Cuerpo de Muerte
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:
– Llamé a ese número, sí señor. El que aparece en el Daily Mail y en el que se pide información. Pues bien, yo tenía información, ¿verdad?, y una pensaría que vendrían y harían una o dos de sus preguntas sobre ese asunto. Y pensé que vendrían corriendo.
Bella los condujo al comedor, donde la cantidad de diferentes periódicos que había extendido encima de la mesa sugería que estaba siguiendo de cerca el progreso de la investigación. Les dijo que debían sentarse y esperar allí mientras iba a buscar lo que ellos querían. Cuando Barbara le dijo que lo que ellos querían era hablar con Frazer Chaplin si estaba en casa, Bella dijo:
– Oh, no sea tan ingenua. Es un hombre, pero no es tonto, sargento. ¿Ha hecho algo con respecto a esa médium? Llamé a la Policía para hablarles de ella. La sorprendí merodeando otra vez por mi propiedad. Allí estaba, en carne y hueso.
– Hemos hablado con Yolanda -dijo Barbara.
– Gracias a Dios. -Bella pareció aplacarse en el tema de Frazer Chaplin, pero entonces su rostro se alteró mientras realizaba el salto mental desde lo que Barbara acababa de decir hasta lo que Barbara y Winston Nkata querían: tener una conversación con Frazer-. Esa jodida vaca loca. Ella les dijo alguna cosa sobre Frazer, ¿verdad? Les dijo algo que les ha traído hasta aquí para arrestarle. Bien, no pienso aceptarlo. No con Paolo y sus cinco compromisos matrimoniales, y el haber traído a Jemima aquí como huésped, y esa discusión que tuvieron. Es sólo una amiga, me dice, y ella asiente y luego ya ven lo que pasa.
– Permita que le aclare que Yolanda no nos dijo nada acerca de Frazer Chaplin -dijo Barbara-. Hemos venido a verle por otra cosa. De modo que si fuese a buscarle… Porque si él no está aquí…
– ¿Qué otra cosa? No hay… Oh, esperen aquí y se lo demostraré.
Bella abandonó el comedor. Oyeron que subía la escalera. Cuando se hubo marchado, Winston miró a Barbara.
– Me ha parecido que debería haberle dedicado un saludo marcial o algo así.
– Es todo un personaje -reconoció Barbara. Luego añadió-: ¿Has oído que corría el agua? ¿Es posible que Frazer se estuviese duchando? Su habitación está debajo de nosotros. El apartamento del sótano. No parece que Bella quiera que le veamos, ¿verdad?
– ¿Le está protegiendo? ¿Crees que Frazer le gusta?
– Coincide con lo que Abbott dijo acerca de Frazer y las mujeres.
Bella regresó y traía consigo un sobre blanco. Con el gesto triunfal de una mujer que les ha superado en su propio terreno, les dijo que echaran un vistazo a eso. «Eso» resultó ser un fino tubo de plástico con un trozo de papel que sobresalía de uno de los extremos y con una zona acanalada en el otro. En el medio había dos pequeñas ventanas, una redonda y otra cuadrada. El centro de cada de una de ellas estaba coloreado con una delgada línea azul, una horizontal y otra vertical. Barbara nunca había visto uno antes -ella apenas había estado en situación de necesitarlo-, pero sabía qué era lo que estaba mirando y, aparentemente, Winston también.
– Una prueba de embarazo -anunció Bella-. Y no estaba entre las pertenencias de Jemima. Estaba con los objetos personales de Paolo. De Paolo. Bueno, yo diría que Paolo no se estaba haciendo una prueba de embarazo a sí mismo, ¿verdad?
– Probablemente no -convino Barbara-. Pero ¿cómo sabe que es de Jemima? Porque supongo que eso es lo que está pensando, ¿verdad?
– Es obvio. Ellos compartían el cuarto de baño, y el retrete del cuarto de baño. Ella se lo dio a Paolo, o bien, lo que es más probable, él lo vio en la basura y lo cogió, y eso explica la pelea que tuvieron. Oh, él dijo que se debió a un malentendido, que Jemima había colgado su ropa interior en el baño, y ella dijo que había sido por esa típica discusión entre hombres y mujeres sobre la tabla del retrete levantada, pero le diré que tuve un presentimiento sobre ellos desde el principio. Eran dos mosquitas muertas, amigos del trabajo en Covent Garden. Dio la casualidad de que yo disponía de una habitación desocupada y, casualmente, él conocía a alguien que estaba buscando una habitación y «podría traerla, señora McHaggis. Ella parece una chica muy agradable», dice él. Y allí estaba yo, dispuesta a creerles a los dos mientras ellos se mudaban furtivamente al piso de abajo, haciéndolo como conejos a mis espaldas. Bueno, permítame que le diga ahora mismo que, si no hubiese muerto, se habría marchado de esta casa. Fuera. Terminado. A la calle.
