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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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Solo Margery notó el suspiro de alivio de Fred.

—¡Muy bien! —exclamó Margery—. Está decidido. Alice se queda. ¿Por qué no quito todo esto? Después, nos serviremos las galletas de canela de Sven. Si no podemos comérnoslas, las podremos utilizar para practicar el tiro al blanco.

27 de diciembre de 1937

Querido señor Van Cleve:

Me ha dejado usted claro en más de una ocasión que piensa que soy una puta. Pero, al contrario que a las putas, a mí no se me puede comprar.

Por lo tanto, le devuelvo su dinero bajo la custodia de Annie.

Por favor, ¿podría ordenar que se me envíen mis cosas a la casa de Margery O’Hare por ahora?

Atentamente,

Alice

Van Cleve tiró la carta sobre el escritorio. Bennett levantó los ojos desde el otro extremo del despacho y se hundió un poco en su asiento, como si ya adivinara su contenido.

—Se acabó —dijo Van Cleve antes de arrugar la carta y formar una bola con ella—. Esa O’Hare se ha pasado de la raya.

Diez días después llegaron los pasquines. Izzy vio el primero volando por la calle junto a la escuela. Desmontó de su caballo, lo cogió y le quitó la nieve para poder leerlo mejor.

Personas de bien de Baileyville: cuídense del peligro moral

que supone la Biblioteca Itinerante.

Se aconseja a todos los vecinos honrados que renuncien a su uso.

LA RECTITUD MORAL DE NUESTRO PUEBLO ESTÁ EN JUEGO.

—Rectitud moral. Dicho por un hombre que abofeteó la cara de una muchacha en la misma mesa de su comedor —dijo Margery negando con la cabeza.

—¿Qué vamos a hacer?

—Ir a la reunión, supongo. Al fin y al cabo, somos vecinas honradas. —Margery parecía optimista, pero Alice vio el modo en que cerraba la mano alrededor del pasquín y se le tensaba un tendón en el cuello—. No voy a permitir que ese viejo…

La puerta se abrió. Era Bryn, con las mejillas rosadas y la respiración pesada por haber corrido.

—Señorita O’Hare, señorita O’Hare. Beth se ha caído con el hielo y se ha hecho una buena fractura en el brazo.

Salieron corriendo de la biblioteca y le siguieron por el camino cubierto de nieve hasta que se encontraron con la corpulenta figura de Dan Meakins, el herrero del pueblo, que cargaba sujeta contra su pecho con una Beth de cara pálida. La muchacha se agarraba el brazo y tenía unas llamativas manchas oscuras debajo de los ojos, como si no hubiese dormido en una semana.

—El caballo se ha caído sobre un tramo de hielo justo al lado de la cantera de grava —dijo Dan Meakins—. Le he mirado y creo que está bien. Pero parece que ella ha recibido todo el impacto en el brazo.

Margery se acercó para examinar el brazo de Beth y el corazón le dio un vuelco. Ya estaba hinchado y cárdeno ocho centímetros por encima de la muñeca.

—Estáis exagerando —dijo Beth con los dientes apretados.

—Alice, ve a por Fred. Tenemos que llevarla al médico de Chalk Ridge.

Una hora después, los tres estaban en la sala de curas de la consulta del doctor Garnett mientras él colocaba con cuidado el brazo herido entre dos tablillas, tarareando algo en voz baja mientras lo vendaba. Beth mantenía los ojos cerrados y la mandíbula apretada, decidida a no dejar que se le notara el dolor, algo propio de quien se ha criado como la única chica en una familia de hermanos varones.

—Pero puedo seguir montando, ¿no? —preguntó Beth cuando el médico hubo acabado. Levantó el brazo por delante de ella mientras él le colocaba el cabestrillo alrededor del cuello y lo ataba con cuidado.

—Desde luego que no. Jovencita, vas a tener que pasar al menos seis semanas en reposo. Nada de montar ni de levantar cosas y trata de que el brazo no se golpee con nada.

—Pero tengo que montar a caballo. ¿Cómo si no voy a llevar los libros?

