El Jardinero Nocturno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
– No creo que tarde mucho.
Ramone salió del asiento trasero y se acercó hacia el supermercado con los hombros cuadrados y el pecho fuera. La Glock le marcaba un visible bulto en la chaqueta del traje azul.
– Ese Ramone -dijo Holiday-. El cabrón es más tieso que un palo, ¿a que sí?
– Los hay que tienen pinta de polis -replicó Cook-. Yo también era así.
– Pues no todo son las pintas.
Se quedaron un rato en silencio. Holiday fue a sacarse el tabaco del bolsillo, pero pensó en la salud del viejo y lo dejó estar.
– Joder, ese tío debe de estar metiendo ahí como sesenta dólares de gasolina -comentó Cook, mirando a un joven que llenaba su Yukon Denali-. A casi un dólar el litro, no sé cómo la gente no compra coches más pequeños.
– En Estados Unidos nunca hay crisis de combustible -comentó Holiday-. Ni siquiera cuando la hay.
– Gasolina y televisión. Dos cosas de las que nadie puede prescindir en este país.
– ¿Sabe los apartamentos esos de Woodland Terrace, en Langston Lane?
– Casas de protección oficial -dijo Cook-. Yo tuve bastantes asuntos por allí.
– Alguna de esa gente está pagando once dólares al mes de alquiler, subvencionado. Y luego se gastan ochenta al mes en los canales de pago de la televisión. Si eso no es chupar del estado…
– ¿Tú tenías esa zona?
– Joder, yo estuve patrullando en la Uno, la Seis y la Siete-D. Me curraba cualquier distrito. La gente me conocía. Veían el número del coche y me saludaban, tanto los camellos como sus abuelas. No como nuestro amigo Ramone, que se quedaba trabajando en el despacho mientras yo me jugaba el tipo por la calle.
Cook se sacó de la chaqueta unos chicles sin azúcar y le ofreció uno a Holiday, que lo rechazó con un gesto.
– ¿Qué pasó entre vosotros dos? -preguntó Cook.
– Un asunto que me pilló de refilón. Un caso gordo que acabó salpicándome.
– ¿Cómo te salpicó, exactamente?
– A ver, Ramone tenía un caso de Asuntos Internos. Estaban investigando a un grupo de polis a los que unos chulos pasaban pasta para que dejaran en paz a sus chicas. Los infiltrados tenían problemas para hacer detenciones porque a las putas las avisaba alguien.
– ¿Sí?
– Bueno, yo ya había oído que algunos aceptaban sobornos, sí.
– Los de Asuntos Internos andaban vigilando la calle que hacían esas chicas, sacando fotos desde los coches y esas historias. Y me sacaron en una, hablando con Lacy, una chica blanca. Más de una vez.
– ¿Y qué hacías con ella?
– Hablaba con ella habitualmente, para conseguir información. Era mis oídos en la calle. Las prostitutas ven muchas cosas, eso ya lo sabe. Además, éramos amigos, más o menos.
– Dudo que a su chulo le hiciera mucha gracia.
– Si se hubiera enterado se habría cabreado bien. El tío no se andaba con chiquitas. Era un tal Mister Morgan, un asesino a sangre fría.
– ¿Y Lacy era su «favorita»?
– Eso le decía. Pero se ponía violento con ella, y a veces la chica necesitaba escaparse un poco. Yo la invitaba de vez en cuando a un café, esas cosas.
– ¿Y qué pasó?
– Pues que Ramone no sé cómo consiguió que Lacy testificara contra los polis corruptos. Era una yonqui, y estaba cansada de la droga y de hacer la calle. Lacy sabía exactamente quién estaba pringado y quién no en la brigada Antivicio, y era la testigo estrella de Ramone. Él le ofreció la protección de testigos y toda la pesca. Pero la chica la jodió. Deberían haberla hecho declarar ante el gran jurado cuando la tenían en las oficinas, pero la dejaron volver a su casa a por sus cosas. Había un coche patrulla delante de su casa, pero la chica debió de salir por el callejón o algo.
– Total, que la perdieron.
– Pues sí. Ramone y su gente encontraron a un testigo que me había visto hablar con Lacy ese mismo día, y aquélla fue la última vez que fue vista.
– ¿Y de qué hablasteis Lacy y tú?
– De nada importante. Oiga, yo no era un poli corrupto, no recibía sobornos. Lo único que puedo decirle sobre esa chica es que hice lo correcto.
– ¿Y Ramone te iba a acusar?
– Pues sí, así que me largué. Que le den por culo. -Ahí está.
Ramone se acercaba al coche.
25
– Reginald Wilson no es nuestro hombre -declaró Ramone, sentado en la parte trasera del Lincoln-. Por lo menos en este caso.
– ¿Con quién ha hablado? -preguntó Cook.
– Con el mánager y propietario, un tal Mohammed. -¿Y qué ha dicho?
– Que Wilson hace varios turnos, y que esa noche estaba trabajando de las diez de la noche a las seis de la mañana. O sea, que estaba aquí la noche que mataron a Asa.
– ¿Y este Mohammed vio a Wilson trabajar con sus propios ojos? -quiso saber Holiday.
– Pues sí, hasta medianoche. Luego Mohammed se fue a su casa. Pero aunque no lo hubiera visto, hay pruebas. Tiene una cámara de seguridad rodando constantemente, porque por lo visto le han robado un par de veces. He echado un vistazo a la cinta. Tal como está la cámara, enfoca directamente a quien esté en la caja, siempre que se encuentre detrás del mostrador. Si Wilson hubiera abandonado el puesto de trabajo, habría aparecido en la grabación.
– Hijo de puta -masculló Cook.
– Puedo hablar con su oficial de la condicional-se ofreció Ramone-, para confirmar su horario y todo eso. Pero no creo que sea necesario, ¿no?
Cook negó con la cabeza.
– ¿Y ahora qué? -preguntó Holiday.
– Voy a necesitar una declaración tuya en algún momento. No tienes de qué preocuparte. Estás limpio -indicó Ramone.
– No estaba preocupado -dijo Holiday.
– Por lo menos puede quedarse tranquilo, sargento -dijo Ramone.
Cook no contestó.
– Vamos a tomar una birra o algo -sugirió Holiday.
– A mí déjame en mi coche -pidió Ramone.
– Venga ya, Ramone. ¿Cuántas veces nos vemos tú y yo?
– Yo sí me tomo una cerveza -terció Cook.
Ramone le miró. Parecía muy pequeño, apoyado contra la puerta en el asiento delantero.
– Está bien -cedió por fin-. Una cerveza.
Ramone estaba acabando la tercera cerveza cuando Holiday volvió de la barra con otras tres y unos chupitos. Estaban sentados en una mesa cerca del pasillo que llevaba a los servicios, escuchando a Laura Lee cantar Separation Line en la jukebox. El bar era el Leo's, lo cual le parecía bien a Ramone, puesto que estaba cerca de su casa. Qué demonios, si hacía falta podía volver andando. Pero esperaba que la cosa no llegara a tanto. Había recogido el Tahoe del jardín de Oglethorpe y pensaba volver a su casa en coche.