El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
Miranda apretó los dientes. Turner se había detenido la tarde anterior para presentarse él mismo a sus abuelos. Confiado en lograr que su abuela se enamorara de él en menos de una hora. Aquel hombre debía ser apartado de las mujeres de cualquier edad.
– Y opino que es tan atractivo -continuó su abuela-. ¿No lo crees así? Por supuesto que lo crees. Después de todo, la suya no es la clase de cara que algunos piensan que es bien parecido y otros no. La suya es de la clase que cualquiera encuentra atractiva. ¿No estas de acuerdo?
Miranda estaba de acuerdo, pero no iba a decirlo.
– Por supuesto, bien parecido es como ser atractivo, y tanta gente bien parecida tiene mentes deformadas.
Miranda nunca iba a igualar aquello
– Pero parece tener la cabeza en su sitio, y es bastante afable, también. Mirándolo bien, podías hacerlo mucho peor. -Cuando su nieta no replicó, dijo con inusitada severidad-. Y no creo que sepas hacerlo mejor.
Eso escocía, pero era verdad. Aún así, Miranda dijo
– Podría quedarme soltera.
Puesto que su abuela no contemplaba aquello como una opción viable, no lo dignificó con una respuesta.
– No estoy hablando de su título – dijo severamente-. O su fortuna. Sería un buen partido si no tuviera un penique.
Miranda encontró una forma de responder que implicaba un sonido evasivo, una leve sacudida de cabeza, girarla un poquito y encoger los hombros brevemente. Y aquello, esperaba, sería todo.
Pero no lo fue. El final no estaba ni mucho menos a la vista. Turner emprendió el siguiente asalto para intentar apelar a su naturaleza romántica. Grandes ramos de flores llegaron cada dos horas o así, cada uno con una nota diciendo “Cásate conmigo, Miranda”
Miranda hizo lo que pudo para ignorarlos, lo cual no fue fácil, porque pronto llenaron cada esquina de la casa. Él hizo grandes avances con su abuela, sin embargo, quien estaba empeñada en su propósito de ver a su Miranda casada con el encantador y generoso vizconde.
Su abuelo lo intentó después, su estrategia fue considerablemente más agresiva.
– ¡Por el amor de Dios, muchacha! -Rugió- ¿Has perdido la cabeza?
Ya que Miranda no estaba exactamente segura de conocer la respuesta a esa pregunta, no replicó.
Turner volvió de nuevo, esta vez cometiendo un error táctico. Envió una nota diciendo “Te perdono por golpearme”. Al principio Miranda estaba enfurecida. Era aquel condescendiente tono el que la había provocado a darle un puñetazo en primer lugar. Después lo reconoció por lo que era… una tierna advertencia. Él no iba a resistir su testarudez mucho más tiempo.
En el segundo día del asedio, ella decidió que necesitaba algo de aire fresco… en realidad, el aroma de todas aquellas flores era verdaderamente empalagoso… así que Miranda cogió su papalina y se dirigió hacia el cercano Jardín de Queen Street.
Turner comenzó a seguirla inmediatamente. No había estado bromeando cuando le había dicho que estaba vigilando su casa. No se había tomado la molestia de mencionar, sin embargo, que no estaba contratando profesionales para hacer guardia. Su pobre y atormentado ayuda de cámara tenía aquel honor, y tras ocho horas consecutivas de mirar fijamente por la ventana, estuvo muy aliviado cuando la dama en cuestión finalmente salió, y él pudo abandonar su puesto.
Turner sonrió mientras Miranda recorría el camino al parque con rápidos y eficientes pasos, después frunció el ceño cuando se dio cuenta de que no llevaba una doncella con ella. Edimburgo no era tan peligroso como Londres, pero sin duda una gentil dama no se aventuraba fuera sola. Este tipo de comportamiento debería cesar una vez estuvieran casados.
Y ellos se casarían. Fin de la discusión.
