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Los secretos de Oxford

Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:

Cuando Harriet Vane regresa a la Universidad de Oxford, encuentra a los profesores y alumnos de su college nerviosos por los extraños mensajes de un lunático. Con la ayuda de lord Peter Wimsey, Harriet empieza una investigación para desenmascarar al autor de las amenazas.
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
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– ¡Pobrecito! No pareces muy contento de verme.

Harriet huyó y se encontró a la enfermera en el pasillo, colocando un montón de rosas en un cuenco.

– Espero no haber cansado demasiado a su paciente con esos asuntos.

– Me alegro de que haya venido a ayudar. Estaba muy preocupado. ¿A que son preciosas las rosas? La señorita las ha traído de Londres. Tiene muchas visitas, pero no es de extrañar, ¿verdad? Es un encanto, ¡y las cosas que le dice a la hermana! Es que no puedes ponerte seria. ¿No le parece que tiene mucho mejor aspecto? El señor Whybrow ha hecho un trabajo estupendo con la herida de la cabeza. Ya le ha quitado los puntos… ¡y casi ni se le va a notar! Gracias a Dios, porque es tan guapo…

– Sí, es un joven muy apuesto.

– Ha salido a su padre. ¿Conoce usted al duque de Denver? Él también es muy apuesto. No diría yo que la duquesa sea guapa; más bien elegante. Tenía mucho miedo de que su hijo pudiera quedar desfigurado de por vida, y es que habría sido una verdadera lástima, pero el señor Whybrow es un cirujano excelente. Ya verá como se pone bien. La hermana está encantada… Le decimos que casi se ha enamorado del número quince. A todas nos va a dar lástima decirle adiós… Nos mantiene muy animadas.

– Ya me lo imagino.

– Y cómo le toma el pelo a la enfermera jefe. Diablillo descarado, así es como lo llama, pero no deja de reírse con sus cosas. ¡Vaya por Dios! Vuelve a llamar la diecisiete. Supongo que quiere una cuña. Sabe dónde está la puerta, ¿no?

Harriet se marchó, con la sensación de que debía de resultar muy gravoso ser tía de lord Saint-George.

– Naturalmente, si ocurriera algo durante las vacaciones… -dijo la decana.

– Lo dudo mucho -la interrumpió Harriet-. No hay suficientes espectadoras. Me imagino que de lo que se trata es de dar un espectáculo público, pero si ocurriese otro incidente, se reducirían las posibilidades.

– Sí; la mayoría de los miembros del claustro estarán fuera. El próximo trimestre, entre la directora, la señorita Lydgate y yo fuera de sospecha definitivamente, debería resultarnos más fácil vigilar. ¿Qué va a hacer?

– No lo sé. Estaba pensando en volver a Oxford una temporada, a trabajar. Este sitio te atrapa. Está tan poco comercializado… Creo que estoy demasiado agitada, y necesitaría un poco de sosiego.

– ¿Por qué no prepara un doctorado de literatura?

– Sí, sería bastante divertido, aunque me temo que no aceptarían a Le Fanu, ¿no? Tendría que ser algo más aburrido. Me vendría bien un poco de aburrimiento. Hay que seguir escribiendo novelas para ganarse el pan, pero me gustaría hincarle el diente a algo realmente académico y sustancioso, para variar.

– Bueno, de todos modos espero que venga aquí a pasar parte del trimestre. No puede dejar sola a la señorita Lydgate hasta que esas pruebas estén en manos del impresor.

– Casi me da miedo dejarla suelta estas vacaciones. No está contenta con el capítulo sobre Gerard Manley Hopkins; piensa que a lo mejor lo ha atacado desde un ángulo completamente erróneo.

– ¡Oh, no!

– Me temo que es ¡oh, sí!… En fin, ya me las arreglaré. Y con lo demás… bueno, ya veremos qué pasa.

Harriet se marchó de Oxford justo después del almuerzo. Mientras estaba colocando la maleta en el coche, se le acercó Padgett.

– Perdone, señorita, pero la decana piensa que le gustaría ver esto, señorita. Lo han encontrado esta mañana en la chimenea de la señorita De Vine, señorita.

Harriet miró la hoja de periódico medio quemada y arrugada. Habían recortado letras de los anuncios.

