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Los secretos de Oxford

Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:

Cuando Harriet Vane regresa a la Universidad de Oxford, encuentra a los profesores y alumnos de su college nerviosos por los extraños mensajes de un lunático. Con la ayuda de lord Peter Wimsey, Harriet empieza una investigación para desenmascarar al autor de las amenazas.
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
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Capítulo 10

Unos dicen que es la juventud tu falta,

otros que la licencia.

Unos dicen que es la juventud tu gracia,

y el gentil galanteo.

Unos y otros gracia y faltas aman,

pues tus faltas en gracias mudas.

WILLIAM SHAKESPEARE

A primera vista podría parecer que, en un acontecimiento presenciado por tantas personas y que había durado casi una hora (es decir, contando desde la primera alarma en el Tudor hasta la reinstalación del último fusible), resultaría fácil encontrar coartada para todas las personas inocentes. No fue así en la práctica, debido sobre todo a que los seres humanos se niegan tercamente a quedarse donde los ponen. Fue precisamente el exceso de testigos lo que creó la dificultad, porque parecía muy probable que la culpable se hubiera mezclado con la multitud una y otra vez al amparo de la oscuridad. Pudieron establecerse algunas coartadas sin dejar lugar a dudas: Harriet y la decana estaban juntas cuando se apagaron las luces en el ángulo noreste del patio nuevo; la rectora no había abandonado su casa hasta después de que empezara el alboroto, como podía atestiguar su personal de servicio; de los dos conserjes podían responder sus respectivas esposas, y en realidad jamás se había sospechado de ellos, puesto que se habían producido incidentes en anteriores ocasiones mientras se encontraban en sus puesto, y también la enfermera y su ayudante habían estado juntas todo el tiempo. La señorita Hudson, la alumna a la que se había considerado una «posible», estaba en una reunión tomando café cuando comenzaron los problemas y quedaba libre de sospecha; para gran alivio de Harriet, la señorita Lydgate también estaba en el Queen Elizabeth, disfrutando de la hospitalidad de una fiesta de las de tercer curso y acababa de levantarse para despedirse, comentando que se le había hecho más tarde de lo habitual, cuando se apagaron las luces. Quedó atrapada entre la muchedumbre y, en cuanto pudo liberarse, fue precipitadamente a su habitación a rescatar las pruebas.

Otros miembros del claustro se encontraban en una posición menos afortunada. El caso de la señorita Barton era interesante y misterioso. Según contó ella misma, estaba trabajando cuando arrancaron los fusibles del Tudor. Tras intentar encender el interruptor de la pared, miró por la ventana, vio una figura que corría por el patio y salió inmediatamente tras ella. La figura la esquivó en dos ocasiones al rodear el Burleigh, y de repente se abalanzó sobre ella por detrás; la lanzó contra la pared «con una fuerza extraordinaria» y le tiró la linterna que llevaba en la mano. Sin darle tiempo a recobrarse, quien la había atacado apagó las luces del Burleigh y desapareció. La señorita Barton no pudo dar una descripción de la persona en cuestión, salvo que llevaba «algo oscuro» y que corría muy deprisa. No le había visto la cara. La única prueba de esta historia era que, efectivamente, la señorita Barton presentaba una gran magullara en un lado de la cara, que según ella, se había hecho cuando la lanzaron contra una esquina del edificio. Se quedó tumbada unos momentos tras recibir el golpe, y mientras tanto la algarabía había llegado al patio nuevo. Efectivamente, allí se la había visto unos segundos con un par de alumnas. Después corrió a buscar a la decana, encontró su habitación vacía, volvió a salir a todo correr y se quedó con Harriet y las demás en la escalera oeste.

La historia de la señorita Chilperic era igualmente difícil de probar. Cuando en el Tudor se oyó el grito de «¡Ahí va!», ella fue una de las primeras en salir corriendo, pero, al no tener linterna y estar demasiado excitada para darse cuenta de por dónde iba, tropezó, se cayó por las escaleras de la terraza y se torció ligeramente un pie. Por eso se había retrasado en llegar al lugar de los hechos. Estaba entre la multitud del Queen Elizabeth, que la arrastró por el pórtico y entró directamente en los edificios del patio nuevo. Creyó oír pasos a su derecha, y había empezado a seguirlos cuando se apagaron las luces y, como no conocía bien el edificio, dio vueltas, confusa, hasta que al fin encontró la salida al patio. Al parecer, nadie recordaba haber visto a la señorita Chilperic después de que hubiera abandonado el Tudor; era esa clase de persona.

