El Jardinero Nocturno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
– Ponlo en pausa -le pidió su hermano-. Para que pueda darte una paliza luego.
Pero Richard siguió jugando. Habían programado un encuentro entre Broncos y Eagles; una versión animada de Champ Bailey interceptó un pase de Donovan McNabb.
– Mierda -exclamó Richard.
– Vaya cagada -se burló Ronald.
– Te voy a dar una paliza, Ronald.
– ¿Sí? ¿Cuándo?
Richard puso el juego en pausa y la pantalla del televisor se quedó azul. Ramone se sentó en una butaca frente a la mesa de centro donde estaban la Xbox y los mandos, junto con una bolsa vacía de Doritos y varias latas de refresco abiertas. Ronald se sentó en el sofá junto a su hermano. Richard llevaba unos pantalones pirata cortados deshilachados, algo estilo Dogpatch a lo D.C. Ramone supuso que serían también creación de Richard.
– ¿Qué, estáis con gripe o algo? -preguntó.
– Sólo había medio día de clase -contestó Ronald.
– Había reunión de profesores -sonrió Richard.
– ¿Le han pasado a la brigada de Menores, señor Gus?
– No es mi departamento. De eso ya se encargará vuestra madre.
– Se ha puesto como una moto cuando han llamado del colegio.
– Le hemos dicho que estábamos malos -explicó Richard-. Tuvimos que comer algo que nos sentó mal, porque a los dos nos duele el estómago.
Ramone se limitó a asentir con la cabeza. Conocía a los gemelos desde muy pequeños. No eran malos chicos. Podían dar algo de guerra, pero no les iba la violencia ni la provocación. Vivían con su madre, siempre muy ocupada con dos trabajos para poder sacar adelante a sus hijos y además darles los equipos electrónicos, los juegos y la ropa de marca que llevaban otros chicos. Era toda una lucha ganar dinero suficiente para comprar a sus hijos prendas Nike, North Face y Lacoste, y eso la mantenía lejos de casa y todavía más lejos de sus vidas.
Ramone y Regina, capaces de cometer los mismos errores que todo el mundo, se sentían presionados a hacer lo mismo por sus hijos, y a menudo sucumbían a ello, aun sabiendo que era un error.
En ausencia de su madre, y con un padre inexistente, los gemelos Spriggs empezaban a meterse en líos. Sus actos no eran distintos ni más graves que los hurtos menores y el vandalismo que Ramone había perpetrado con sus amigos cuando tenía su edad. Los chicos tenían adrenalina, y la quemaban de mala manera.
Los gemelos Spriggs sabían muchas cosas, puesto que se pasaban la mayor parte del tiempo en la calle. Cuando a Diego le robaron la bicicleta del jardín, Ramone acudió a ellos, y esa misma noche la devolvieron sin más comentario. Ramone no les preguntó cómo la habían recuperado, ni tampoco olvidó lo que habían hecho. El invierno anterior, los detuvieron y los llevaron a la comisaría del Distrito Cuatro por robar objetos de jardines vecinos. Ramone acudió con su madre y sacó a los chicos libres de cargos.
Se preocupaba por ellos, pero sin inmiscuirse porque no eran sus hijos. Richard, a quien le faltaban motivación y dirección, era el que probablemente se encontrara en aguas más turbulentas con el paso de los años. Sería una pena que Ronald, que contaba con las herramientas para lograr algo en la vida, siguiera a su hermano por lealtad.
– Bueno, lo de Asa -comenzó Ramone.
– No sabemos nada de Asa – contestó Ronald-. Sentimos lo que le ha pasado y todo eso, pero…
– Vosotros salíais con él, ¿no?
– Ya no mucho.
– ¿Por qué no? ¿Pasó algo entre vosotros?
– La verdad es que no -dijo Ronald.
– Entonces ¿por qué os distanciasteis?
Ronald y Richard se miraron.
– ¿Por qué? -insistió Ramone.
– No nos gustaba hacer las mismas cosas -dijo por fin Ronald.
– ¿Qué, atracar a las ancianitas para robarles el bolso?
– Eso nunca lo hemos hecho. -Richard esbozó una tímida sonrisa.
– Era broma.
– No, digo cosas normales, como jugar al baloncesto, ir a fiestas, a conciertos… -repuso Ronald.
– Salir con chicas -dijo Richard.
– De todas formas su padre no le dejaba salir -explicó Ronald-. No sé. El caso es que dejamos deverle.
– ¿Qué más?
Richard, el más gallito de los dos, chasqueó la lengua.
– Se volvió un blando.
– ¿En qué sentido?
– Que cambió mucho. Ahora sólo le interesaban los libros y eso.
– ¿Y eso os parece mal?
– Vaya, que a mí no me va pasarme el día en la biblioteca.
– De hecho el día que le vimos llevaba un libro -agregó Ronald.
– ¿Qué día?
– El día que lo mataron. Richard y yo volvíamos a casa. Veníamos de jugar al baloncesto con Diego y Shaka.
– ¿Y dónde estabais, exactamente?
– Un par de manzanas detrás del Coolidge. Supongo que estaríamos en Underwood.
– ¿Y hacia dónde iba Asa?
– Hacia Piney Branch Road.
– ¿Hablasteis?
Ronald lo pensó un momento.
– Le dijimos hola, pero él no se paró. Yo le pregunté adónde iba y él me contestó, pero sin pararse.
– ¿Y qué te contestó?
– Que iba al monumento de Lincoln y Kennedy, nada más.
– ¿El Lincoln Memorial?
– El monumento -le corrigió Ronald.
– ¿Visteis el título del libro que llevaba?
– Qué va.
– No tenía título, idiota -repuso Richard.
– ¿Cómo?
– Que en la portada del libro no ponía nada -dijo Richard-. Me acuerdo porque me pareció raro.
«Un diario», pensó Ramone.
– No le diga a mi madre que estábamos jugando con la Xbox -le pidió Ronald.
– Le hemos dicho que estábamos estudiando -apuntó Richard.
– No deberíais mentirle a vuestra madre. Es una buena mujer.
– Ya lo sé. Pero si le decíamos la verdad, que no nos apetecía ir al colegio, se iba a preocupar -dijo Ronald.
– Y además, paso de que me dé una torta -explicó Richard.
Ronald señaló la chaqueta de Ramone.
– ¿Lleva encima la Glock?
Ramone asintió y el chico sonrió.
– Mola llevar pipa, ¿eh?
– Espero que os mejoréis. -Ramone dejó una tarjeta de visita sobre la mesa-. Descansad un poco.
Volvió al coche y puso rumbo a la casa de Terrance Johnson con la intención de reunirse con Bill Wilkins, que ahora estaría investigando el ordenador de Asa. Cuando iba por Peabody le sonó el móvil.