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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– Creo que no -dijo él-. Me pasé de la raya después de la muerte de Helen.

– Ah. Sí. Me lo puedo imaginar.

Lynley pidió agua mineral, y esta vez fue ella quien enarcó una ceja.

– ¿Ni siquiera una gaseosa? ¿Siempre es tan fiel a sus principios, Thomas?

– Sólo cuando quiero impresionar.

– ¿Y quiere hacerlo?

– ¿Si quiero impresionarla? ¿No lo queremos todos? Si va a ser la jefa, entonces al resto de nosotros nos conviene comenzar a maniobrar para ocupar posiciones ventajosas, ¿no cree?

– Tengo serias dudas de que usted haya dedicado mucho tiempo a maniobrar para conseguir cualquier posición.

– ¿A diferencia de usted? Está ascendiendo deprisa.

– Eso es lo que hago. -Echó un vistazo alrededor del patio donde estaban sentados. No estaba tan concurrido como la zona encima de ellos, ya que aquí sólo estaba el bar de vinos del restaurante, situado al pie de una amplia escalera. Pero había bastante gente. Todas las mesas estaban ocupadas. Habían tenido suerte al encontrar un lugar donde sentarse-. Dios, qué masa ingente -dijo-. ¿Por qué cree que la gente acude a lugares como éste?

– Asociaciones -dijo Lynley. Isabelle se volvió hacia él. Lynley hizo girar entre los dedos un bol de cerámica que contenía terrones de azúcar mientras hablaba-. Historia, arte, literatura. La oportunidad de imaginar. Quizá volver a visitar un lugar de la infancia. Toda clase de razones.

– Pero ¿no para comprar camisetas con la leyenda Mind the gap?

– Un desafortunado subproducto del capitalismo rampante.

Ella sonrió ante el comentario.

– Puede ser moderadamente divertido.

– Eso me han dicho, en general con el énfasis en «moderadamente».

Llegaron sus bebidas. Él se percató de que Isabelle la bebía con cierta prisa. Ella, aparentemente, advirtió este detalle.

– Estoy tratando de ahogar el recuerdo de Jayson. Esos lóbulos horribles.

– Una opción estética interesante -reconoció él-. Uno se pregunta cuál será la siguiente tendencia, ahora que la mutilación corporal está de moda.

– Marcarse con un hierro al rojo, supongo. ¿Qué impresión le causó?

– ¿Aparte de los lóbulos de sus orejas? Me parece que su coartada resultará muy sencilla de confirmar. Las copias de los recibos de caja tendrán la hora impresa en ellos…

– Alguien podría haber ocupado su puesto en la tienda, Thomas.

– … y es probable que haya uno o dos clientes habituales, por no mencionar a algún otro dueño o empleado de tienda de los alrededores que podrán confirmar que Jayson estuvo aquí. No le veo capaz de rajarle la yugular a alguien, ¿usted sí?

– Debo reconocer que no. ¿Paolo di Fazio?

– O quienquiera que pudiese estar al otro lado de esas tarjetas postales. Había un número de teléfono móvil en ellas.

Isabelle buscó su bolso y sacó las tarjetas postales, Jayson se las había entregado con un «encantado de librarme de ellas, querida», cuando se las pidió.

– Hacen que las cosas se pongan interesantes -le dijo a Lynley-, lo que nos lleva a Barbara Havers.

– Hablando de cosas interesantes -observó irónicamente.

– ¿Ha sido feliz trabajando con ella?

– Sí, lo he sido, mucho.

– A pesar de su… -Ardery pareció buscar la palabra adecuada.

Él le proporcionó varias opciones.

– ¿Rebeldía? ¿Obstinado rechazo a tener en cuenta las reglas? ¿Falta de tacto? ¿Hábitos personales desconcertantes?

Ardery se llevó el vino a los labios y estudió a Lynley por encima del borde de la copa mientras bebía.

– Formaban una pareja extraña. Nadie lo hubiese esperado. Creo que sabe a qué me refiero. Sé que ella ha tenido problemas profesionales, he leído su expediente personal.

– ¿Solo el de ella?