La tesorera se había quedado trabajando en la contabilidad del trimestre. Las luces de su edificio fueron las últimas en apagarse, y sus ventanas daban a la carretera y no al patio, de modo que no se enteró de nada hasta que el incidente ya estaba muy avanzado. Cuando la envolvió la oscuridad, fue a las habitaciones de la administradora (o eso dijo), que estaban enfrente, ya que las piezas de repuesto para la electricidad estaban allí. La administradora no estaba ni en su dormitorio ni en su despacho, pero cuando la señorita Allison salía de donde la había estado buscando, ella apareció en el sitio donde estaban los fusibles, salió a su vez y anunció que el cajetín había desaparecido. Entonces la tesorera y la administradora habían ido al patio y se habían mezclado con las demás.

La explicación que dio la señorita Pyke de sus movimientos era la más increíble. Vivía una planta más arriba que la tesorera y estaba trabajando en un artículo para los anales de una sociedad académica. Cuando se fue la luz dijo: «¡Vaya, hombre!», encendió un par de velas de las que guardaba para tales situaciones de emergencia y siguió trabajando tranquilamente.

La señorita Burrows afirmaba que estaba bañándose cuando fallaron las luces del edificio Burleigh y que, por una extraordinaria coincidencia, al salir precipitadamente de la bañera se dio cuenta de que se había dejado la toalla en el dormitorio. Como no tenía cuarto de baño propio, se vio obligada a ir a tientas por el pasillo, con la bata pegada al cuerpo chorreante, hasta su dormitorio, donde se secó y se vistió en medio de la oscuridad. Tardó un rato sorprendentemente largo y cuando se reunió con el resto del grupo, ya había acabado la diversión. Ninguna prueba, salvo la innegable presencia de agua jabonosa en un cuarto de baño de la planta en la que vivía.

Las habitaciones de la señorita Shaw estaban encima de las de la administradora, y su dormitorio daba a Saint Cross Road. Se acostó y se quedó dormida enseguida, porque estaba muy cansada, y no se enteró de nada hasta que todo hubo acabado. Lo mismo contó la señora Goodwin, que había regresado al college aquel mismo día, agotada tras ejercer de enfermera. Con respecto a la señorita Hillyard y la señorita De Vine, que vivían encima de la señorita Lydgate, no se les había apagado la luz y, como sus ventanas daban a la carretera, no se habían enterado de nada y atribuyeron un leve ruido en el patio al natural deseo de fastidiar de las alumnas.

Hasta después de que Padgett llevara unos cinco minutos esperando en vano junto a la ratonera, Harriet no hizo lo que debería haber hecho antes: un recuento completo del claustro. Las encontró en los sitios en los que, según lo que contaron posteriormente sobre sus movimientos, deberían haber estado, pero reunirlas a todas en una habitación con luz y mantenerlas allí no resultó tarea fácil. Localizó a la señorita Lydgate en su habitación y fue a buscar a las demás; les pidió que fueran a la habitación de la señorita Lydgate y que se quedaran allí. Entretanto llegó la rectora, que habló con las alumnas y les rogó que se quedaran tranquilamente donde estaban. Por desgracia, justo cuando se pensaba que podía comprobarse el paradero de todo el mundo, apareció una persona demasiado curiosa que se separó del resto del grupo y se puso a dar vueltas por el patio viejo anunciando con voz entrecortada lo que había pasado en el comedor. De inmediato volvió el caos. Las profesoras que iban mansamente como corderitos al redil perdieron la cabeza y se precipitaron hacia la oscuridad con las alumnas. La señorita Burrows gritó: «¡La biblioteca!», Y salió disparada, mientras que la administradora, gritando angustiada por las pertenencias del colegio, corrió tras ella. La decana ordenó: «¡Deténganlas!», y aplicándose la orden, la señorita Pyke y la señorita Hillyard salieron a toda prisa y desaparecieron. En medio de la confusión, todo el mundo se perdió como unas veinte veces, y cuando se volvieron a instalar los fusibles y por fin se reunió todo el grupo y se contaron sus integrantes, ya se había perpetrado el desaguisado.

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