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El Jardinero Nocturno

Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:

La obra maestra de pelecanos y la que le convirtió un Best-Séller en Estados Unidos.
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
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– Se lo agradeceríamos -replicó Rhonda.

– Seguro que viene. -Virginia miró a Rhonda-. Quiere mucho a este niño.

Ramone estaba en la sala de espera del colegio de su hijo en Montgomery County, sentado junto a un hombre negro de su edad. Había llegado hacía diez minutos, pidiendo hablar con la directora Brewster. Cuando le dijeron que para eso necesitaba una cita, Ramone enseñó la placa a la secretaria, la informó de que era el padre de Diego Ramone y que esperaría hasta que lo llamaran. La mujer le dijo que tomara asiento.

Diez minutos más tarde, salió del pasillo de las oficinas una mujer alta y delgada, cerca de los cincuenta años. Rodeó el mostrador sonriendo y miró en torno a la sala de espera. Por fin se acercó al hombre negro tendiendo la mano.

– ¿Señor Ramone? -Yo soy Gus Ramone.

Ramone se levantó para darle la mano. La señora Brewster tenía el rostro alargado, serio, lo que a veces se califica de «equino». Parecía tener demasiados dientes. Su forzada sonrisa se desvaneció, pero consiguió recuperarla. Sus ojos, sin embargo, no se recobraron. Había visto a Regina varias veces, pero nunca a Ramone. Era evidente que había supuesto que era negro.

– Acompáñeme, por favor.

Ramone la siguió, echándole un vistazo al culo, puesto que era un hombre, y viendo que era de trasero ligero.

El señor Guy estaba sentado en una de las tres sillas del despacho de la señora Brewster, con una tablilla pegada al pecho. A diferencia de la directora, el subdirector tenía un amplio trasero, que completaba con una barriga y tetas de mujer.

– Guy Davis -se presentó, tendiendo la mano.

– Señor Guy -saludó Ramone. Le estrechó la mano y se sentó delante de la mesa de la directora.

La señora Brewster tomó asiento tras su mesa, echó un vistazo a la pantalla del ordenador y no pudo resistirse a tocar el ratón para comprobar algo. Luego miró a Ramone.

– Bien, señor Ramone…

– Detective Ramone.

– Detective, me alegro de que haya venido. Nos ha llegado cierta información y queríamos discutir el asunto con usted. Ahora es un buen momento.

– Primero hablemos de mi hijo. Me gustaría saber por qué le han expulsado hoy.

– Se lo explicará el señor Guy.

– Recientemente se ha producido un incidente entre un alumno, Toby Morrison, y otro estudiante -explicó el señor Guy.

– Quiere decir que se pelearon -dijo Ramone-. Sí, lo sé.

– Tenemos razones para creer que su hijo fue testigo.

– ¿Y cómo lo sabe?

– Hemos interrogado a varios alumnos -explicó el señor Guy-. Estoy llevando a cabo una investigación.

– ¿Una investigación? -Ramone esbozó una significativa sonrisa.

– Sí -repitió el señor Guy, mirando su tablilla-. Llamé a Diego al despacho para hablar de los hechos, y él se negó a contestar a mis preguntas.

– A ver si lo he entendido bien. Diego fue testigo de una pelea justa fuera del colegio que, según tengo entendido, se libró entre dos chicos. Nadie más se metió en la pelea contra el otro chaval ni nada parecido.

– Esencialmente así fue. Pero el otro chico resultó herido en el altercado.

– ¿Y qué es exactamente lo que Diego ha hecho mal?

– Bueno -terció la señora Brewster-, para empezar no hizo nada. Podría haber detenido la pelea, pero prefirió quedarse mirando.

– O sea, que lo expulsan por inacción.

– Básicamente, sí. Por eso y por insubordinación -dijo la señora Brewster.

– Se negó a contestar a mis preguntas en el curso de la investigación -dijo el señor Guy.

– Eso es una gilipollez -exclamó Ramone, notando que le subía el calor a la cara.

– Tengo que pedirle que se abstenga de utilizar ese lenguaje -le reprendió la señora Brewster, con los dedos entrelazados sobre la mesa.

Ramone exhaló lentamente.

– Diego podía habernos ayudado a resolver este asunto -aseguró el señor Guy-. Pero en lugar de eso, ha obstaculizado todos nuestros esfuerzos por llegar al fondo del incidente.

– ¿Sabe una cosa? Me alegro de que mi hijo no contestara a sus preguntas.

La señora Brewster parpadeó deprisa, un tic nervioso que hasta ese momento había logrado dominar.

– Desde luego usted precisamente debería comprender el valor de la cooperación en asuntos de esta índole -dijo la señora Brewster.

– Esto no es un homicidio. Los chicos se pelean. Se ponen a prueba unos a otros y descubren cosas de sí mismos que les acompañarán el resto de su vida. Y esto no era un caso de bullying y nadie resultó herido de gravedad.

– El chico recibió un puñetazo en la cara -aclaró el señor Guy.

– Es una manera de perder una pelea.

– Veo que estamos contemplando el caso desde puntos de vista muy diferentes -observó la directora.

– Yo no he educado a mi hijo para que traicione a sus amigos. -Ramone miraba deliberadamente a la señora Brewster, evitando al señor Guy-. Ahora Toby Morrison sabrá la clase de amigo que es Diego, y siempre estará de su lado. Y Diego se habrá ganado el respeto de los demás. Eso para mí y para mi hijo es más importante que sus normas.

– Diego está protegiendo a un chico peligroso -afirmó la directora.

– ¿Cómo?

– Toby Morrison es un joven peligroso.

«Ahora ya sé de qué vas», pensó Ramone.

– Es un chico duro, señora Brewster -le espetó-. Conozco a Toby, juega en el equipo de fútbol de mi hijo. Ha venido a mi casa muchas veces, y siempre es bienvenido. Si no conoce la diferencia entre duro y peligroso…

– Desde luego que conozco la diferencia.

– Por curiosidad, estoy seguro de que en este colegio habrá algunos chicos blancos que también se habrán metido en peleas alguna vez. ¿Alguna vez los ha calificado de «peligrosos»?

– Por favor. -La señora Brewster hizo un breve gesto con la mano. Su sonrisa era falsa y empalagosa-. Soy directora de un colegio donde hay más de un cincuenta por ciento de afroamericanos e hispanos. ¿Le parece que me habrían dado este puesto si no comprendiera bien y simpatizara con las minorías?

– Es evidente que cometieron un error. Usted separa a estos chicos por los resultados de los exámenes. Ve el color y ve los problemas, pero jamás el potencial. Y, claro, al final usted misma crea el resultado que predecía. Y tener a un negro que le haga el trabajo sucio no excusa nada de eso. -¡Un momento! -saltó el señor Guy.

– Estoy hablando con la señora Brewster, no con usted.

– No tengo por qué aguantar esto -protestó el subdirector.

– ¿Ah, no? ¿Y qué piensa hacer?

– En cualquier caso -terció la señora Brewster, sin perder la compostura-, todo eso es ya insustancial. En el curso de las investigaciones del señor Guy, un alumno nos informó de que usted no vive en Montgomery County, sino que reside con su familia en D.C.

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