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El Jardinero Nocturno

Электронная книга - «El Jardinero Nocturno». Краткое содержание книги:

La obra maestra de pelecanos y la que le convirtió un Best-Séller en Estados Unidos.
Cuando el cadáver de un adolescente aparece en un parque público de Washington, el detective Gus Ramone revive con intensidad una investigación en la que participó veinte años atrás. El asesino, a quien los mede víctimas los parques de la ciudad y salió impune. El nuevo crimen reunirá a los tres hombres que participaron en aquel caso y les dará la oportunidad de cerrarlo. Tal vez ahora consigan atrapar al Jardinero Nocturno…
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– ¿Quiere que le enseñe las escrituras de mi casa de Silver Spring?

– Las escrituras no sirven de nada si no reside usted en la casa, detective. Su familia reside en Rittenhouse Street, en Northwest, lo hemos confirmado. De manera que Diego está ilegalmente matriculado en este colegio. Me temo que tendremos que cancelar su matrícula desde este mismo momento.

– O sea, que le echan.

– Se cancela la matrícula. Si quiere reclamar…

– Lo dudo. No quiero que esté aquí.

– Entonces la conversación ha terminado.

– Muy bien. -Ramone se levantó-. No me puedo creer que hayan puesto a alguien como usted a cargo de los chicos.

– Le aseguro que no sé a qué se refiere.

– Me lo creo. Pero eso no le da la razón.

– Buenos días, detective.

El señor Guy también se levantó. Ramone pasó bruscamente a su lado y se marchó del despacho. Andaba con paso alegre. Sabía que se había mostrado agresivo e innecesariamente insultante, pero no se arrepentía en absoluto.

Llamó a Regina desde el aparcamiento. Diego había llegado a casa, pero sólo para recoger su pelota y marcharse de inmediato. No estaba enfadado, dijo Regina. Sólo callado.

Ramone se dirigió por la línea District hacia la Tercera y Van Buren. Dejó la chaqueta en el coche, se aflojó la corbata y se encaminó hacia el patio. Diego estaba tirando unas canastas, con unos pantalones demasiado grandes, una camiseta sin mangas y sus Exclusive. En ese momento saltaba para entrar a canasta. Al ver a su padre cogió la pelota y se la metió bajo el brazo. Ramone le esperó a un metro de distancia, con las piernas separadas.

– Ya lo sé, papá. La he cagado.

– No te voy a regañar. Tomaste una decisión, hiciste lo que pensabas que estaba bien.

– ¿Cuánto tiempo me han suspendido?

– No vas a volver. Han descubierto que utilizamos la dirección de Silver Spring para matricularte.

– ¿Y entonces adónde voy a ir?

– Tengo que hablar con tu madre, pero supongo que irás a tu antiguo colegio lo que queda de curso. Luego ya pensaremos algo.

– Lo siento, papá.

– No pasa nada.

Diego miró hacia la calle.

– Esta semana, todo…

– Ven aquí.

Diego tiró la pelota y se arrojó en brazos de su padre. Ramone lo estrechó con fuerza. Olió el sudor de Diego, el desodorante Axe que se había echado, el champú barato que usaba. Notó los músculos de sus hombros y su espalda y el calor de sus lágrimas.

Por fin Diego se apartó, se enjugó los ojos y cogió la pelota.

– ¿Quieres jugar? -preguntó.

– Estoy en desventaja. Tú con tus zapatillas de ochenta dólares y yo con zapatos de cuero.

– Tienes miedo, ¿eh?

– A once.

Diego cogió el balón. El juego se decidió realmente desde el principio. Ramone intentó ganar, pero no pudo. Diego era ya mejor atleta a sus catorce años que Ramone en toda su vida.

– ¿Vas a volver al trabajo así? -preguntó el chico, señalando las manchas de sudor que tenía Ramone en la camisa.

– Nadie se va a dar cuenta. Hace años que las mujeres ya no me miran.

– Mamá te mira.

– De vez en cuando.

– Te apuesto cinco dólares a que puedo encestar a nueve metros.

– A ver.

La pelota rebotó en el cristal y encestó. Diego dobló el brazo, se dio un beso en el bíceps y sonrió.

«Ése es mi hijo.»

– No ha sido limpia.

– Te acepto los cinco pavos.

Ramone le pagó.

– Bueno, me voy, que tengo mucho trabajo.

– Te quiero, papá.

– Yo también te quiero. Llama a tu madre si vas a alguna parte, dile dónde estás.

Ramone se sentó de nuevo al volante del Taurus, pero antes de que pudiera ponerlo en marcha, Rhonda Willis le llamó al móvil. Tenían a Dominique Lyons y a Darcia Johnson en las oficinas de la VCB.

– Voy para allá.

28

La madre de Darcia Johnson llamó a su hija diciéndole que el niño tenía fiebre y le costaba respirar. Los agentes a los que llamaron de refuerzo por radio tuvieron poco tiempo para llegar a sus puestos: al cabo de media hora se acercaba por Quincy un Lexus GS 430 negro que se detuvo frente a la casa de los Johnson. Virginia Johnson, que observaba desde una ventana de la primera planta, llamó a Rhonda Willis, que esperaba con Bo Green en el Impala granate aparcado en la calle. Virginia informó de que la mujer que salía del Lexus era su hija Darcia, y que por lo que ella veía, el conductor del vehículo era Dominique Lyons, reconocible por sus trenzas. Rhonda hizo un gesto a Bo Green, que hablaba por radio con el sargento al mando de los agentes de uniforme.

De pronto dos coches patrulla bloquearon los accesos este y oeste de la calle Quincy, mientras varios policías a pie salían del callejón Warder Place pistola en mano, gritando al conductor del Lexus que saliera del vehículo con las manos a la vista. La acción fue ruidosa y rápida, concebida para impactar y distender cualquier posible situación problemática. Conociendo el historial de Lyons, Rhonda no quería correr ningún riesgo.

Darcia Johnson se sentó de inmediato en los escalones de la casa de sus padres y se tapó la cara con las manos. Dominique Lyons salió del coche con las manos en alto. Lo esposaron y lo metieron en un coche patrulla. A Darcia, también esposada, la llevaron a otro coche. Registraron concienzudamente el Lexus, pero no se encontraron armas de ninguna clase. Bajo el asiento del conductor había apenas treinta gramos de marihuana.

Virginia Johnson salió de casa con Isaiah en brazos. Miró a su hija, ya en el coche patrulla, y vio en sus ojos miedo y odio. La mujer le preguntó a Rhonda si podía ir con ellos y Rhonda asintió.

– Tenemos una zona de juegos para los niños. -De hecho había sido Rhonda la que presionó para que se estableciera la guardería en las oficinas de la VCB. A pocos de sus compañeros se les habría ocurrido la idea de montar una zona de espera para esposas, novias, abuelas e hijos de los acusados o aquellos sometidos a un interrogatorio por casos de asesinato.

– Le diré a mi marido que se reúna allí conmigo.

– Al final esto será bueno para su hija -le aseguró Rhonda-. Ha hecho usted bien.

Dan Holiday estaba en el jardín comunitario de Oglethorpe, fumándose un cigarrillo. Tenía un trabajo más tarde e iba vestido con su uniforme. Había ido porque sabía que la respuesta que buscaba se hallaba allí.

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