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El Jardinero Nocturno

Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:

La obra maestra de pelecanos y la que le convirtió un Best-Séller en Estados Unidos.
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
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– Regina.

– Gus…

– ¿Qué pasa?

– No te vayas a enfadar.

– Dime qué pasa.

– Han expulsado a Diego del colegio.

– ¿Otra vez?

– Es por lo de la pelea de su amigo Toby. El señor Guy ha dicho que no ha querido cooperar como testigo, y luego no sé qué de insubordinación.

– Gilipolleces.

– Además, también ha mencionado que la directora nos quiere hacer unas preguntas sobre nuestro lugar de residencia.

– Supongo que habrán descubierto que vivimos en D.C.

– Yo qué sé. Voy a recoger ahora a Diego. He hablado con él por teléfono y se ha tomado esto bastante mal. Supongo que intentaré hablar con la directora, ya que estoy allí.

– No, tú sólo recógelo. Ya hablaré yo con ella.

– Pero cálmate antes de ir para allá.

– Ve a por Diego. Luego te llamo.

Ramone paró el Taurus y llamó a Bill Wilkins, a casa de los Johnson.

– Bill, soy Gus. Voy a tardar un buen rato en llegar.

– Estoy revisando los archivos del historial de Asa -informó Wilkins en voz baja-. Deberías echar un vistazo a una cosa.

– En cuanto llegue. Dime, ¿tú has oído hablar de un monumento a Lincoln?

– Pues sí.

– A ver si encuentras ahí alguna referencia.

– Vale, pero Gus…

– Luego hablamos.

Ramone se dirigió hacia Maryland.

27

Rhonda Willis y Bo Green estaban en el salón de una casa adosada de Quincy Street, en la zona de Petworth de Northwest. Tenían ante ellos unas tazas de café sobre una mesa de estilo provenzal francés. La casa estaba bien conservada y limpia, los muebles eran de buen gusto y bien elegidos. No parecía el hogar de una chica que bailaba en el Twilight y andaba con un asesino. Pero allí se había criado Darcia Johnson.

Su madre, Virginia Johnson, sentada en un sillón, era una mujer atractiva, de piel clara y algunas pecas, vestida con elegancia y de manera apropiada a su edad. Tenía en el regazo a un niño de once meses que hacía ruiditos de satisfacción. Sonreía mirando a Bo Green, que le hacía muecas.

– ¿Qué ha hecho, detective? -preguntó Virginia.

– Queremos hablar con un amigo suyo, Dominique Lyons -explicó Rhonda.

– Sí, lo conozco. ¿De qué quieren hablar con él?

– Es en relación a una investigación de asesinato.

– ¿Es mi hija sospechosa de asesinato?

– De momento no -contestó Green. Apenas cabía en su silla, parecía el proverbial elefante que hubiera decidido tomar asiento en la cacharrería.

– Sabemos que Darcia y Dominique se ven a menudo -explicó Rhonda-. Hemos estado en el apartamento del Southeast que comparte con Shaylene Vaughn. También sabemos dónde trabaja, pero no ha aparecido por ninguno de estos lugares desde hace un par de días.

– ¿Ha sabido usted algo de ella? -preguntó Green.

– Llamó anoche -contestó Virginia, mientras el niño le sujetaba los dedos-. Para ver cómo estaba el pequeño Isaiah, pero no sé desde dónde llamó.

– ¿Isaiah es su hijo?

– Ella le dio a luz.

– ¿El padre es Dominique Lyons?

– No, otro joven que desapareció hace tiempo.

– No tenemos la dirección de Lyons. ¿Sabe usted dónde vive? -preguntó Green.

– No, lo siento.

Green se inclinó para coger el café y beber un sorbo. La taza era delicada, pintada a mano, y parecía en peligro en su enorme manaza.

– Sentimos molestarla con todo esto -se disculpó Rhonda, con sinceridad.

– Nosotros creíamos que lo hacíamos todo bien con ella -dijo Virginia Johnson con voz queda.

– No se puede acertar siempre.

– Este barrio ahora está cambiando, para mejor, pero no ha sido siempre así, como ya saben. Mi marido se crio aquí en Petworth, y estaba empeñado en aguantar en el sitio hasta que pasaran los malos tiempos. Decía que unos padres fuertes y atentos como nosotros, con nuestro compromiso con la iglesia, serían suficiente para que nuestros hijos no se metieran en problemas. Y en su mayor parte tenía razón.

– ¿Tienen otros hijos?

– Otros tres, todos mayores. Fueron a la universidad y a todos les va muy bien. Darcia es la pequeña. Era muy amiga de Shaylene desde el parvulario. Y Shaylene cayó de cabeza en las drogas y la promiscuidad ya desde los trece años. Esa chica nunca estuvo bien. Que Dios me perdone por decirlo, porque en realidad no fue culpa suya. Es que su familia no se preocupaba de ella.

– Pues eso lo explica -dijo Green.

– Pero con eso no basta -sentenció Virginia-. Puedes estar pendiente de ellos constantemente, darles todo el amor que necesitan, y aun así ellos cogen y se tiran del puente.

– ¿Tiene Darcia mucha relación con el pequeño?

– Le quiere mucho, pero no está en condiciones de hacer de madre. Yo trabajé veinticinco años de funcionaría y tomé la jubilación anticipada. Mi marido tiene una carrera sólida, así que podemos seguir adelante sólo con un sueldo. Nosotros criaremos a Isaiah. A menos que cambien las cosas.

– Como ya le he dicho, Darcia no es sospechosa de este crimen-dijo Green.

– Pero tendrá que pasarse por nuestras oficinas -explicó Rhonda-. Podría ser un testigo.

– ¿Tiene coche? -preguntó Green.

– No, no llegó a sacarse el carnet.

– Así que es probable que Dominique la lleve de un lado a otro -dijo Rhonda.

No era una pregunta, estaba pensando en voz alta.

– ¿Ha matado a alguien ese chico? -preguntó Virginia.

Rhonda hizo un gesto a Bo Green, indicándole que contestara, y que era el momento de empezar a hacer presión.

– Hay muchas posibilidades -respondió éste.

– Estaría muy bien, como primer paso, sacar a Dominique Lyons de la calle y alejarlo de su hija -explicó Rhonda.

– Tenemos el móvil de Darcia -dijo Green.

– Pero no contesta cuando llamamos -terminó Rhonda.

– A lo mejor si creyera que su hijo está enfermo o algo así… -sugirió Green.

– Se preocuparía y vendría -dijo Rhonda.

– La voy a llamar -cedió Virginia Johnson, limpiándole la baba al niño con un pañuelo.

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