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El Jardinero Nocturno

Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:

La obra maestra de pelecanos y la que le convirtió un Best-Séller en Estados Unidos.
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
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– Dime.

– Las marcas de las balas encontradas en los cuerpos de Asa Johnson y Jamal White son idénticas.

– ¿Me estás diciendo…?

– Sí. Salieron de la misma pistola.

Cinco minutos más tarde Ramone entraba en su casa. Guardó la placa y la pistola, fue a ver a Alana y a Diego y luego entró en su dormitorio, cerrando la puerta tras él. En el baño se lavó los dientes, se enjuagó con el colutorio y se tomó un par de aspirinas. De nuevo en la habitación, trastabilló al quitarse los pantalones y oyó a Regina agitarse en la cama. Se quitó también los calzoncillos y los tiró al suelo. Apagó la lámpara y se metió desnudo en la cama, para acercarse a Regina y darle un beso tras la oreja. En la oscuridad le besó el cuello.

– ¿Dónde has estado, Gus?

– En el Leo's, un bar.

– ¿Estás borracho?

– Un poco.

Ramone deslizó la mano bajo el elástico del pijama de Regina, que no se resistió. Cuando comenzó a acariciarla, ella le guio la mano a un lugar mejor, lanzó un gemido y abrió la boca. Ramone le besó los labios. Ella terminó de quitarse el pantalón del pijama. Ramone se incorporó sobre un codo y ella tomó el pene con la mano para frotárselo contra la cara interna del muslo. Luego se estrechó contra él, apretando el glande contra su cálido y plano vientre.

– ¿Te acuerdas de mí? -preguntó Ramone.

– Algo me suena, sí.

Esa noche hicieron el amor apasionadamente.

26

Al día siguiente las oficinas de la VCB hervían de actividad. Habían aparecido dos cadáveres y se discutían los equipos de trabajo. Además era viernes, así que los detectives se preparaban para el aumento de víctimas mortales propio de los fines de semana. Encima de todo eso, era día de cobro estatal, lo cual significaba un mayor consumo de drogas y alcohol por la tarde, que solía resultar en un aumento de delitos violentos.

Ramone, Bo Green y Bill Wilkins rodeaban a Rhonda Willis, sentada a su mesa como la abeja reina.

– ¿Cómo lo sabías? -preguntó Wilkins.

– No lo sabía -contestó Rhonda-. Era dar palos de ciego, pero mira. ¡Atiné!

– No entiendo qué relación puede haber entre Asa Johnson y Jamal White -declaró Ramone-. Dominique Lyons tenía motivos para matar a White, pero ¿por qué a Asa?

Por más que lo pensaban, no daban con la respuesta. Se quedaron mirando la mesa, el techo…

– Pasaron veinticuatro horas entre los dos asesinatos -dijo por fin Green-. Podrían ser dos asesinos.

– La pistola pudo cambiar de manos. Igual se vendió -apuntó Wilkins.

– O se alquiló -añadió Green-. El que mató a Asa Johnson se la alquiló a Lyons.

Ramone miró a Rhonda.

– Bueno, en cualquier caso hay que localizar al señor Lyons -dijo ella-. Así se aclarará un poco el asunto.

– ¿Ha habido algo en la calle W? -preguntó Ramone.

– Todavía no ha aparecido por allí. Ni Darcia tampoco.

– ¿Cuál es el plan de hoy?

– Voy a Petworth, a ver a la madre de Darcia. A ver si ella puede conseguir que Darcia asome la nariz, o darme alguna pista de su paradero. Y no sé, igual presiono un poco más a Shaylene, la amiga de Darcia. Nada, voy a ir un poco de puerta en puerta, Gus.

– A la antigua usanza -comentó Wilkins.

– ¿Y vosotros?

– Bill se va a poner con el ordenador de Asa -contestó Ramone-. Yo andaré por el barrio. Todavía no he terminado por allí.

– ¿Quieres compañía? -le preguntó Green a Rhonda.

– Siempre es agradable llevar refuerzos. -Rhonda señaló el corpachón de Green-. Me da confianza.

– Estamos en contacto -se despidió Ramone.

Bill Wilkins y Ramone se separaron en el aparcamiento. Ramone tomó un Taurus azul que iba razonablemente bien. Con él se dirigió al Starbucks entre la calle Octava y Penn para tomar un café. Se sentía bastante mal y pensó que la cafeína lo espabilaría.

De camino a la parte alta de la ciudad llamó a Cynthia Best, la directora del colegio de Asa.

– Ronald y Richard Spriggs.

– Los gemelos -contestó ella-. Los conozco muy bien.

– Esperaba poderlos sacar de clase un momento, con su permiso. Me gustaría hablar con ellos, si puedo.

– Un momento. -La directora se ausentó unos minutos-. Por lo visto no han venido.

– ¿Están enfermos?

– No lo sé. Al ver que no aparecían esta mañana hemos llamado a su madre al trabajo para informarla de su ausencia. Es el procedimiento habitual. Hemos descubierto que es el mejor disuasorio para ellos.

– ¿Faltan mucho al colegio los gemelos?

– Bueno, yo no los describiría como estudiantes modelo, detective.

– Sé por dónde viven, pero no el número de su casa. ¿Me lo podría dar?

– Ahora mismo le paso con alguien que pueda.

Los gemelos Spriggs vivían en la calle Novena, entre Peabody y Missouri, en un conjunto de viviendas de ladrillo rodeado por una verja de hierro negro. Al otro lado de la calle había otro jardín comunitario, y desde allí se veía el antiguo instituto Paul Junior, ahora una escuela pública que había mantenido el nombre. Los rasgos distintivos del barrio eran la torre de radio, parecida a la torre Eiffel, que se alzaba detrás de la comisaría del Distrito Cuatro, y otra torre más pequeña en el mismo lado de la calle Novena que el apartamento que Ramone buscaba.

Cuando llamó a la puerta le abrió Ronald Spriggs. Llevaba una camiseta con un personaje pintado con brillo, un tipo con una gorra de béisbol puesta de lado, armado con lo que parecía una pistola de rayos. Había cortado las mangas en flecos sobre los hombros. Los flecos estaban trenzados y terminaban en pequeñas bolas, el tipo de ornamento que uno podría encontrar en una lámpara. Ronald tenía talento como artista y buen ojo para el diseño, y Diego le debía varias de sus camisetas personalizadas. Había sido Ronald quien dibujó el logo de «Dago» en las gorras de Diego.

– ¿Qué he hecho, señor Gus? ¿Cruzar un semáforo en rojo o algo?

– Nada tan grave. Sólo quería hablar contigo y con tu hermano, sobre Asa.

– Pase.

Las cortinas del salón estaban cerradas y no se movía una brizna de aire. Richard estaba sentado en un gastado sofá, en la penumbra, jugando al Madden 2006 en la Xbox. Ramone reconoció el juego, puesto que la banda sonora se oía a menudo en su propia casa.

– Richard, está el señor Gus.

Richard Spriggs no volvió la cabeza.

– Un momento -pidió, operando con destreza el mando de la consola.

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