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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Era señora, confirmó ella. El señor era el conductor de uno de los taxis negros de Londres, y los hijos de la señora y el señor ya eran mayores y se habían marchado de casa.

– Están aquí por ella, ¿verdad? -preguntó Yolanda sagazmente.

– ¿Así que conocía a Jemima Hastings? -dijo Nkata.

Yolanda no advirtió el tiempo verbal de la pregunta.

– Oh, conozco a Jemima, sí. -dijo-. Pero no me refería a Jemima. Me refería a ella, esa vaca gorda de Putney. Ella los llamó, ¿no es así? ¡Qué cara tiene!

Aún estaban en la antesala y Barbara le preguntó si había algún lugar donde pudieran sentarse para mantener una conversación en condiciones. Yolanda les hizo pasar a al otro lado de la cortina de cuentas, donde tenía un espacio montado que era una combinación entre la consulta de un psicoanalista con un diván contra una pared y un salón para celebrar sesiones de espiritismo con una mesa redonda en el medio y una silla parecida a un trono situada a las doce en punto, obviamente destinada a la médium.

Yolanda se dirigió hacia allí y les indicó a Barbara y a Nkata que se sentasen a las tres y a las siete respectivamente. Esto tenía que ver con el aura de Nkata, evidentemente, y con la ausencia de aura de Barbara.

– Usted me tiene un tanto intrigada -dijo Yolanda, dirigiéndose a Barbara.

– A usted y a todo el mundo.

Barbara miró a Nkata. Él le devolvió una mirada de profunda y absolutamente falsa preocupación ante su obvia falta de aura.

– Luego me ocuparé de ti -dijo en voz baja, y Nkata reprimió una sonrisa.

– Oh, puedo ver que son dos personas incrédulas -afirmó Yolanda con su extraña voz masculina. Luego buscó algo debajo de la mesa, por lo que Barbara esperó que el mueble comenzara a levitar. Pero, en cambio, lo que hizo la médium es sacar la ostensible razón de que sus cuerdas vocales estuviesen arruinadas: un paquete de Dunhill. Encendió uno y empujó el paquete hacia Barbara, con la absoluta convicción, al parecer, de que ella era una colega en esta cuestión-. Se muere por fumar -dijo-. Adelante. Lo siento, cariño -le dijo a Winston-. Pero no debe preocuparse. Usted no se morirá por ser fumador pasivo. Eso sí, si quiere saber más tendrá que pagarme cinco libras.

– Creo que me gustaría que me sorprendieran -dijo Nkata.

– Como guste, querido. -Yolanda inhaló el humo con evidente placer y se acomodó en su trono para mantener una charla apropiada con ellos-. No quiero que ella viva en Putney -dijo-. Bueno, no se trata tanto de Putney como de «ella»… y cerca de «ella». Supongo que me refiero a que viva en su casa.

– ¿Usted no quería que Jemima viviera en la casa de la señora McHaggis?

– Correcto. -Yolanda dejó caer la ceniza al suelo, que estaba cubierto con una alfombra persa, aunque ese detalle no pareció preocuparla-. Las casas donde ha muerto alguien necesitan ser descontaminadas. Hay que quemar salvia en todas las habitaciones. No es suficiente con agitarla mientras se recorre toda la casa. Y no me refiero a la salvia que se puede comprar en el mercado. Uno no coge un paquete del estante de las hierbas secas en Sainsbury's y pone una cucharadita en un cenicero, y luego lo enciende y ya está. De ninguna jodida manera. Hay que conseguir salvia de verdad, liarla bien y prepararla para que arda. Luego se enciende y se dicen las oraciones adecuadas. Entonces se liberan los espíritus que necesitan ser liberados y el lugar queda purificado de la muerte y, sólo entonces, es saludable y adecuada para que una persona retome su vida en ese lugar.

Winston, según pudo comprobar Barbara, estaba apuntando todo lo que ella decía como si tuviese la intención de detenerse en alguna parte para conseguir los descontaminantes apropiados.

– Lo siento, señora Price, pero… -dijo Barbara.

– Yolanda, por el amor de Dios.

– De acuerdo: Yolanda. ¿Se refiere a lo que le pasó a Jemima Hastings?

Yolanda pareció desconcertada.

– Me refiero a que ella vive en una «casa de muerte». McHaggis (me pregunto si hubo alguna vez una mujer con un nombre más apropiado) [14] es viuda. Su esposo murió en esa casa.

