Los secretos de Oxford
- Автор: Сейерс Дороти Ли
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
El teléfono. Un momento, por favor. (No podía ser; menuda estupidez comunicarse por conferencia desde el extranjero, tan cara.) ¿Diga? Sí, soy yo. ¡Ah!
Podría haberlo adivinado. Reggie Pomfret habló con un tono entre decidido y afable. ¿Querría o podría la señorita Vane soportarlo como acompañante para cenar y ver el nuevo espectáculo del Palladium? ¿Esa noche? ¿La siguiente? ¿Cualquiera? ¿Esa misma noche? El señor Pomfret apenas podía articular palabra de tanta alegría. Gracias. A colgar. ¿Por dónde íbamos, señorita Bracey?
– Con una extraña sensación de… Ah, sí, Wilfrid. Wilfrid sintió gran angustia al encontrar el pañuelo de su prometida en el dormitorio del hombre asesinado. Algo atroz. Una extraña sensación de… ¿Qué sentiría usted dadas las circunstancias, señorita Bracey?
– Supongo que pensaría que se habían equivocado en la lavandería.
– ¡Oh, señorita Bracey! Bueno… Vamos a decir que era un pañuelo de encaje. Winchester no habría podido confundir un pañuelo de encaje con uno suyo, aunque se lo enviaran de la lavandería.
– Pero ¿habría usado Ada pañuelos de encaje, señorita Vane? Porque se la presenta como una persona un tanto masculina, aficionada a los deportes y demás. Y no es como si llevara un traje de noche, porque era muy importante que apareciera con traje sastre de mezclilla.
– Cierto. Bueno… Entonces vamos a poner que el pañuelo es pequeño, pero no de encaje. Sencillo pero de buena calidad. Vamos a volver a la descripción del pañuelo… ¡Vaya por Dios! No, ya contesto yo. ¿Sí? ¿Sí? ¡Sí!… No, me va a resultar imposible. No, de verdad. ¿Ah, sí? Bueno, será mejor que les pregunte a mis agentes. Sí, eso es. Adiós. Un club que quiere un debate sobre si los genios deberían casarse. No es demasiado probable que el asunto afecte personalmente a sus miembros, así que no sé por qué se toman tantas molestias… Dígame, señorita Bracey… Ah, sí, Wilfrid. ¡Maldito Wilfrid! Qué mal está empezando a caerme ese hombre.
Antes de la hora del té, Wilfrid estaba poniéndose tan pesado que Harriet lo dejó, enfurecida, y se escapó a un cóctel literario. En la habitación en la que se celebraba hacía demasiado calor y había demasiada gente, y todos los escritores allí reunidos hablaban sobre a) los editores; b) los agentes; c) las ventas de sus propios libros; d) las ventas de los libros de los demás, y e) la increíble actuación de los seleccionadores del libro del momento por haber otorgado la efímera corona a Tortuga de imitación, de Tasker Hepplewater. Según uno de los distinguidos miembros del jurado, «…terminé este libro con las lágrimas corriéndome por la cara». El autor de El diente de la serpiente le confió a Harriet mientras tomaba una petite saucisse y una copa de jerez que debían de ser lágrimas de puro aburrimiento, pero el autor de Polvo y escalofrío dijo que no, que probablemente eran lágrimas de risa, provocadas por el involuntario humor del libro, y ¿conocía a Hepplewater? Una joven muy airada, a cuyo libro no habían prestado la menor atención, proclamó que todo el mundo sabía que aquel asunto era una farsa. El libro del momento se elegía por turnos entre la lista de cada editorial, de modo que su Ariadne Adams había quedado automáticamente excluido por el simple hecho de que su sello editorial había sido honrado con la distinción en enero. Sin embargo, alguien le había asegurado en privado que el crítico de The Morning Star había sollozado como una criatura con las últimas cien páginas de Ariadne y que probablemente lo elegiría libro de la quincena, siempre y cuando se pudiera convencer al editor para que reservase espacio publicitario en el periódico. El autor de El limón exprimido coincidía en que la publicidad estaba detrás de todo; ¿no sabían que The Daily Flashlight había intentado chantajear a Humphrey Quint para que se anunciase con ellos? Y que al negarse, le habían dicho con tono misterioso: «Bueno, señor Quint, ya sabe lo que va a ocurrir». ¿Y que desde entonces el Flashlight no le había dedicado ni una sola línea a los libros de Quint? ¿Y que cuando Quint lo hizo público en The Morning Star las ventas de sus libros se dispararon un cincuenta por ciento? Bueno, una cantidad increíble, en cualquier caso. Pero el autor de Devaneo de primavera dijo que para la gente del libro del momento lo que contaba era el tirón personal… Seguro que recordaban que Hepplewater se había casado con la hermana de la última esposa de Walton Strawberry. El autor de Un plácido día coincidía en lo del tirón, pero pensaba que en este caso era de carácter político, porque en Tortuga de imitación se hacía convincente propaganda antifascista y era bien sabido que podías meterte al viejo Sneep Fortescue en el bolsillo con un buen bofetón a los Camisas Negras.