—No sé si habrá oído hablar de nuestra pequeña biblioteca, doctor… —empezó a decir Margery.

—Todos hemos oído hablar de su biblioteca. —Se permitió mirarla con una sonrisa irónica—. Señorita Pinker, por ahora la fractura parece limpia y confío en que curará bien. Pero insisto en lo importante que es protegerla de mayores daños. Si se infecta, tendríamos que enfrentarnos a una amputación.

—¿Amputación?

Alice sintió que algo le invadía, no estaba segura de si era repugnancia o miedo. De repente, Beth miraba con los ojos abiertos de par en par y había desaparecido su anterior serenidad.

—Nos las arreglaremos, Beth. —La voz de Margery sonaba más convencida de lo que se sentía por dentro—. Tú limítate a hacer caso al doctor.

Fred condujo todo lo rápido que pudo, pero, cuando llegaron a la reunión, ya llevaban más de media hora. Alice y Margery se dirigieron discretamente a la parte de atrás de la sala de reuniones, con Alice bajándose el sombrero por encima de la frente y dejando caer el pelo suelto sobre la cara para tratar de ocultar lo peor de sus magulladuras. Fred iba justo detrás de ella, como había hecho durante todo el día, como una especie de guardián. La puerta se cerró con suavidad tras ellos. Van Cleve estaba tan embalado en su discurso que nadie se detuvo a mirar siquiera cuando entraron.

—No me malinterpreten. Yo estoy completamente a favor de los libros y de la educación. Mi propio hijo, Bennett, fue el primero de su promoción en la escuela, como algunos de ustedes recordarán. Pero hay libros buenos y hay libros que hacen germinar ideas erradas, libros que difunden falsedades y pensamientos impuros. Libros que, si no se supervisan, pueden provocar divisiones en la sociedad. Y me temo que quizá hayamos sido laxos al dejar que esos libros circulen libremente por nuestra comunidad sin prestar la suficiente vigilancia para proteger a nuestras jóvenes y más vulnerables mentes.

Margery pasó la mirada por los asistentes para ver quién estaba y quién asentía. Costaba verlo bien desde atrás.

Van Cleve caminaba por delante de la primera fila de sillas negando con la cabeza, como si la información que tenía que dar le provocara verdadera tristeza.

—A veces, vecinos, mis buenos vecinos, me pregunto si el único libro que de verdad deberíamos leer es el de las Sagradas Escrituras. ¿No contiene todas las verdades y el aprendizaje que necesitamos?

—¿Y qué nos propone, Geoff?

—Bueno, ¿es que no es evidente? Tenemos que clausurar ese sitio.

Las caras entre la multitud se miraron entre sí, algunas con sorpresa y preocupación, otras asintiendo y mostrando su aprobación.

—Admito que se ha hecho un buen trabajo al repartir recetas y enseñar a los niños a leer y esas cosas. Y le doy las gracias por ello, señora Brady. Pero ya es suficiente. Debemos recuperar el control de nuestro pueblo. Y hay que empezar por el cierre de esa mal llamada biblioteca. Haré llegar esta propuesta al gobernador en cuanto tenga oportunidad y espero que todos los vecinos honrados que hay entre ustedes me apoyen.

Los asistentes se marcharon media hora después, en medio de un inusitado silencio difícil de interpretar, susurrándose unos a otros, algunos de ellos lanzando miradas de curiosidad a las mujeres que permanecían juntas en la parte de atrás. Van Cleve salió concentrado en su conversación con el pastor McIntosh y, o bien no las vio, o simplemente había decidido no hacer caso de su presencia.

Pero la señora Brady sí que las vio. Todavía con el pesado sombrero de piel que llevaba en la calle, miró hacia la parte posterior de la muchedumbre hasta ver a Margery y le hizo una señal para que se acercara al pequeño escenario.

—¿Es verdad lo del libro de Amor conyugal?

Margery no apartó la mirada.

—Sí.

La señora Brady dejó escapar una leve exclamación en voz baja.

—¿Se da cuenta de lo que ha hecho, Margery O’Hare?

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