– Por supuesto que no. He leído los expedientes de todos. También el suyo. Quiero conseguir este trabajo, Thomas. Quiero tener un equipo que funcione como una máquina bien engrasada. Si la sargento Havers resulta ser un tornillo suelto en el mecanismo, tendré que deshacerme de ella.

– ¿Es esa la razón de que le esté aconsejando un cambio?

Ella frunció el ceño.

– ¿Un cambio?

– La vestimenta de Barbara. El maquillaje. Supongo que lo siguiente será verla con la dentadura arreglada y luciendo un peinado de peluquería.

– A una mujer no le hace daño estar guapa. También aconsejaría a un hombre de mi equipo que hiciera algo con respecto a su apariencia si viniese a trabajar con la pinta de Barbara Havers. De hecho, la sargento Havers es el único miembro del equipo que viene a trabajar como si la noche anterior hubiese dormido al raso. ¿Es que nadie ha hablado antes con ella? ¿El comisario inspector Webberly? ¿Usted?

– Ella es así -dijo Lynley-. Buen cerebro y gran corazón.

– A usted le gusta.

– No puedo trabajar con gente que no me gusta, jefa.

– En las conversaciones personales soy Isabelle -dijo ella.

Sus miradas se encontraron. Él vio que sus ojos eran marrones, igual que los suyos, aunque el color no era uniforme. Estaban ricamente moteados de avellana y se le ocurrió pensar que si llevase colores diferentes a los que usaba hoy -una blusa crema debajo de una chaqueta rojiza hecha a medida- incluso habrían parecido verdes. Apartó la mirada y observó los alrededores.

– Este lugar no es muy personal, ¿no cree? -dijo.

– Creo que sabe lo que quiero decir. -Miró su reloj. Aún le quedaba media copa de vino y, antes de levantarse, acabó de beberlo-. Busquemos a Paolo di Fazio -dijo-. Ya debe de haber regresado a su puesto.

Así era. Le encontraron mientras intentaba convencer a una pareja de mediana edad de que se hicieran un par de máscaras como recuerdo del viaje que habían hecho a Londres para celebrar sus bodas de plata. Había sacado sus utensilios artísticos y los había extendido sobre el mostrador, junto con una colección de máscaras de muestra. Las máscaras estaban montadas en varillas que, a su vez, estaban fijadas sobre pequeños pedestales de madera pulida. Las máscaras, modeladas con yeso mate, eran asombrosamente fieles al natural, similares a las mascarillas mortuorias que en otras épocas se creaban a partir de los cadáveres de la gente importante.

– La forma perfecta de que recuerden esta visita a Londres -les decía di Fazio a la pareja-. Mucho más significativa que una jarra de café con el sello real, ¿verdad?

La pareja pareció dudar. Se dijeron mutuamente: «¿Debemos…?» y Di Fazio esperó su decisión. Su expresión era amable y no se alteró lo más mínimo cuando le dijeron que tendrían que pensarlo.

Cuando se hubieron marchado, Di Fazio centró su atención en Lynley y Ardery.

– Otra pareja muy apuesta -dijo-. Cada uno tiene un rostro hecho para la escultura. Vuestros hijos, imagino, deben ser tan guapos como los padres.

Lynley oyó que Ardery resoplaba, divertida. La mujer mostró su credencial y dijo:

– Superintendente Isabelle Ardery. New Scotland Yard. Él es el inspector Lynley.

A diferencia de Jayson Druther, Di Fazio supo al instante por qué estaban allí. Se quitó las gafas de montura metálica que llevaba puestas y comenzó a limpiar los cristales en la camisa.

– ¿Jemima? -dijo.

– Entonces sabe lo que le ocurrió.

Di Fazio volvió a ponerse las gafas y se pasó la mano por el pelo largo y oscuro. Era un hombre bien parecido, observó Lynley, bajo y compacto, pero con hombros y pecho que sugerían que levantaba pesas.

– Por supuesto que sé lo que le ocurrió a Jemima. Todos los sabemos -dijo con brusquedad.

– ¿Todos? Jayson Druther no tenía idea de lo que le había pasado.

– No me extraña -contestó Di Fazio-. Es un idiota.

– ¿Jemima también pensaba lo mismo de él?

– Jemima era muy buena con la gente. Nunca lo habría dicho.

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