Los secretos de Oxford
- Автор: Сейерс Дороти Ли
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
– ¿Quiere subir un momento a tomar una copa o algo? -le preguntó Harriet a la puerta de su casa.
– Muchísimas gracias -contestó el señor Pomfret-. Si no es demasiado tarde…
Ordenó al taxista que esperase y subió pesadamente las escaleras, muy contento. Harriet abrió la puerta y encendió la luz. El señor Pomfret se agachó cortésmente para recoger la carta que había en el felpudo.
– Ah, gracias -dijo Harriet.
Lo llevó al salón y dejó que la ayudara a quitarse la capa. Al cabo de unos momentos cayó en la cuenta de que aún tenía la carta en la mano y de que su invitado y ella seguían de pie.
– Perdone. Siéntese.
– Por favor… -replicó el señor Pomfret con un gesto que daba a entender: «Léala y no se preocupe por mí».
– No es nada importante -dijo Harriet, dejando el sobre en la mesa sin miramientos-. Sé lo que es. ¿Qué quiere tomar? ¿Se sirve usted mismo?
El señor Pomfret inspeccionó cuantos refrigerios estaban a la vista y le preguntó a Harriet qué podía ofrecerle. Una vez solucionada la cuestión de las bebidas, hubo una pausa.
– Esto… ¿cómo está la señorita Cattermole? -dijo el señor Pomfret-. No he sabido prácticamente nada de ella desde… desde aquella noche en que la conocí a usted, en fin… La última vez que nos vimos me dijo que estaba trabajando mucho.
– Sí, sí. Eso tengo entendido. Tiene exámenes para pasar a segundo el próximo trimestre.
– ¡Pobrecilla! Siente gran admiración por usted.
– ¿En serio? Pues no entiendo por qué. Si mal no recuerdo, le eché un rapapolvo tremendo.
– Sí, bueno, conmigo se puso usted bastante firme, pero estoy de acuerdo con la señorita Cattermole. O sea, comparto su gran admiración por usted.
– Es usted muy amable -replicó Harriet distraídamente.
– Sí, de verdad. ¡Ya lo creo! Jamás olvidaré cómo se enfrentó a ese tipo, Jukes. ¿Sabe que se metió en un lío una semana después?
– Sí, y no me sorprende.
– No. Es un cerdo. Verdaderamente repugnante.
– Siempre lo ha sido.
– Bueno, por que el camarada Jukes pase una buena temporada a la sombra. No ha estado nada mal el espectáculo de esta noche, ¿verdad?
Harriet empezaba a cansarse del señor Pomfret y a desear que se marchara, pero habría sido una monstruosidad no portarse cortésmente con él. Hizo un gran esfuerzo por hablar con interés y vivacidad sobre la función a la que él tan amablemente la había llevado y lo logró hasta el extremo de que pasaron casi quince minutos hasta que el señor Pomfret se acordó del taxi que esperaba y se marchó, muy animado.
Harriet cogió la carta. Ahora que era libre para abrirla, no sentía el menor deseo de hacerlo. Le había estropeado la noche.
Querida Harriet:
Envío mi petición con la implacable regularidad de los inspectores de Hacienda, y probablemente dirás, al ver los sobres: «¡Oh, Dios mío! Ya sé qué es esto». La única diferencia es que, tarde o temprano, hay que prestar atención a los impuestos.
«¿Quieres casarte conmigo?» Empieza a parecer una de esas frases de una farsa, que resulta aburrida hasta que se repite lo suficiente y después te ríes más cada vez que la dicen.
Debería escribirte esa clase de palabras que queman el papel en el que se escriben, pero las palabras así no solo consiguen ser inolvidables, sino también imperdonables. De todos modos, tú quemarás el papel, y preferiría que no hubiera nada en él que no pudieras olvidar si lo desearas.
Bueno, ya está. No te preocupes.
