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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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Y lo estaba. Eso resultaba evidente, mucho más allá del «querido» y el «amor». Bella miraba a Frazer con una expresión cariñosa que Barbara podría haber considerado maternal, si no fuera una policía que había visto casi todas las variedades de los enredos humanos en los años que llevaba en el cuerpo.

– La señora McH me ha contado lo de Jemima -dijo Frazer-, que ella es la mujer que apareció muerta en el cementerio. Querrán saber lo que yo sé y se lo explicaré con mucho gusto. Espero que Paolo piense del mismo modo, como todos los que la conocieron. Es una chica encantadora.

– Era -dijo Barbara-. Está muerta.

– Lo siento. Era. -Su expresión era algo entre imperturbable y solemne. Barbara se preguntó si ese tío sentía realmente algo ante el hecho de que su compañera de la pensión hubiese sido asesinada. Por alguna razón, lo dudada.

– Tenemos entendido que usted no le resultaba indiferente -dijo Barbara. Winston cumplía con su papel con la libreta de notas y el lápiz, pero no perdía de vista ningún movimiento de Frazer-. Los globos del Día de San Valentín y todos los etcéteras.

– ¿Y cuáles serían esos etcéteras? Porque, tal como yo lo veo, estoy seguro de que no es ningún crimen regalar media docena de inocentes globos.

Bella McHaggis entornó los ojos ante la mención de los globos. Su mirada fue desde la Policía hasta su inquilino. Frazer dijo:

– No hay nada de qué preocuparse, señora McH. Dije que no cometería dos veces el mismo error, y le doy mi palabra de que no lo hice.

– ¿Cuál sería ese error? -preguntó Barbara.

Frazer se acomodó en su asiento. Barbara advirtió que adoptaba una postura de piernas abiertas. Uno de esos tipos a los que les gusta exhibir las joyas de la familia.

– En una ocasión tuve una pequeña aventura amorosa con una chica que vivía aquí -dijo-. Estuvo mal, lo sé, y cumplí mi penitencia. La señora McH no me echó a patadas como, por otra parte, podría haber hecho, y se lo agradezco mucho. De modo que no pensaba volver a comportarme como el hijo descarriado.

Considerando lo que Abbott les había contado de Frazer -si les había dicho la verdad-, Barbara tenía sus dudas en cuanto a la sinceridad de sus palabras en este asunto.

– Tengo entendido que tiene dos trabajos, señor Chaplin -dijo-. ¿Podría decirme dónde está empleado, además de trabajar en la pista de hielo?

– ¿Por qué? -Bella McHaggis fue quien hizo la pregunta-. ¿Qué tiene eso que ver con…?

– Es sólo una cuestión de procedimiento -le dijo Barbara.

– ¿Qué clase de procedimiento? -insistió Bella.

– No pasa nada, señora McH -dijo Frazer-. Sólo hacen su trabajo.

Frazer les dijo que trabajaba tardes y noches en el hotel Dukes, en Saint James. Era el barman; lo había sido durante los últimos tres años.

– Qué trabajador -observó Barbara-. Dos empleos.

– Estoy ahorrando -dijo-. No creo que eso sea un crimen.

– ¿Ahorrando para qué?

– ¿Por qué eso es tan importante? -preguntó Bella-. Verá…

– Todo es importante hasta que deja de serlo -dijo Barbara-. ¿Señor Chaplin?

– Emigrar -dijo.

– ¿A…?

– Auckland.

– ¿Por qué?

– Pienso abrir un pequeño hotel. Un encantador hotel-boutique, para ser más preciso.

– ¿Alguien le está ayudando a ahorrar?

Frazer frunció el ceño.

– ¿A qué se refiere?

– ¿Alguna joven, quizás, que contribuye a ese fondo para el hotel, haciendo planes, pensando que será incluida en el proyecto?

– Supongo que está hablando de Jemima.

– ¿Por qué esa conclusión tan precipitada?

– Porque si fuese de otro modo no mostraría el menor interés. -Sonrió. Luego añadió-: A menos que usted quisiera contribuir.

– No, gracias.

– Pobre de mí. Se une usted a todas las otras mujeres que permiten que junte mis ahorros sin ayuda de nadie. Y eso incluiría a Jemima. -Se palmeó los muslos en un gesto de punto final y se levantó de la silla-. Como ha dicho que esto sólo llevaría un momento, y como tengo otro trabajo que atender…

– Vete ya, cariño -dijo Bella McHaggis. Luego añadió de manera expresiva-: Si hay algún otro asunto que tratar aquí, yo me encargaré de todo.

– Gracias, señora McH -dijo Frazer, que le apretó ligeramente el hombro.

Bella pareció complacida con ese contacto. Barbara supuso que formaba parte del «efecto Frazer». Luego les dijo a ambos:

– No abandonen la ciudad. Tengo la sensación de que necesitaremos volver a hablar con ustedes.

* * *

Cuando regresaron a Victoria Street ya había comenzado la reunión informativa vespertina. Barbara se encontró buscando a Lynley cuando entró en la habitación, y luego se sintió irritada por hacerlo. Apenas se había acordado de su antiguo compañero en todo el día y quería que las cosas siguiesen así. Sin embargo, registró su presencia en un extremo de la sala.

Lynley asintió a modo de saludo, y una breve sonrisa elevó apenas las comisuras de su boca. La miró por encima de sus gafas de leer y luego volvió a concentrarse en los papeles que tenía en la mano.

Isabelle Ardery estaba de pie delante de los tableros escuchando el informe de John Stewart. A Stewart y los policías que trabajaban con él se les había encomendado la envidiable tarea de encargarse del enorme volumen de material que habían sacado de la habitación de Jemima Hastings. Por el momento, el inspector hablaba de Roma. Ardery parecía impaciente, como si esperase que apareciera algún dato sobresaliente.

No parecía que eso fuera a ocurrir inmediatamente. Stewart estaba diciendo:

– El común denominador es la invasión. Tenía planos del Museo Británico y del Museo de Londres, y las salas marcadas con un círculo corresponden a los romanos, la invasión, la ocupación, las fortalezas, todos los efectos personales que dejaron atrás. Y también compró un montón de tarjetas postales en ambos museos y un libro titulado Roman Britain.

– Pero dijiste que ella tenía también un plano de la National Gallery y de la Portrait Gallery -señaló Philip Hale. Había estado tomando notas y se refirió a ellas-. Y de la Geffrye, la Tate Modern y la Wallace Collection. Tengo la impresión de que esa mujer estaba haciendo un reconocimiento de Londres, John. Visitando lugares de interés. -Volvió a consultar sus notas-. La casa de sir John Soane, la casa de Charles Dickens, la casa de Thomas Carlyle, la Abadía de Westminster, la Torre de Londres… Tenía folletos de todos esos lugares, ¿verdad?

– Es verdad, pero si queremos encontrar una conexión…

– La conexión es que era una turista, John.

Isabelle Ardery les explicó que el SO7 les había enviado un informe, y había buenas noticias: habían sido identificadas las fibras aparecidas en su ropa. Eran una mezcla de algodón y rayón de color amarillo. No coincidían con ninguna de las prendas que llevaba la mujer, de modo que había una muy buena posibilidad de que tuvieran una conexión más con su asesino.

– ¿Amarillo? -preguntó Barbara-. Abbott Langer. El tío de la pista de patinaje sobre hielo. Lleva un chaleco amarillo. Todos los instructores lo llevan. -Les habló de las lecciones de patinaje sobre hielo que Jemima estaba tomando-. Podría ser que las fibras hubiesen quedado en su cuerpo después de una de esas lecciones.

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