Los secretos de Oxford
- Автор: Сейерс Дороти Ли
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
Te aseguro que, hasta la fecha, siempre que le he confiado algo a Gerald jamás me ha defraudado. Se aviene a ciertos lemas, pero no se aviene a una disciplina en la que se alternen indulgencia y severidad. Francamente, no sé quién lo haría.
Te pido excusas una vez más por molestarte con nuestros asuntos familiares. ¿Qué demonios estás haciendo en Oxford? ¿Te has retirado del mundo para dedicarte a la vida contemplativa? Ahora no intentaré disuadirte, pero trataré el asunto contigo, como de costumbre, el 1 del próximo abril.
Afectuosamente y con toda gratitud,
P.D.B.W.
Olvidaba decirte una cosa: gracias por contarme lo del accidente y por tranquilizarme sobre las consecuencias. No tenía ninguna noticia al respecto… Como dice James Forsyte: «A mí nadie me cuenta nada». Le escribiré unas amables líneas.
– ¡Pobrecito Peter! -dijo Harriet.
Esa frase probablemente merece ser incluida en la antología de los grandes acontecimientos.
Cuando Harriet fue a visitar a lord Saint-George para despedirse de él, lo encontró mucho mejor de aspecto, pero con expresión angustiada. Con un montón de papeles esparcidos por la cama, daba la impresión de estar intentando enfrentarse a sus asuntos y conseguir únicamente complicarse aún más la vida. Se animó considerablemente al ver a Harriet.
– ¡Vaya! Es usted precisamente la persona que me hacía falta. Yo no tengo cabeza para estas cosas, y estas espantosas facturas se me caen todo el rato de la cama. Soy capaz de escribir mi nombre bastante bien, pero con lo demás me despisto. Estoy seguro de que les he pagado a esas bestias por partida doble.
– Vamos a ver si puedo ayudarle.
– Esperaba que me lo dijera. Me encanta sentirme un poco mimado. No entiendo cómo se pueden ir acumulando las cosas de esta manera. Es que en estos sitios te estafan, pero algo tienes que comer, ¿no?, y ser socio de algunos clubes y jugar a algo. Desde luego, el polo sale un poco caro, pero eso prácticamente se ha acabado. No, en serio, no es nada. Por supuesto, el problema fue ir por ahí con esa pandilla en las vacaciones. Madre se cree que son estupendos porque son solteros de oro, pero la verdad es que son gente de mucho cuidado. No daría crédito si acabaran en la cárcel, y con ellos su niñito del alma. La penosa degeneración de la aristocracia rural y esas cosas. Solemne reprimenda del docto juez. Es que me atrasé un poquito con las cosas en Año Nuevo y no he vuelto a ponerme al día. Me da la impresión de que el tío Peter va a llevarse un pequeño susto. Por cierto; ha escrito. Esto le pega más.
Le lanzó la carta.
Querido Jerry:
De todas las desazones que pudieran haber amargado la vida de los sufridos parientes, tú eres con mucho la peor. Deja en paz ese maldito Alfa antes de que te mates, por lo que más quieras; por extraño que parezca, aún conservo ciertos vestigios de afecto por ti. Espero que te quiten el carnet de conducir de por vida, y también espero que te encuentres fatal. Probablemente sea así. Deja de preocuparte por el dinero.
Voy a escribirle a la señorita Vane para agradecerle su amabilidad contigo. Es una persona cuya buena opinión tengo en muy alta estima, de modo que sé compasivo con mis sentimientos, como hombre y como tío.
Bunter acaba de encontrar tres hebras de plata entre el oro, y está verdaderamente apesadumbrado. Me ruega que te presente sus respetuosas condolencias, y aconseja un masaje del cuero cabelludo (para mí, quiero decir).
Cuando puedas, envía unas líneas para informar de tu evolución a tu pesaroso y cada día más decrépito tío.
P. W.
– Recogerá toda una cosecha de hebras de plata cuando se dé cuenta de que no he pagado el seguro -dijo el vizconde con crueldad, mientras recogía la carta.
– ¿Cómo?