Él iba, no obstante, a tener que abordar este asunto con una cierta medida de sutileza. En retrospectiva, la nota expresando su perdón probablemente era un error. Demonios, había sabido que la molestaría incluso mientras la escribía, pero no parecía ayudarle. No cuando, cada vez que se miraba en el espejo, era saludado por su ojo ennegrecido.
Miranda entró en el parque y anduvo a zancadas durante varios minutos hasta que encontró un banco desocupado. Sacudió el polvo, se sentó, y sacó un libro del bolso que había llevado con ella.
Turner sonrió desde su ventajosa posición cincuenta metros más lejos. Le gustaba mirarla. Le sorprendió lo contento que se sentía sólo permaneciendo allí bajo un árbol, viéndola leer un libro. Sus dedos se arqueaban delicadamente mientras ella pasaba cada página. Tuvo una repentina visión de ella sentada tras el escritorio de la sala adjunta a su dormitorio en su casa de Northumberland. Estaba escribiendo una carta, probablemente a Olivia, y sonriendo mientras relataba los acontecimientos del día.
De pronto Turner se dio cuenta de que este matrimonio no solo era lo correcto, era además una buena cosa, y él iba a ser totalmente feliz con ella.
Silbando bajito, se paseó despacio hacia donde ella estaba sentada y se dejó caer ruidosamente cerca de ella.
– Hola, gatita.
Ella levantó la vista y suspiró, poniendo los ojos en blanco al mismo tiempo.
– Oh, eres tú.
– Decididamente espero que nadie más emplee palabras cariñosas contigo.
Ella hizo una mueca mientras contemplaba su cara.
– Siento lo de tu ojo.
– Oh, ya te he perdonado por eso, si recuerdas.
Ella se puso tiesa.
– Lo recuerdo.
– Sí -murmuró él-. Me inclinaba a creer que lo harías.
Ella esperó durante un momento, más probablemente por olvidarlo. Después volvió intencionadamente a su libro y anunció.
– Estoy intentando leer.
– Ya lo veo. Muy bueno para ti, lo sabes. Me gusta una mujer que educa su mente. -Recogió el volumen de sus dedos y lo giró para leer el titulo-. Orgullo y prejuicio. ¿Lo estas disfrutando?
– Lo estaba.
Él ignoró su dardo mientras echaba un vistazo a la primera página, manteniendo la hoja con el dedo índice.
– Es una verdad universalmente conocida -leyó en voz alta- que un simple hombre en posesión de una buena fortuna debe buscar esposa.
Miranda intentó recuperar su libro, pero él lo movió fuera de su alcance.
– Hmm -reflexionó-. Un pensamiento interesante. Sin duda alguna yo estoy buscando una esposa.
– Vete a Londres -replicó ella-. Encontrarás un montón de mujeres allí.
– Y estoy en posesión de una buena fortuna. -Se inclinó hacía delante y le sonrió abiertamente-. Sólo en caso de que no te hayas dado cuenta.
– No puedo decirte cómo me tranquiliza estar en el conocimiento de que tú nunca pasarás hambre
Él se rió entre dientes.
– Oh, Miranda, ¿por qué no renuncias sencillamente? No puedes ganar esta vez.
– No creo que haya muchos sacerdotes que casen a una pareja sin el consentimiento de la mujer.
– Tú consentirás -dijo él en un tono agradable.
– ¿Oh?
– Tú me amas, ¿recuerdas?
La boca de Miranda se tensó.
– Eso fue mucho tiempo atrás.
– ¿Qué, dos, tres meses? No hace tanto. Volverá a ti.
– No de la forma en que estás actuando.
– Qué lengua más afilada -dijo él con una pícara sonrisa. Y después se inclinó hacia delante-. Para que lo sepas, es una de las cosas que más me gustan de ti.
Ella tuvo que flexionar los dedos para guardarse de enrollárselos alrededor del cuello.
– Creo que me he hartado del aire fresco -anunció ella, sujetando el libro con fuerza contra el pecho mientras se levantaba-. Me voy a casa.
Él se levantó inmediatamente.
– Entonces te acompañaré, Lady Turner.