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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– Está abierto -dijo la mujer, y, acto seguido, encendió un cigarrillo porque necesitaba llenarse de nicotina, puesto que Nkata no permitiría que le arruinase el interior de su Vauxhall perfectamente conservado con humo de cigarrillo, por no hablar -¡qué espanto!- de una microscópica pizca de ceniza.

– Barbara Havers, sabes que tienes que dejar de fumar -anunció Hadiyyah.

Ella se giró del sofá cama donde había colocado su bolso de viaje. Vio no sólo a su pequeña vecina, sino también al padre de Hadiyyah, ambos de pie en la puerta de su minúscula vivienda: Hadiyyah con sus brazos morenos cruzados y un pie adelantado, como si estuviese a punto de empezar a dar golpecitos en el suelo como una maestra enfadada ante una alumna insolente. Azhar estaba detrás de su hija y llevaba en las manos tres cajas de plástico con comida. Las utilizó para gesticular con ellas mientras sonreía.

– Es comida de anoche, Barbara -dijo-. Hadiyyah y yo decidimos que el pollo jalfrezi que hice era uno de mis mejores intentos, y como ella se encargó de hacer los chapatis… ¿Qué tal para tu cena de hoy?

– Magnífico -dijo Barbara-. Definitivamente mejor que los trozos de boloñesa con queso cheddar sobre una tostada, que era lo que tenía planeado para cenar.

– Barbara…

La voz de Hadiyyah era piadosa, incluso al protestar por sus hábitos alimentarios.

– Aunque…

Barbara iba a explicarles que dejaría la comida en la nevera, ya que tenía que marcharse fuera durante unos días. Pero antes de que pudiese continuar con su explicación, Hadiyyah lanzó una exclamación de horror, corrió a través de la habitación y recogió de detrás del televisor algo que Barbara había lanzado allí como al descuido.

– ¿Qué has hecho con tu bonita falda acampanada? -preguntó la niña, agitándola-. Barbara, ¿por qué no la estás usando? ¿No se suponía que debías ponértela? ¿Por qué está detrás del televisor? ¡Oh, mira! Ahora está toda llena de pelusillas de lana.

Barbara dio un respingo. Intentó ganar tiempo cogiendo los recipientes de plástico de manos de Azhar para meterlos en la nevera sin permitir que padre e hija pudiesen ver el estado de su interior, que se parecía a un experimento destinado a crear una nueva forma de vida. Dio una calada al cigarrillo y lo mantuvo sujeto entre los labios mientras conseguía que esta maniobra provocara la caída de la ceniza sobre su camiseta, que le preguntaba al mundo: «¿A cuántos sapos debe besar una chica». La quitó con el dorso de la mano, creando una mancha gris, maldijo en voz baja, y se enfrentó al hecho de que tendría que responder al menos a una de las preguntas de Hadiyyah.

– Tengo que hacerle un arreglo -le dijo a la niña-. Es un poco larga, que fue lo que decidimos cuando me la probé en la tienda, ¿recuerdas? Tú dijiste que debíamos acortarla a mitad de la rodilla, y no es eso, definitivamente no es eso. Que quede colgando alrededor de mis piernas de un modo nada atractivo sí lo es.

– Pero ¿por qué está detrás del televisor? -preguntó Hadiyyah con cierta lógica-. ¿Porque tenías que hacerle un arreglo…?

– Oh. Eso. -Barbara realizó uno o dos ejercicios mentales y dijo-. Olvidaría hacerlo si guardaba la falda en el armario. Pero allí, detrás del televisor… Enciendo la tele y ¿qué es lo que veo? Esa falda, que me recuerda que necesita que la acorten.

Hadiyyah no parecía muy convencida.

– ¿Y qué me dices del maquillaje? Hoy tampoco llevas maquillaje, ¿verdad, Barbara? No puedo ayudarte con eso, ¿sabes? Yo solía observar a mamá todo el tiempo. Ella lleva maquillaje. Mamá lleva toda clase de maquillaje, ¿verdad, papá? Barbara, ¿tú sabías que mi mamá…?

– Ya está bien, khushi -le dijo Azhar a su hija.