– ¿Está aquí todavía la señorita De Vine?

– Se ha marchado en el tren de las diez y diez, señorita.

– Gracias, Padgett. Voy a quedarme con esto. ¿Suele leer la señorita De Vine The Daily Trumpet?

– No diría yo que sí, señorita. Me parece más probable The Times o The Telegraph, pero lo puede averiguar fácilmente.

– Cualquiera podría haber tirado esto a la chimenea, claro está. No demuestra nada, pero me alegro mucho de haberlo visto. Buenos días, Padgett.

– Buenos días, señorita.

Capítulo 11

Déjame, oh, amor, que a polvo te reduces,

y tú, espíritu mío, a elevarte aspiras;

enriquécete con aquello que el orín no cubre,

lo que se marchita, pero marchitos placeres procura.

Tus rayos oculta y humíllalos

al dulce yugo donde la libertad perdura,

rompe las nubes y abre paso a la luz

que nos alumbra y para ver nos da la vista.

Sir PHILIP SIDNEY

La ciudad parecía extraordinariamente vacía y anodina; sin embargo, pasaban muchas cosas. Harriet vio a su agente y editor, firmó un contrato para una novela por entregas, se enteró del conflicto interno entre lord Gobbersleigh, propietario del periódico, y el señor Adrian Cloot, el crítico, entró de lleno en la furibunda disputa triangular entre Gargantúa Colour-Talkies Ltd., el señor Garrick Drury, actor, y la señora Snell-Wilmington, autora de Pastel de flor de la pasión, y en los detalles de la tremenda demanda por difamación contra The Daily Headline interpuesta por la señorita Sugar Toobin, y por supuesto, le interesó enormemente saber que Jacqueline Squills hacía maliciosas revelaciones sobre las costumbres y el carácter de su segundo ex marido en su nueva novela, Luz de gas.

Sin embargo, tales distracciones no lograron entretenerla. Para empeorar las cosas, se había atascado con la novela de misterio que estaba escribiendo. Tenía cinco sospechosos, convenientemente confinados en un viejo molino sin otra posibilidad de entrada o salida que un puente de tablones, y todos ellos con móviles y coartadas para un asesinato atractivo y original. En la historia no parecía haber ningún fallo importante, pero las permutaciones y combinaciones de las relaciones de las cinco personas empezaban a presentar una simetría antinatural, increíble. Los seres humanos no son así; los problemas humanos no son así; lo que realmente había era unas doscientas personas correteando como conejos por un college, haciendo su trabajo, viviendo su vida, impulsadas continuamente por motivaciones incomprensibles incluso para ellas mismas, y de repente, en mitad de todo, no un asesinato simple, comprensible, sino una locura inexplicable, sin sentido.

En todo caso, ¿cómo comprender las motivaciones y los sentimientos de otras personas cuando los propios seguían siendo un misterio? ¿Por qué esperar con irritación recibir una carta el 1 de abril y después sentirse preocupada y ofendida cuando no llega con el primer correo? Lo más probable era que la carta hubiera sido enviada a Oxford. No era nada urgente, puesto que sabía lo que contenía y cómo había que contestar, pero daba mucha rabia quedarse allí esperando.

Timbrazo. Entra la secretaria con un telegrama (probablemente sería eso). Un cablegrama farragoso e innecesario de la representante de una revista norteamericana para decir que llegaría al cabo de poco tiempo a Inglaterra y que estaba deseando hablar con la señorita Harriet Vane sobre un relato para su publicación. Cordialmente. ¿De qué demonios quería hablar aquella gente? No se escriben relatos hablando de ellos.

Timbrazo. Segundo correo. Carta con sello italiano. (Ligero retraso en la clasificación, sin duda.) Ah, gracias, señorita Bracey. Un imbécil con pésimo inglés ansioso por traducir las obras de la señorita Vane al italiano. ¿Podía informarle la señorita Vane de los libros que había escrito? Todos los traductores eran así: ni inglés, ni sentido común, ni avales. Harriet dijo brevemente lo que pensaba de ellos, le pidió a la señorita Bracey que remitiera el asunto al agente y volvió con el dictado.

– Wilfrid se quedó mirando el pañuelo. ¿Qué hacía en el dormitorio de Winchester? Con una extraña sensación de…

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