El Jardinero Nocturno
- Автор: Пелеканос Джордж
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
– ¿Un camino sin baches? -preguntó Holiday.
– Algunos -repuso Ramone.
– ¿Sólo algunos? Pues por ahí se contaba que hace tiempo tuvisteis… ¿cómo lo llamaban? Problemas de fidelidad.
– Rumores de mierda. ¿Quién te lo ha contado, tu amiguito Ramirez?
– No me acuerdo. Podría ser. La gente hablaba del tema.
– Chorradas.
– Johnny dice que has ido hoy a verle a la academia.
– Sí, le he visto. Llevaba su cinturón rosa. Estaba enseñando a los novatos a bloquear un puñetazo, con la postura adecuada y todo eso. Otro tipo que ha subido a lo más «alto».
– Como yo, quieres decir.
– Yo no he dicho eso.
– Aunque trabajaras otros veinte años, jamás serías el policía que yo era.
– No deberías beber tanto, Doc. Cuando bebes hablas con el culo.
– ¿Y tu excusa cuál es?
– Voy a mear. -Ramone se levantó y se encaminó hacia el pasillo.
Cook les había observado mientras ellos discutían entre forzadas sonrisas y mentones tensos. Y ahora Holiday estaba relajado, rodeando con la mano la botella de cerveza.
– Has estado algo duro con él.
– Es un tipo duro. Sabrá asimilarlo.
– ¿Conoces a su mujer?
– La conocí hace mucho tiempo. Fue policía unos meses. Una tía guapa, y lista. Y me han contado que tienen un par de hijos bastante guapos también.
– Entonces ¿cuál es el problema?
– No hay ningún problema. Que me gusta meterme con él. El tío se casa con una negra y se cree Hubert H. Humphrey o no sé qué coño.
– No ha sido él quien ha sacado el tema.
– Bah, sólo me estoy divirtiendo un poco a su costa. No pasa nada.
Ramone volvió del servicio, pero no se sentó ni tocó lo que le quedaba de cerveza. Sacó la cartera y dejó veinticinco dólares sobre la mesa.
– Eso será lo mío. Me marcho.
– Por curiosidad -le detuvo Cook-, no nos has dicho si tenéis algún sospechoso.
– Todavía no sabemos gran cosa, es la verdad. Pero vosotros habéis acabado con esto, ¿no?
Holiday y Cook asintieron sin convicción. Aquello estaba muy lejos de ser una promesa.
– Ha sido un placer, sargento. -Ramone tendió la mano a Cook.
– Lo mismo digo, detective.
Holiday tendió también la mano y Ramone se la estrechó.
– Gus.
– Doc.
Le vieron alejarse con pasos algo escorados.
– Sabe más de lo que cree saber -comentó Cook-. Lo que pasa es que todavía no se ha dado cuenta.
– Aun así, no me importaría llegar antes que él.
– Bueno, tampoco hemos prometido apartarnos del caso.
– ¿Nos estaba haciendo una pregunta? Porque yo sólo asentía con la cabeza por seguir el ritmo de la música.
– Yo también.
– ¿Otra cerveza?
– He llegado a mi límite. -Cook miró a la mujer sobre la que Holiday había hecho comentarios, que ahora hablaba con un tipo en la barra-. Tú a lo tuyo. Yo me quedo aquí sentado, soñando.
Ramone conducía con cierta imprudencia por las calles secundarias que llevaban a su casa, dando bruscos giros, demasiado deprisa. Hay quien con unas cuantas cervezas pone más cuidado al volante, pero a Ramone el alcohol siempre lo había tornado agresivo y descuidado. Qué coño, que lo parase la policía. Les enseñaría la placa y en paz.
No estaba enfadado con Holiday. Es cierto que los estúpidos comentarios sobre su mujer no venían a cuento, pero no iban en contra de Regina, sino contra él, insinuando que se había casado con una mujer negra para demostrar algo. Lo cual no podría ser menos cierto. Ramone se había enamorado de Regina por casualidad. Luego habían tenido la suerte de llevarse bien, como cualquier otra pareja, y su matrimonio sobrevivió.
Ramone ni siquiera había pensado en la diferencia de raza en mucho tiempo, desde luego no desde que nacieron sus hijos. Diego y Alana habían borrado cualquier diferencia. No era que Ramone no «viera el color», aquella ridícula declaración que algunos blancos se sentían obligados a hacer. Era que no lo advertía en sus hijos. Excepto, por supuesto, para notar lo guapos que eran con aquel tono de piel.
Cierto que a finales de los ochenta, cuando se casaron, se habían encontrado con prejuicios en algunas reuniones familiares o por la calle. Desde muy pronto Ramone y Regina acordaron deshacerse de cualquier pariente o «amigo» que fuera por esos derroteros, puesto que ninguno de los dos tenía ganas de «comprender» a la gente que todavía pensaba de esa manera.
No es que ellos mismos estuvieran totalmente libres de culpa. Ramone no tenía empacho en admitir que todavía conservaba restos de prejuicios raciales que jamás desaparecerían del todo. Igual que Regina. Eran productos de su época y su educación. Pero también sabían que la siguiente generación estaría mucho más libre de tales limitaciones, y gracias a eso era probable que su familia fuera fuerte y estable. Y así parecía ser. Ahora casi nunca encontraban a nadie en la zona de D.C. que les mirara raro cuando Ramone paseaba con su mujer y sus hijos. Y si sucedía, tampoco se le ocurría pensar que era por la diferencia de color de piel. Lo primero que pensaba siempre era: «¿Llevaré abierta la bragueta?» o «¿Tengo comida entre los dientes?»
Eso no significaba que sus hijos no fueran a encontrar racismo en el mundo. Él lo veía casi todos los días. Era difícil quedarse de brazos cruzados cuando a su hijo lo despreciaban por su color o por su manera de vestir. Pero ¿qué podía hacer, liarse a tortas con cada dependiente que echara a su hijo de la tienda, o amenazar a todos los polis de vía estrecha que intentaban detener a Diego? Había que elegir las causas por las que luchar, si uno no quería volverse loco de rabia.
Ramone no pretendía demostrar nada. Ya era bastante difícil sencillamente salir adelante en el día a día.
Se detuvo delante de su casa. El Volvo de Regina estaba en la puerta. Había dejado encendida la luz del porche y la del pasillo del primer piso. Alana dormía mejor sabiendo que el pasillo estaba iluminado. En la ventana de Diego también había luz. El chico seguramente estaría despierto, tumbado en la cama oyendo música con sus auriculares, pensando en la chica que le gustaba o soñando con atrapar un buen pase en el momento clave del partido. Todo eso estaba bien.
Ramone se quedó sentado al volante del SUV. Estaba casi borracho, y más confuso que nunca sobre la muerte de Asa. Aquel día había visto algo, o había oído algo. Algo que se le escapaba, que le miraba como una mujer coqueta. Sólo quedaba esperar el beso.
En ese momento le sonó el móvil. Ramone miró el número y descolgó.
– ¿Qué hay, Rhonda?
– Tengo algo, Gus. ¿Sabes el informe de balística que había pedido?