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Los secretos de Oxford

Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:

Cuando Harriet Vane regresa a la Universidad de Oxford, encuentra a los profesores y alumnos de su college nerviosos por los extraños mensajes de un lunático. Con la ayuda de lord Peter Wimsey, Harriet empieza una investigación para desenmascarar al autor de las amenazas.
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
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– No te mereces tener ni tíos ni tías, en vista de cómo los tratas. ¿Tienes intención de terminar con estos cheques hoy mismo? Porque si no, tengo otras cosas que hacer.

– Muy bien, sigamos desnudando a un santo para vestir a otro. Ejerces una influencia estupenda sobre mí. Dedicación absoluta al deber. Si me apretaras las clavijas, al final podría resultar que no soy tan mal chico.

– Firma, por favor.

– Pero no pareces muy dispuesta. ¡Pobre tío Peter!

– El tío Peter será pobre cuando hayas acabado con esto.

– A eso me refiero. Cincuenta y tres, diecinueve, cuatro… Hay que ver cómo se fuma la gente tus cigarrillos, y estoy seguro de que mi criado pilla la mitad. Veintiséis, doce, ocho. Diecinueve, siete, dos. Cien libras vistas y no vistas. Treinta y una, catorce. Doce, nueve, seis. Cinco, quince, tres. ¿Qué es eso que cuentan sobre fantasmas campando por sus respetos en Shrewsbury?

Harriet dio un respingo.

– ¡Maldita sea! ¿Cuál de esas fierecillas te lo ha contado?

– A mí no me lo ha contado nadie. No les doy alas a las estudiantes. Buenas chicas seguro que son, pero un poco asquerositas. Hay un chaval de mi misma escalera que hoy me ha contado algo… Vaya; se me olvidaba que me ha dicho que no dijera nada. ¿Qué pasa? ¿Y a qué viene tanto secreto?

– ¡Por Dios, y eso que les hemos pedido que no digan nada! No piensan en lo mucho que perjudican estas cosas al college.

– Pero no es más que una broma, ¿no?

– Me temo que es algo más que eso. Vamos a ver, si te explico el porqué de tanto secreto, ¿prometes no contarlo?

– Bueno, ya sabes que me voy un poco de la lengua -replicó lord Saint-George con franqueza-. No soy muy de fiar.

– Tu tío dice que sí lo eres.

– ¿El tío Peter? ¡Dios santo! Se ha vuelto loco o algo así. Qué lástima, ese cerebro tan brillante destrozado. Claro, ya no es tan joven… Pareces muy seria.

– Es terrible, de verdad. Pensamos que el problema lo está causando alguien que no está bien de la cabeza. No una alumna… pero, por supuesto, no se lo podemos decir a ellas, sobre todo porque no sabemos quién es.

El vizconde la miró sin dar crédito.

– ¡Dios del cielo! ¡Debe de ser espantoso para ti! Entiendo lo que quieres decir, que una cosa así no debe andar de boca en boca. Bueno, yo no pienso decir ni media palabra… de verdad que no. Y si alguien lo menciona, adoptaré una expresión reconcentrada de falta de interés. ¿Sabes una cosa? A lo mejor he visto a tu fantasma.

– ¿La conoces?

– Sí. Al menos, conocí a alguien que no parecía real. Me asustó un poco. Eres la primera persona a la que se lo cuento.

– ¿Cuándo fue? Cuéntamelo.

– A finales del trimestre pasado. Yo estaba fatal de dinero e hice una apuesta con alguien a que entraba en Shrewsbury y… -Guardó silencio y miró con aquella sonrisa que le era tan asombrosamente propia y ajena-. ¿Qué sabes de eso?

– Si te refieres a la parte del muro junto a la puerta privada, le van a poner pinchos. De los giratorios.

– Ah, se sabe todo. Bueno, no era la mejor noche, francamente, con luna llena y demás, pero parecía la última oportunidad de llevarme esas diez libras, así que me metí allí, en el trocito de jardín que hay.

– El jardín de las profesoras. Ya.

– Ya. Sí, bueno, yo iba a largarme cuando alguien salió de detrás de un arbusto y me agarró. Estuvo a punto de salírseme el corazón por la boca, y yo lo único que quería era salir por piernas.

– ¿Cómo era aquella persona?

