Los secretos de Oxford
- Автор: Сейерс Дороти Ли
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
Trabajó tan contenta hasta las diez y media; se calmó el barullo del pasillo, y las palabras fluían con facilidad. De vez en cuando levantaba la vista del papel, dudando sobre una palabra, y por la ventana veía las luces del Burleigh y el Queen Elizabeth destellando al otro lado del patio, réplicas de las suyas. Muchas, sin duda, iluminaban animadas fiestas, como la del edificio anexo; otras prestaban ayuda a personas que, como ella, estaban entregadas a la esquiva búsqueda del saber, cubriendo de tinta el papel y dudando de vez en cuando sobre una palabra. Harriet se sentía parte viva de una comunidad con un objetivo común.
«A la hora de tratar lo sobrenatural, a Wilkie Collins siempre lo entorpeció la funesta ansia», escribió Harriet (¿puede entorpecerte un ansia? ¿Por qué no? Bueno, de momento sirve), «la funesta ansia de explicarlo todo. Sus estudios de derecho…». ¡Maldita sea! Demasiado largo. «Lo entorpeció la funesta costumbre del abogado de explicarlo todo. Sus espectrales demonios…» No, demasiado anticuado. «Sus apariciones fantasmales son demasiado pulcras, llevan el sudario perfectamente colocado y no dejan cabos sueltos que puedan inquietarnos. Es en Le Fanu donde hallamos al creador natural de… al maestro natural de… al maestro de lo portentoso cuya maestría viene dada por la naturaleza. Si comparamos…»
Antes de poder establecer la comparación, la lámpara se apagó de repente.
– ¡Maldición! -exclamó Harriet. -Se levantó y accionó el interruptor de la pared-. ¡Se ha fundido! -dijo, abriendo la puerta para investigar. El corredor estaba a oscuras y los lamentos y protestas a ambos lados proclamaban que se habían apagado todas las luces del Tudor.
Harriet cogió su linterna de la mesa y se dirigió hacia el pabellón principal del edificio. Inmediatamente se vio inmersa entre una multitud de estudiantes, algunas con linternas y otras pegadas a quienes las llevaban, todas ellas vociferantes, queriendo saber qué pasaba con la luz.
– ¡Silencio! -gritó Harriet, escudriñando tras la barrera de luces de linterna para reconocer a alguien-. Deben de haber saltado los fusibles. ¿Dónde está el cajetín?
– Debajo de las escaleras, creo -dijo alguien.
– Quédense donde están -dijo Harriet-. Yo iré a ver.
Naturalmente, nadie se quedó donde estaba. Todas bajaron, enfadadas y deseosas de ayudar.
– Es la Poltergeist -dijo alguien.
– Esta vez vamos a pillarla -añadió otra persona.
– A lo mejor solo han saltado -sugirió una tímida voz en medio de la oscuridad.
– ¡Sí, saltado! ¡A la comba! -exclamó con desprecio otra voz en tono más alto-. ¿Desde cuándo saltan los fusibles? -Y añadió en un susurro agitado-: Vaya, si es la Chilperic. ¿Para qué habré hablado?
– ¿Es usted, señorita Chilperic? -preguntó Harriet, alegrándose de haber encontrado a una de las profesoras-. ¿Ha visto a la señorita Barton por alguna parte?
– No, estaba en la cama.
– ¡La señorita Barton no está allí -dijo alguien desde el vestíbulo y después intervino otra voz:
– ¡Han arrancado el cajetín y se lo han llevado!
Y a continuación una voz aguda desde el extremo del pasillo de abajo:
– ¡Ahí va, corriendo por el patio!
Harriet fue arrastrada escaleras abajo por veinte o treinta alumnas hasta el medio del gentío arremolinado en el vestíbulo. Se formó un tapón en la entrada. Perdió a la señorita Chilperic y se quedó atrás, forcejeando. Abriéndose paso bruscamente hasta la terraza, vio a la tenue luz una sucesión de personas que cruzaban el patio a todo correr. Se oían voces estridentes. Después, cuando las primeras cinco o seis perseguidoras se recortaron contra las brillantes ventanas bajas del Burleigh, también aquellas luces se extinguieron.
