Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Guisler clavó su mirada en ella, luego en Bennett y, después, de nuevo en ella.
—Estaré en la puerta —murmuró.
Se quedaron mirando al suelo hasta que la puerta se cerró. Ella levantó los ojos primero para mirar al hombre con el que se había casado apenas un año antes, un hombre, según veía ahora, que había representado una vía de escape más que una auténtica unión de mentes o almas. Al fin y al cabo, ¿qué sabían en realidad el uno del otro? Habían sido algo exótico el uno para el otro, una idea de un mundo distinto para dos personas que estaban atrapadas, cada uno a su manera, por las expectativas que en ellos tenían quienes les rodeaban. Y entonces, poco a poco, la diferencia de ella se había convertido en algo repugnante para él.
—Entonces, ¿te vienes a casa? —preguntó Bennett.
No fue un: «Lo siento. Podemos arreglarlo, hablarlo. Te quiero y he pasado toda la noche preocupado por ti».
—¿Alice?
Ni un: «Nos iremos a algún sitio los dos solos. Empezaremos de nuevo. Te he echado de menos, Alice».
—No, Bennett. No voy a volver.
Tardó un momento en asimilar lo que ella había dicho.
—¿Qué quieres decir?
—Que no voy a volver.
—Pero… ¿adónde vas a ir?
—Aún no estoy segura.
—Tú… no puedes irte sin más. Las cosas no son así.
—¿Quién lo dice? Bennett…, tú no me quieres. Y yo no puedo…, no puedo ser la esposa que tú necesitas que sea. Nos estamos haciendo tremendamente infelices el uno al otro y no hay nada…, nada que indique que eso vaya a cambiar. Así que no. No tiene sentido que vuelva.
—Esto es por la influencia de Margery O’Hare. Papá tenía razón. Esa mujer…
—Por el amor de Dios, yo sé lo que siento.
—Pero estamos casados.
Ella enderezó la espalda.
—No voy a regresar a esa casa. Y aunque tú y tu padre me saquéis de aquí cien veces, yo seguiré marchándome.
Bennett se frotaba la nuca. Movió la cabeza a un lado y a otro y apartó un poco la vista de ella.
—Sabes que él no lo va a aceptar.
—Él no lo va a aceptar.
Alice le miró a la cara, en la que distintas emociones parecían estar compitiendo entre sí, y se sintió por un momento abrumada por la tristeza de todo aquello, por el reconocimiento de que ese era de verdad el final. Pero había algo más ahí: algo que esperaba que él también pudiera detectar. Alivio.
—¿Alice? —dijo él.
Y ahí estaba de nuevo, la extraña esperanza, irreprimible como un brote de primavera, de que, aunque ya era tarde, él la pudiera tomar en sus brazos, jurarle que no podía vivir sin ella, que todo eso había sido un error espantoso y que estarían juntos, como él le había prometido. La creencia, bien arraigada dentro de ella, de que todas las historias de amor tenían, en el fondo, la posibilidad de un final feliz.
Ella negó con la cabeza.
Y, sin decir nada más, él se marchó.
La Navidad se abordó sin estridencias. Margery no celebraba normalmente la Navidad, pues no podía relacionarla con ningún buen recuerdo, pero Sven insistió y compró un pequeño pavo que rellenó y cocinó y también preparó galletas de canela hechas con la receta sueca de su madre. Margery tenía muchas virtudes, decía negando con la cabeza, pero como esperara a que ella cocinara se quedaría más flaco que el palo de aquella escoba.
Invitaron a Fred, cosa que, por algún motivo, hizo que Alice se mostrara cohibida y, cada vez que él la miraba desde el otro lado de la mesa, se las arreglaba para hacerlo en el segundo exacto en que ella levantaba la vista hacia él, y eso la hacía sonrojar. Llevó un pastel de frutas, preparado según la receta de su madre, y una botella de tinto francés que tenía en su bodega desde antes de que su padre muriera, y se la bebieron y hablaron de su curioso sabor, aunque Sven y Fred estuvieron de acuerdo en que no había nada mejor que una cerveza fría. No cantaron villancicos ni jugaron a nada, pero había algo reparador en la relajada compañía de cuatro personas que se tenían afecto y se sintieron agradecidos por la buena comida y por disfrutar de un día o dos sin trabajar.