– ¿En circunstancias sospechosas?

Yolanda carraspeó.

– Eso habrá que preguntárselo a McHaggis. Yo puedo ver la infección que rezuma a través de la ventana cada vez que paso frente a la casa. Le dije a Jemima que debía marcharse de allí. Y está bien, lo admito, tal vez fui demasiado insistente en cuanto a eso.

– ¿Y ése podría haber sido el motivo de que llamasen a la policía? -preguntó Barbara-. ¿Quién los llamó? Lo pregunto porque sabemos que a usted la advirtieron de que dejase de acosar a Jemima. Según nuestra información…

– Esa es una interpretación, ¿verdad? No hice más que expresar mi preocupación. El asunto fue a más, de modo que volví a expresarla. Tal vez he sido un poco… Oh, quizá llevé las cosas demasiado lejos, tal vez estuve acechando un poco delante de la casa, pero ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Permitir que ella languideciera? Cada vez que la veo, eso está más encogido, y, así pues, ¿debo quedarme de brazos cruzados y dejar que suceda? ¿Sin decir nada?

– Eso está más encogido -dijo Barbara-. ¿«Eso» vendría a ser…?

– Su aura -intervino servicialmente Nkata, que ya estaba por encima de la situación.

– Sí -confirmó Yolanda-. Cuando conocí a Jemima, estaba resplandeciente. Bueno, no como usted, querido -le dijo a Nkata-, pero sí de un modo más marcado que la mayoría de la gente.

– ¿Cómo la conoció? -preguntó Barbara. Ya estaba bien de auras, decidió, ya que Winston empezaba a mostrarse decididamente satisfecho de sí mismo en este asunto.

– En la pista de patinaje sobre hielo. Bueno, no en la pista de patinaje sobre hielo propiamente. Más bien a partir de la pista de patinaje sobre hielo. Abbott fue quien nos presentó. Abbott y yo solemos tomar café de vez en cuando en el bar. Y también me encuentro con él cuando hago las compras. Él tiene un aura bastante agradable…

– De acuerdo -musitó Barbara.

– Y como sufre tanto a causa de sus esposas (bueno, me refiero a sus ex esposas), me gusta decirle que no debe preocuparse tanto. Un hombre sólo puede hacer lo que puede, ¿eh? Y si no gana suficiente dinero como para mantenerlas a todas, no tiene que ir de cabeza a la tumba por eso. Él hace lo que puede. Imparte clases, ¿verdad? Pasea perros en el parque. Da clases particulares de lectura a los críos. ¿Qué más esperan de él esas tres zorras?

– Qué más, efectivamente -dijo Barbara.

– ¿Quién sería este tío? -preguntó Winston.

Abbott Langer, aclaró Yolanda. Era instructor en el Queen's Ice & Bowl, que estaba justo un poco más arriba de la calle del mercado donde ahora se encontraban.

Resultó que Jemima Hastings había estado tomando clases de patinaje sobre hielo con Abbott. Yolanda les había encontrado a ambos tomando una taza de café después de la clase en el café ruso que había en el mismo mercado. Abbott fue quien las presentó. Yolanda se quedó admirada del aura de Jemima…

– Apuesto a que sí -masculló Barbara.

Le había hecho a Jemima unas cuantas preguntas que estimularon la conversación que, a su vez, impulsó a Yolanda a entregarle su tarjeta profesional. Y eso fue todo.

– Ella vino a verme tres o cuatro veces -dijo Yolanda.

– ¿Por qué motivo?

La médium consiguió dar una calada al cigarrillo y parecer horrorizada al mismo tiempo.

– No hablo acerca de mis clientes -dijo-. Lo que ocurre aquí dentro es confidencial.

– Necesitamos una idea general…

– Oh, no necesitan solamente eso. -Dejó escapar una fina columna de humo-. Generalmente, ella es como todos los demás. Quiere hablar acerca de un tío. Bueno, como todas. Es siempre acerca de un tío, ¿eh? ¿Lo hará él? ¿No lo hará él? ¿Lo harán ellos? ¿No lo harán ellos? ¿Debería? ¿No debería? Mi preocupación, sin embargo, es esa casa donde vive, pero ¿ha querido alguna vez oír hablar de eso? ¿Ha querido alguna vez oír hablar acerca de dónde debería estar viviendo?

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[14] Haggis es un plato consistente en estómago de cordero relleno.

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