– Pero ¿de qué trata Tortuga de imitación? -preguntó Harriet.
Sobre este punto, la mayoría de los escritores dieron vagas explicaciones, pero un joven que escribía relatos humorísticos para revistas y, por consiguiente, podía permitirse cierta tolerancia con las novelas, dijo que la había leído y que le parecía bastante interesante, solo que un poco larga. Era sobre un profesor de natación de un balneario con una obsesión tan extrema con el antinudismo tras contemplar a tantas nadadoras bellas que llega a reprimir por completo sus emociones naturales. Así que se enrola en un ballenero y se enamora de una esquimal nada más verla, porque es un hermoso fardo de prendas de ropa. Se casa con ella y se la lleva a vivir a un barrio residencial, donde la esquimal se enamora de un vegetariano nudista. Entonces el marido se vuelve un poco loco, se obsesiona con las tortugas gigantes y pasa todo su tiempo libre contemplando el tanque de las tortugas del acuario, observando los lentos monstruos mientras nadan significativamente protegidos por sus conchas. Pero desde luego tenía muchas cosas; era uno de esos libros que reflejan las reacciones del autor hacia las cosas en general. En definitiva, significativo era lo que mejor lo definía.
Harriet empezó a pensar que quizá podría reconocérsele algo incluso a la trama de La muerte entre viento y agua. Era, al menos, significativa de nada en especial.
Volvió irritada a Mecklenburg Square. Al entrar en la casa oyó el teléfono, que sonaba como un poseso en el primer piso. Subió las escaleras apresuradamente… Nunca se sabe con las llamadas telefónicas. Justo cuando estaba metiendo la llave en la cerradura, el teléfono enmudeció.
– Maldita sea -dijo.
Había un sobre en el suelo, dentro. Contenía recortes de prensa. Uno de ellos la llamaba señorita Vines y decía que se había licenciado en Cambridge; en otro se comparaba negativamente su obra con la de un escritor norteamericano de novelas de misterio; un tercero era una reseña tardía de su último libro, que desvelaba la trama; un cuarto le atribuía una novela de otra persona y aseguraba que Harriet «adoptaba una actitud deportiva ante la vida» (a saber qué significaría aquello).
– ¡Vaya día! -exclamó Harriet, muy ofendida-. ¡Primero de abril tenía que ser! Y encima tengo que ir a cenar con ese condenado estudiante para que me haga sentir la carga de una edad incalculable.
Sin embargo, y para su sorpresa, disfrutó de la cena y del espectáculo. La falta de complejidad de Reggie Pomfret resultaba reconfortante. No sabía nada de envidias literarias; no tenía opinión sobre la importancia relativa de las lealtades personales y profesionales; se reía con ganas de ocurrencias sencillas; no dejaba al descubierto sus centros nerviosos ni los de la otra persona; no empleaba palabras de doble sentido; no te desafiaba a que lo atacaras para después enroscarse bruscamente como un armadillo, presentando una suave superficie defensiva de citas irónicas; no tenía trasfondos de ningún tipo; era un joven bondadoso, no muy inteligente, deseoso de complacer a quien lo había tratado con amabilidad. A Harriet le pareció sumamente relajante.