A pesar de ello, Alice había estado temiendo todo el día que llamaran a la puerta, el inevitable enfrentamiento. Al fin y al cabo, el señor Van Cleve era un hombre acostumbrado a salirse con la suya y había pocas ocasiones que ofrecieran mayor garantía de calentar los ánimos que la Navidad. Y, de hecho, sí que llamaron a la puerta. Pero no fue como ella se esperaba. Alice se puso de pie de un brinco, miró por la ventana, peleándose por el espacio con un agitado Bluey que no paraba de ladrar, pero fue Annie la que apareció en el umbral, con el mismo gesto de enfado, aunque, dado que se trataba de un día de fiesta, Alice no podía culparla.
—El señor Van Cleve me ha pedido que traiga esto —dijo, sus palabras explotaron entre sus labios, como burbujas rabiosas. Le lanzó un sobre.
Alice sujetaba a Bluey, que se retorcía para soltarse, dar un salto y saludar a aquella nueva visita. No podía haber peor perro guardián, decía Margery con cariño, todo ruido y ni pizca de furia. El renacuajo de la camada. Siempre absurdamente contento de mostrar a todos lo feliz que le hacía el simple hecho de estar vivo.
Annie mantenía una mirada recelosa sobre él mientras Alice cogía el sobre.
—Y ha dicho que le desea feliz Navidad.
—Pero no podía levantarse de la mesa para venir a decirlo en persona, ¿no? —gritó Sven a través de la puerta. Annie le miró con el gesto torcido y Margery le reprendió en silencio.
—Annie, eres bienvenida si quieres quedarte a comer algo antes de irte —dijo—. Hace una tarde fría y estaríamos encantados de compartir la comida contigo.
—Gracias. Pero tengo que volver. —Parecía reacia a permanecer cerca de Alice, como si la mera proximidad supusiera un peligro de quedar contaminada por su predilección por las «pervertidas prácticas sexuales».
—Bueno, gracias de todos modos por venir hasta aquí —dijo Alice. Annie la miró con recelo, como si se estuviese riendo de ella. Se dio la vuelta y aligeró el paso al bajar la cuesta.
Alice cerró la puerta y soltó al perro, que de inmediato empezó a saltar y a ladrar por la ventana, como si se hubiera olvidado por completo de a quién acababa de ver. Alice se quedó mirando el sobre.
—¿Qué te ha dado?
Margery se sentó a la mesa. Alice notó la mirada que intercambiaban ella y Fred mientras abría la tarjeta, con una elaborada composición de purpurina y lazos.
—Estará intentando recuperarla —dijo Sven a la vez que apoyaba la espalda en la silla—. Eso sí que es romántico. Bennett está intentando impresionarla.
Pero la tarjeta no era de Bennett. Leyó lo que decía:
Alice, necesitamos que regreses a la casa. Ya ha sido suficiente y mi hijo te echa de menos. Sé que me porté mal contigo y estoy dispuesto a cambiar. Aquí tienes un detalle para que te compres algo elegante en Lexington y te lo envío con la esperanza de que sirva de aliciente para tu pronta vuelta al hogar. Esto siempre resultó ser una fructífera solución con mi querida y difunta Dolores y confío en que lo mires con los mismos buenos ojos.
Hagamos borrón y cuenta nueva.
Tu padre,
Geoffrey van Cleve
Miró la tarjeta, de la que cayó un billete nuevo de cincuenta dólares sobre el mantel. Se quedó contemplándolo.
—¿Es lo que creo que es? —preguntó Sven, inclinándose hacia delante para examinarlo.
—Quiere que vaya a comprarme un vestido bonito. Y que, después, vuelva a casa. —Dejó la tarjeta sobre la mesa.
Hubo un largo silencio.
—No vas a ir —dijo Margery.
Alice levantó la cabeza.
—No iría ni aunque me pagara mil dólares. —Tragó saliva y volvió a meter el dinero en el sobre—. Pero trataré de buscarme otro sitio donde quedarme. No quiero ser un estorbo.
—¿Estás de broma? Te quedarás todo el tiempo que quieras. No eres ningún estorbo, Alice. Además, Bluey está tan embobado contigo que me gusta no tener que competir con él para llamar la atención de Sven.