– Iba de negro y llevaba algo también negro alrededor de la cabeza. Solo pude verle los ojos, y eran espeluznantes. Así que dije: «¡Ay, Dios!», y ella dijo: «¿A cuál de ellas quieres?», con una voz repugnante, como pegamento. En fin, no resultó agradable, y desde luego, no lo que yo me esperaba. No digo que sea buen chico, pero en aquel momento no eran esas mis intenciones. Así que le dije: «No quiero nada de eso. Simplemente había hecho una apuesta a que no me pifiarían, y como me han pillado, me marcho y usted perdone». Y ella dijo: «Sí, márchate. Asesinamos a los chicos guapos como tú, les arrancamos el corazón y nos lo comemos». Y yo: «¡Dios santo! ¡Qué repulsivo!». No me hizo ninguna gracia.

– ¿Te lo estás inventando?

– De verdad que no. Después dijo: «El otro también era rubio». Y yo: «No me diga, ¿en serio?». Y ella dijo algo, no recuerdo qué… Me dio la impresión de que tenía una expresión como hambrienta, no sé si me entiendes… y bueno, resultaba muy incómodo, así que dije: «Perdone, pero será mejor que me vaya», y me solté (esa mujer tenía una fuerza extraordinaria en las muñecas) y subí el muro de un tirón.

Harriet lo miró, pero él parecía completamente serio.

– ¿Qué estatura tenía?

– Yo diría que como tú, o un poco más baja. De verdad, estaba tan asustado que no pude fijarme en demasiados detalles. No creo que la reconociera si volviera a verla. No me dio la impresión de que fuera una jovencita, y prácticamente no puedo decirte nada más.

– ¿Y dices que has guardado silencio, que no le has contado a nadie esta historia tan extraordinaria?

– Sí. No me pega nada, ¿verdad?, pero es que había algo extraño… no sé. Si se lo hubiera contado a cualquiera de los muchachos, se habrían partido de la risa, y no tiene nada de divertido. Por eso no dije nada. Además, no me parecía bien.

– Me alegro de que no quisieras que se rieran.

– No. El chico tiene buenos sentimientos. Y no hay nada más. Veinticinco, once, nueve… ese maldito coche se traga el aceite y la gasolina, como todas las máquinas grandes. Lo del seguro va a ser muy delicado. Querida tía Harriet, por favor, ¿tengo que seguir con esto? Me deprime.

– Puedes dejarlo hasta que yo me marche y entonces escribir todos los cheques y los sobres tú mismo.

– Negrera. Me voy a echar a llorar.

– Te daré un pañuelo.

– Eres la mujer menos femenina que he conocido en mi vida. El tío Peter cuenta con todas mis simpatías. ¡Mira esto! Sesenta y nueve, quince… cuenta rendida… No sé de qué iba.

Harriet no replicó; se limitó a extender cheques.

– Y no parece que haya mucho en Blackwell's. Una insignificancia de seis con doce.

– «Una pizca de pan para esta intolerable cantidad de jerez».

– Esa manía de las citas, ¿se te ha pegado del tío Peter?

– No pongas más cargas sobre los hombros de tu tío.

– ¿Tienes que restregármelo por las narices? Casi no hay nada de la bodega. Lo de beber mucho se está pasando de moda. ¿No es estupendo? Naturalmente, el jefe tiene el detalle de regalar un par de botellas de vez en cuando. ¿Te gustó el Niersteiner del otro día? Detalle del tío Peter. ¿Cuántas cosillas más de este tipo quedan?

– Unas cuantas.

– ¡Huy! ¡Cómo me duele el brazo!

– Si estás demasiado cansado…

– No, no. Puedo arreglármelas.

Harriet dijo al cabo de media hora:

– Ya está todo.

– ¡Gracias a Dios! Ahora dime cosas bonitas.

– No; tengo que marcharme. De camino echaré al correo estas cartas.

– Pero ¿te vas? ¿Así, sin más?

– Sí, me voy a Londres.

– Qué envidia. ¿Vendrás el próximo trimestre?

– No lo sé.

– ¡Vaya por Dios! Bueno, dame un beso de despedida.

Como no se le ocurrió ninguna forma de negarse que no provocara un comentario capaz de atacarla de los nervios, Harriet accedió reposadamente. Estaba a punto de marcharse cuando apareció la enfermera para anunciar otra visita. Era una joven, vestida con la máxima estupidez que dictaba la moda del momento, sombrero ladeado, como borracho, y uñas pintadas de morado brillante, que se acercó exclamando con tono compasivo:

– ¡Ay, Jerry, cielo! ¡Es absolutamente terrible!

– ¡Por Dios, Gillian! -dijo el vizconde sin demasiado entusiasmo-. ¿Cómo te has…?

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