana próxima entonces.

Yolanda cerró los ojos.

– Ella dice que irá la semana próxima, James. -Y luego a Barbara-. ¿No puede arreglarlo para ir antes? Es muy insistente.

– Dígale que estoy trabajando en un caso. Él lo entenderá.

Aparentemente, lo entendió, porque una vez que Yolanda hubo transmitido este mensaje al mundo de los espíritus, lanzó un suspiro de alivio y desvió su atención hacia Winston. Tenía un aura magnífica, le dijo. Bien desarrollada, inusual, brillante y evolucionada. Fan-tás-ti-ca.

– Ya -dijo Nkata-. ¿Podemos hablar un momento, señorita…?

– Solamente Yolanda -contestó ella.

– ¿No tiene un apellido? -preguntó Barbara. Para que quedara constancia y todo eso. Porque al tratarse de un asunto de la Policía… Yolanda seguramente lo entendía, ¿eh?

– ¿Policía? Soy legal -dijo Yolanda-. Tengo licencia. Cualquier cosa que necesiten.

– Ya me lo imaginaba. No estamos aquí para investigar su vida empresarial. ¿Su nombre completo es…?

Resultó -como era de esperar- que Yolanda era un seudónimo, ya que Sharon Price no sonaba tan bien en el negocio de los médiums.

– ¿Y eso sería señora o señorita Price? -preguntó Nkata después de haber sacado su libreta de notas y con el lápiz portaminas a punto.

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