– Pero yo sólo iba a decir…

– Barbara está ocupada, como puedes ver. Y tú y yo tenemos que asistir a una clase de urdu, ¿recuerdas? -Luego le dijo a Barbara-: Como hoy tengo sólo una clase en la universidad pensábamos invitarte a que nos acompañaras después de que Hadiyyah acabase su clase. Un viaje por el canal hasta Regent's Park para tomar un helado. Pero parece que… -Señaló el bolso de viaje de Barbara que aún estaba abierto encima del sofá cama.

– Hampshire -dijo ella, y al ver a Winston Nkata, que se acercaba a la puerta de su minúscula casa, que permanecía abierta, añadió-: y aquí está mi cita.

Nkata tuvo que agacharse para entrar y, una vez que estuvo dentro, pareció llenar todo el espacio. Al igual que ella, el sargento se había puesto algo más cómodo que su atuendo habitual. A diferencia de ella, Nkata se las arreglaba para parecer un profesional. Pero, por otra parte, su mentor en temas de vestuario había sido Thomas Lynley, y Barbara nunca podía imaginarse a Lynley con un atuendo mal conjuntado. Nkata llevaba pantalones deportivos y una camisa verde pálido. Los pantalones mostraban unas rayas planchadas que hubiesen hecho llorar de alegría a un militar. De alguna manera, había conseguido atravesar Londres en su coche sin que se formara una sola arruga en la camisa. ¿Cómo era posible algo así?

Al ver a Nkata, Hadiyyah abrió los ojos como platos y su expresión se volvió solemne. El sargento asintió levemente a modo de saludo, mirando a Azhar, y luego le dijo a su hija:

– Supongo que tú debes ser Hadiyyah.

– ¿Qué le pasó en la cara? -preguntó la niña-. Tiene una cicatriz.

– ¡Khushi! -gritó Azhar, espantado. Su rostro delataba una rápida evaluación del visitante de Barbara-. Las niñas bien educadas no…

– Una pelea con cuchillos -le explicó Nkata amablemente. Y luego le dijo a Azhar-: No pasa nada, amigo. Me lo preguntan constantemente. Es difícil no notarlo, ¿verdad, pequeña? -Se agachó para mirarla más de cerca-. Verás, uno de nosotros tenía un cuchillo y el otro llevaba una navaja. Ahora bien, la cuestión es ésta: la navaja es rápida y hace mucho daño. Pero ¿el cuchillo? Al final siempre es el que se lleva el gato al agua.

– Es sin duda un conocimiento muy importante -dijo Barbara-. Muy útil en una guerra entre bandas, Hadiyyah.

– ¿Está en una banda? -preguntó Hadiyyah mientras Nkata recuperaba su estatura completa. La niña alzó los ojos hacia él con una expresión de temor.

– Estuve -dijo él-. De allí viene esto. -Luego miró a Barbara y le preguntó-: ¿Estás lista? ¿Quieres que espere en el coche?

Barbara se preguntó por qué diablos le hacía esa pregunta y qué pensaba Nkata que conseguiría con su inmediata ausencia: ¿una despedida cariñosa entre ella y su vecino? Consideró las razones que podían haber llevado a Winston a pensar semejante cosa y luego se percató de la expresión de Azhar, que delataba un nivel de malestar que no recordaba haber visto jamás en él.

Consultó varias posibilidades sugeridas por tres recipientes de plástico con restos de comida, la lección de urdu de Hadiyyah, un viaje por el canal y la aparición de Winston Nkata en su pequeña casa, y llegó a una conclusión demasiado estúpida como para tenerla en cuenta a la luz del día. Rechazó la idea rápidamente, luego se dio cuenta de que se había referido a Winston como su cita, y eso, combinado con el hecho de que estuviese preparando un bolso de viaje, debió hacer que Azhar -tan correcto como un caballero del periodo de la Regencia – pensara que se marchaba unos días al campo en compañía de su amante alto, guapo, atlético y probablemente exquisito en todo lo necesario en la cama. La sola idea hizo que sintiera ganas de echarse a reír a carcajadas. Ella, Winston Nkata, cenas a la luz de las velas, vino, rosas, romance y un par de noches de revolcones en un hotel saturado de glicinas… Lanzó una breve risa y la disimuló tosiendo.

Presentó rápidamente a los dos hombres: «Tenemos un caso en Hampshire», dijo una vez que hubo dicho el nombre completo de Winston. Se volvió hacia el sofá cama antes de que Azhar respondiese, escuchando que Hadiyyah decía:

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