Justo donde Yolanda la quería, pensó Barbara. Tanto mejor, pero la médium difícilmente habría entrado subrepticiamente en la casa para plantar una prueba de embarazo en el cuarto de baño ante la mínima posibilidad de que Bella McHaggis encontrase el chisme, atara cabos y la expulsara de su casa. ¿O sí?
– Tendremos eso en cuenta -dijo Barbara.
– Por supuesto que lo tendrán jodidamente en cuenta -dijo Bella-. Es un móvil alto, claro, sin ninguna duda. De tamaño natural. Justo delante de sus narices. -Se inclinó sobre la mesa, la palma apoyada en la portada del Daily Express-. Ha estado comprometido para casarse cinco veces. Cinco veces. ¿Qué nos dice eso sobre él? Bueno, les diré lo que nos dice: desesperación. Y «desesperación» implica un hombre que no se detendrá ante nada.
– ¿Y está hablando de…?
– Paolo di Fazio. ¿De quién si no?
De cualquier otro hombre, pensó Barbara, que se dio cuenta de que Winston estaba pensando exactamente lo mismo. Sí, de acuerdo, dijo, hablarían con Paolo di Fazio.
– Espero que lo hagan. Tiene un estudio en alguna parte, un lugar donde hace sus esculturas. Si quieren saber mi opinión, creo que arrastró a esa pobre chica a ese lugar y le hizo cosas horribles, y que luego se deshizo del cadáver…
Sí, sí, lo que sea. Todo esto será comprobado, le aseguró Barbara, señalando a Winston para indicar que había estado tomando nota escrupulosamente de todo lo que ella les había dicho. Hablarían con todos los huéspedes, y eso incluía a Paolo di Fazio. Ahora bien, en cuanto a Frazer Chaplin…
– ¿Por qué quiere meter a Frazer en esto? -preguntó Bella.
«Precisamente porque usted no quiere hacerlo», pensó Barbara.
– Se trata de acabar con todas las posibilidades. Es lo que hacemos.
Era una parte inherente a su trabajo. Lo llamaban «REE»: rastrear, entrevistar, eliminar.
Mientras Barbara hablaba, la puerta que llevaba al apartamento del sótano se abrió, luego se cerró y una voz agradable dijo desde abajo:
– Ya me marcho, señora McH.
Winston se levantó. Salió al corredor que conducía hacia la parte trasera de la casa y llamó:
– ¿Señor Chaplin? Soy el sargento Nkata. Nos gustaría hablar un momento con usted, por favor.
Pasó un momento. Y después:
– ¿Puedo llamar al Dukes para avisar? Me esperan en el trabajo dentro de media hora.
– No nos llevará mucho -dijo Nkata.
Frazer siguió a Nkata al comedor, lo que permitió que Barbara echara un vistazo de cerca al hombre. «Oscuro como la noche.» Otro más, pensó. No era que quisiera dar crédito a los desvaríos de Yolanda. Pero aun así… El tío era un escollo más y no se le podía dejar sin estudiar.
Aparentaba unos treinta años. La piel aceitunada mostraba marcas de viruela, pero ese detalle no distraía, y aunque su barba incipiente y oscura habría podido cubrir las cicatrices si la dejaba crecer, Frazer había sido listo al no hacerlo. Tenía aspecto de pirata y parecía ligeramente peligroso, un rasgo que, Barbara lo sabía, algunas mujeres encuentran muy atractivo.
Él la miró durante un instante y luego asintió con la cabeza. Llevaba un par de zapatos en la mano y se sentó a la mesa para calzárselos. Se ató los cordones mientras rechazaba con un «no, gracias» la taza de té que le ofrecía Bella McHaggis. Fue un ofrecimiento que, de forma deliberada, no hizo extensivo a los otros dos. Su atención hacia el hombre -le llamaba «querido»- sumado a lo que Abbott les había explicado sobre el efecto que ejercía en las mujeres provocó que Barbara quisiera sospechar de él en el acto. No era exactamente una buena manera de ejercer el oficio policial, pero sentía una aversión instantánea hacia los hombres como aquel sujeto porque tenía en el rostro una de esas expresiones inconfundibles de «yo-sé-lo-que-quieres-y-lo-tengo-aquí-en-mis-pantalones». No importaba la diferencia de edad, si él se lo estaba haciendo a Bella furtivamente, no era de extrañar que ella estuviese atontada.