Harriet corrió con todas sus fuerzas, no hacia el Burleigh, donde se repetía la barahúnda, sino hacia el Queen Elizabeth, que a su juicio sería el siguiente punto de ataque. Sabía que las puertas laterales estarían cerradas con llave. Pasando junto a la escalera del vestíbulo, llegó al pórtico y se abalanzó sobre la puerta. También estaba cerrada con llave. Retrocedió y gritó por la ventana más próxima:
– ¡Cuidado! Hay alguien gastando bromas. Voy a entrar. -Una estudiante sacó la despeinada cabeza-. Déjeme pasar -dijo Harriet levantando la ventana de guillotina y encaramándose al alféizar-. Están apagando todas las luces del colegio. ¿Dónde está el cajetín?
– Pues no lo sé -contestó la estudiante, mientras Harriet atravesaba la habitación.
– ¡Claro! ¡Cómo iba a saberlo! -exclamó Harriet, sin razón alguna.
Abrió la puerta y salió bruscamente… a una oscuridad infernal. En aquel momento el revuelo ya había llegado al Queen Elizabeth. Alguien encontró la puerta y la abrió, y aumentó el tumulto: quienes estaban dentro salieron en tromba y quienes estaban fuera entraron en tromba. Se oyó decir: «Alguien ha pasado por mi habitación y ha salido por la ventana justo después de que se apagaran las luces». Aparecieron varias linternas. Aquí y allá se iluminó momentáneamente una cara, la mayoría desconocidas. Entonces empezaron a apagarse también las luces del patio nuevo, empezando por el extremo meridional. Todo el mundo corría de un lado a otro. Harriet salió de estampida pegada al estrado, se dio de manos a boca con alguien y le enfocó la cara con la linterna. Era la decana.
– ¡Gracias a Dios! -exclamó Harriet-. ¡Por fin alguien donde de debe estar!
Se agarró a ella.
– ¿Qué ocurre? -preguntó la decana.
– Quédese quieta -dijo Harriet-. Tendré una coartada para usted aunque muera en el empeño. -Mientras pronunciaba estas palabras, se apagaron las luces del noreste-. ¿Está bien? ¡Entonces, venga! Vamos a la escalera del oeste y la pillaremos.
Por lo visto a varias personas se les había ocurrido la misma idea, porque la entrada a la escalera del oeste estaba bloqueada por una multitud de estudiantes, incrementada por la multitud de criadas a las que Carrie había liberado del ala que ocupaban. Harriet y la decana lograron abrirse paso y encontraron a la señorita Lydgate desconcertada, estrechando sus pruebas contra el pecho, decidida a que en aquella ocasión no les ocurriera nada. Se la llevaron entre las dos (casi en volandas, pensó Harriet) y se dirigieron hada los cajetines que había bajo la escalera. Allí estaba Padgett, montando guardia con expresión grave; se había puesto los pantalones sobre el pijama apresuradamente y llevaba un rodillo de amasar en la mano
– Este no se lo llevan -dijo-. Ya me encargo yo, señora decana, señorita. A punto estaba yo de meterme en la cama, porque ya habían vuelto todas las señoritas con permiso de salida nocturno. Mi mujer está llamando por teléfono a Jackson para que nos traiga fusibles nuevos. ¿Ha visto los cajetines, señorita? Los han arrancado con un escoplo o algo por estilo. Qué bonito. Pero este no se lo llevan.
Y no lo hicieron. En el lado oeste del patio nuevo, en la casa de la rectora, la enfermería y el ala del servicio, atrincheradas tras la verja que se había vuelto a cerrar, las luces brillaban con normalidad, pero cuando llegó Jackson con los fusibles, los edificios que habían quedado a oscuras mostraban las huellas del desaguisado. Mientras Padgett esperaba en la ratonera al ratón que no apareció, Poltergeist había pasado por todo el colegio rompiendo tinteros, tirando papeles a las chimeneas, destrozando lámparas y vajilla y arrojando libros por las ventanas. También había desaparecido el cajetín del comedor, y habían lanzado las tazas de plata de la mesa de autoridades contra los retratos, cuyos cristales se habían roto, y el busto de escayola de un benefactor victoriano, tras ser arrojado por la escalera de piedra, había acabado en un reguero de patillas desprendidas y facciones desintegradas.
– ¡Bueno! -exclamó la decana contemplando el destrozo-, Al menos tenemos que agradecer una cosa: que no volveremos a ver al reverendo Melchisedek Entwistle, pero ¡Dios mío!