El Jardinero Nocturno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
– ¿Qué es eso? -preguntó cuando Holiday dejó los chupitos en la mesa atestada de botellas vacías.
– No es Alizé ni Crown ni esas mariconadas de fruta que están de moda. Es Jackie D del bueno -contestó Holiday.
– Hacía mucho, pero qué demonios. -Cook se bebió el chupito de un trago, sin esperar un brindis.
Ramone bebió un buen sorbo. El fuerte sabor amargo era agradable. Holiday apuró el suyo y lo regó con cerveza. Él y Cook bebían Michelob, mientras que Ramone tomaba una Beck's.
– ¿Qué hora es, Danny? -preguntó Cook.
Holiday miró el reloj de la pared, a la vista de todos. Entonces se acordó del reloj de casa de Cook, atrasado varias horas, y se dio cuenta de que el hombre no llevaba reloj. No podía leer la hora.
– ¿No lo ve? -preguntó Holiday.
– Todavía tengo problemas con los números -contestó Cook.
– Pensé que podía leer.
– Un poco, titulares de prensa, y los artículos principales, si me esfuerzo. Pero los números no he podido recuperarlos.
– ¿Tuvo usted un derrame? -preguntó Ramone, sabiendo la respuesta por el aspecto de Cook, pero queriendo ser cortés.
– No fue muy grave. Me machacó un poco, nada más -repuso Cook.
– ¿Y cómo utiliza el teléfono?
– Me resulta muy difícil llamar. Mi hija se pasó unas horas programando la agenda de mi móvil y mi fijo, y luego está el botón para devolver las llamadas. También tengo una mujer de El Salvador que viene una vez a la semana a hacer las cosas que no puedo hacer yo. Forma parte de mis prestaciones como veterano. Ella es la que organiza mis citas, escribe los cheques y esas cosas.
– Pero ahora hay teléfonos que se activan por voz, ¿no? -dijo Holiday.
– Puede, pero tampoco me apetece. Todo este rollo es bastante frustrante, pero hay gente que tiene más problemas de salud que yo. Cuando voy a las revisiones en el hospital de veteranos, veo a muchos peor que yo de largo, y más jóvenes además.
– Usted está bien -dijo Holiday.
– Comparado con algunos, sí.
Holiday encendió un Marlboro y exhaló el humo sobre la mesa. Ya no le cortaba fumar delante de Cook. El local estaba lleno de humo.
– Ha estado bien trabajar hoy -comentó Cook.
Holiday sentía lo mismo, pero no pensaba admitirlo delante de Ramone.
– Era usted uno de los mejores -declaró Ramone, señalándole con el vaso.
– Era el mejor, en mis tiempos. Y no lo digo por presumir, es un hecho. -Cook se inclinó sobre la mesa-. Te voy a preguntar una cosa, Gus. ¿Cuántos casos resuelves?
– ¿Yo? Pues en torno a un sesenta y cinco por ciento.
– Eso es mejor que la media del departamento, ¿no?
– Ahora mismo sí.
– Pues yo, en mis mejores tiempos, resolvía casi el noventa por ciento. Claro que ahora no sería tanto. Yo ya me lo vi venir cuando llegó el crack a la ciudad en el ochenta y seis. Podría haber trabajado unos cuantos años más, pero me jubilé poco después de aquello. ¿Sabes por qué?
– ¿Por qué?
– Porque el trabajo cambió. Los federales amenazaban con cortar el grifo al distrito a menos que el departamento de policía pusiera más patrullas en las calles y empezara a hacer más detenciones relacionadas con la droga. Pero ya sabéis que lo único que se consigue encerrando a la gente sin ton ni son es destruir familias y poner a los ciudadanos en contra de la policía. Y no hablo de los criminales, sino de ciudadanos honrados. Porque parece que prácticamente todo el mundo de clase humilde en D.C. tiene algún pariente o algún amigo que ha ido a la cárcel por asunto de drogas. Antes la gente podía ser amiga de la policía, y ahora somos el enemigo. La guerra de las drogas acabó con el trabajo de policía, eso es lo que yo pienso. Y las calles se hicieron más peligrosas para los agentes. Se mire como se mire, la cosa está fatal.
– Cuando yo empecé en Homicidios -terció Ramone-, había veinte detectives trabajando en cuatrocientos casos de asesinato al año. Es decir, veinte casos al año por agente. Ahora tenemos cuarenta y ocho detectives en la brigada, todos con cuatro o cinco asesinatos al año. Y resolvemos menos casos que cuando yo entré.
– Es porque nadie quiere testificar -explicó Holiday-. A menos que la víctima sea un niño o un viejo. E incluso entonces, tampoco está claro que se vaya a presentar nadie.
– Ya nadie habla con la policía -convino Cook, dando unos golpecitos con el dedo en la mesa-. Es lo que decía. Un barrio sólo es seguro si los vecinos trabajan con la ley.
– Eso se acabó. -Holiday dio un largo trago a la cerveza y una calada al cigarrillo, antes de sacudir la ceniza.
Tomaron otra ronda. Ramone empezaba a notar los efectos del alcohol. Hacía mucho tiempo que no pasaba tanto tiempo en un bar.
– Monkey Jump -dijo Cook, cuando empezó a sonar un tema instrumental-. De Junior Walker y los All-Stars.
– Está bien el local -comentó Ramone, mirando alrededor los distintos grupos de edades y clases en la sala.
– A Gus le gustan todas las razas -terció Holiday.
– Calla, Doc.
– Una cosa que tiene el Leo's es que aquí de verdad puedes conocer chicas. Mira, justo ahí.
Una joven atravesaba el bar. Era alta y tenía un culo que en ese momento atraía muchas miradas.
– A ésa me la tiraba yo ahora mismo.
– Hablas como un catedrático.
– Soy un hombre al que le gustan las golosinas. No sé qué tiene de malo.
Ramone vació la cerveza hasta la mitad de la botella.
– ¿Qué pasa, Giuseppe, te he ofendido? ¿O es que crees que una «mujer de color» no querría nada con un tío como yo?
Ramone apartó la mirada.
– Gus está casado con una hermana, ¿no se lo ha dicho? -Holiday se volvió hacia Cook.
– Calla la boca de una puta vez, Holiday -le espetó Ramone, con tono cansado.
– ¿Que se ha casado con tu hermana? -dijo Cook, queriendo relajar la tensión.
– Mi hermana murió de leucemia a los once años.
– Es una broma -explicó Ramone-. A mí ya me la gastó cuando íbamos de uniforme. Y ya entonces no tenía ninguna gracia.
– No es broma.
Ramone y Cook aguardaron a que prosiguiera. Pero Holiday no dijo nada más.
Cook carraspeó.
– ¿Así que tu mujer es negra, Gus?
– Eso creo.
– ¿Y qué tal os va?
– Supongo que de momento no me va a abandonar.