– Afortunadamente no hay ningún otro afectado, y la policía no estaba en el lugar de los hechos, pero supongo que recibiré noticias de Correos por el puñetero poste de telégrafos. Si tengo que presentarme ante los jueces y se entera el jefe, se enfadará. Va a costar un poco arreglar el coche. Yo tiraría ese maldito trasto, pero es que papá me lo regaló en uno de sus arrebatos de generosidad. Y por supuesto, prácticamente lo primero que me preguntó cuando salí de debajo del coche fue si el seguro estaba en orden, y como yo no me encontraba en condiciones de discutir, le dije que sí. Con tal de que no aparezca en la prensa lo del seguro, todo bien… solo que la reparación va a ser un buen pellizco en el total de la factura del tío Peter.
– ¿Y es justo que él tenga que pagar por eso?
– Totalmente injusto -repuso lord Saint-George alegremente-. El jefe tendría que pagar el seguro. Es como el viejo de las Termópilas: nunca hace nada como es debido. Si a eso vamos, no es justo que el tío Peter pague por todos los caballos que se caen cuando uno apuesta por ellos, ni por todas las asquerosas cazafortunas con las que uno tiene que cargar… Tendré que agruparlo bajo el epígrafe de «Varios». Y él dirá: «¡Ah, claro! Sellos de correos, llamadas telefónicas y recaderos». Y entonces yo perderé la cabeza y diré: «Bueno, tío…». Detesto esas frases que empiezan con «Bueno, tío». Me da la impresión de que se repiten una y otra vez y no llevan a ninguna parte.
– No creo que le pida detalles si usted no se los da. ¡Ya está! He ordenado todas estas facturas. ¿Quiere que le escriba los cheques y usted los firma?
– Si no le importa… No, no preguntará nada. Se quedará tranquilamente, con expresión inocente, hasta que yo se lo cuente. Supongo que es así como sonsaca a los delincuentes. No es un rasgo demasiado agradable. ¿Tiene esa nota de Levy? Eso es lo principal. Y hay una carta de un tipo llamado Cartwright, bastante importante. Me prestó algo en un par de ocasiones. ¿A cuánto dice que asciende?… ¡Tonterías! No puede ser tanto… Vamos a ver… Bueno, supongo que tiene razón…, y Archie Campbell… es mi corredor de apuestas… ¡Dios! ¡Qué gentuza! No deberían soltar a esas pobres bestias. ¿Y estos asuntillos sueltos? Se las arregla usted maravillosamente con estas cosas. ¿Lo sumamos todo y vemos qué pasa? Si me desmayo, pulse el timbre y vendrá la enfermera.
– No se me da bien la aritmética. Será mejor que lo compruebe. Parece increíble, pero no consigo que me salga menos.
– Vamos a añadir… digamos ciento cincuenta por la reparación del coche, y ya veremos. Pero ¿qué demonios tenemos aquí?
– «El retrato de un tonto de remate» -repuso Harriet sin poder contenerse.
– Un tipo increíble, ese Shakespeare. Siempre con la palabra adecuada para cada ocasión. Sí, desde luego; esto tiene el aspecto de «Bueno, tío». Claro, me dan la asignación trimestral a finales de mes, pero están las vacaciones y el trimestre siguiente. Y, por supuesto, tendré que ir a casa y ser buen chico; no puedo seguir así. El jefe me dio más o menos a entender que yo tendría que pagar al médico, pero no me di por aludido. Mi madre culpa de todo al tío Peter.
– ¿Y por qué demonios?
– Por darme mal ejemplo conduciendo a lo loco. Es un poco bruto, pero claro, nunca tiene tan mala suerte como yo.
– ¿Podría ser mejor conductor?
– Eso es un poco cruel, mi querida Harriet. ¿Te importa que te llame Harriet?
– Pues sí, bastante.
– Pero es que no puedo seguir llamando «señorita Vane» a una persona que conoce todos mis espantosos secretos. Quizá sería mejor que me acostumbrase a decir «tía Harriet»… ¿Eso qué tiene de malo? No puedes negarte a ser mi tía adoptiva. Mi tía Mary se ha vuelto de lo más hogareño y no puede dedicarme tiempo, y las hermanas de mi madre son la personificación de las arpías. Soy un incomprendido y huérfano de tías a todos los efectos prácticos.