Mi sobrino (en quien, por cierto, pareces haber fomentado una diligencia extraordinaria) me alegra en mi exilio con oscuras indirectas sobre tu participación en una historia peligrosa e incómoda en Oxford, sobre la cual ha dado su palabra de honor de no contar nada. Espero que esté equivocado, pero sé que si te traes algo entre manos, ni el peligro ni la incomodidad te echarán atrás, y Dios no quiera que sea así. Sea lo que sea, te deseo lo mejor.
No puedo tomar mis propias decisiones en este momento, ni sé adónde iré a continuación ni cuándo regresaré; espero que pronto. Entretanto, ¿podría albergar la esperanza de saber de vez en cuando que te va bien?
Tuyo, más que mío,
PETER WIMSEY
Tras leer la carta, Harriet comprendió que no podría descansar hasta haberla contestado. La amargura y la tristeza de los párrafos iniciales se explicaban fácilmente con los dos últimos. Peter probablemente pensaba (no podría evitar pensarlo) que, tras tantos años de conocerlo, Harriet había acabado por confiar no en él, sino en un muchacho al que doblaba la edad y que encima era su sobrino, a quien ella conocía desde hacía solo dos semanas y del que tenía pocas razones para fiarse. Peter no hacía comentarios ni preguntas; eso empeoraba las cosas. Y para mayor generosidad, se abstenía de ofrecerle ayuda y consejo, porque podría haberla molestado. Reconocía que ella tenía el derecho de correr los riesgos que quisiera. «Ten mucho cuidado.» «Detesto la idea de que te veas metida en algo desagradable.» «Ojalá pudiera estar allí para protegerte…» Cualquiera de estas frases habrían expresado la reacción masculina normal. Ni un hombre entre diez mil diría a la mujer amada, o a cualquier mujer: «… ni el peligro ni la incomodidad te echarán atrás, y quiera Dios que no sea así». Eso equivalía a admitir la igualdad, algo que Harriet no se esperaba de él. Si Peter concebía el matrimonio en esos términos, habría que revisar el problema a una nueva luz, pero parecía bastante improbable. Para adoptar semejante postura y mantenerla, Peter no tendría que ser un hombre, sino un milagro, pero había que aclarar inmediatamente el asunto de Saint-George. Harriet escribió con rapidez, sin pararse a pensar demasiado.
Querido Peter:
No, no lo veo posible, pero gracias de todos modos. Sobre el asunto de Oxford… Debería habértelo contado hace tiempo, pero no es mi secreto. No debería habérselo contado a tu sobrino, pero se había enterado de algo y tuve que confiarle el resto para evitar que metiera la pata sin querer. Ojalá pudiera contártelo a ti. Me alegraría que me ayudaras, y si me dan permiso para ello, lo haré. Es bastante desagradable, pero no peligroso, o eso espero. Gracias por no decirme que salga corriendo. Es el mejor cumplido que me has hecho.
Espero que tu caso, o lo que sea, vaya bien. Debe de ser difícil para que te lleve tanto tiempo.
HARRIET
Lord Peter Wimsey leyó esta carta sentado en la terraza de un hotel que daba a los Jardines Pincianos, que estaban bañados por un sol radiante. Le dejó tan estupefacto que estaba leyéndola por cuarta vez cuando se dio cuenta de que la persona que estaba de pie a su lado no era el camarero.
– ¡Mi querido conde! Perdóneme. ¡Qué modales! Estaba en las nubes. Haga el favor de sentarse conmigo. Servitore!
– Le ruego que no se disculpe. Es culpa mía, por haberle interrumpido, pero temiendo que anoche pudiera haber complicado la situación…
– Es una tontería hablar tanto y hasta tan tarde. Los adultos actúan como niños cansados a quienes se les ha permitido quedarse despiertos hasta medianoche. Reconozco que estábamos todos muy quisquillosos, sobre todo yo.
– Usted es siempre la gentileza personificada. Por eso he pensado que unas palabras con usted a solas… Los dos somos personas razonables.
– Conde, conde, espero que no haya venido para convencerme de nada. Me resultaría muy difícil negarme. -Wimsey dobló la carta y la guardó en su cartera-. Hace un sol radiante y estoy de humor para cometer errores por exceso de confianza.
– Entonces aprovecharé el buen momento.