Los secretos de Oxford
- Автор: Сейерс Дороти Ли
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
El conde apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó hacia delante, con las yemas de los pulgares juntas, las yemas de los meñiques juntas, sonriente, irresistible. Se despidió al cabo de cuarenta minutos, aún sonriente, habiendo cedido, sin darse cuenta, bastante más de lo que había obtenido, y habiendo contado con diez palabras más de lo que le habían contado a él con mil.
Pero, naturalmente, Harriet no sabía nada de este paréntesis. Aquel mismo día, por la noche, estaba cenando sola y un poco deprimida en Romano's. Estaba a punto de terminar cuando vio a un hombre que, mientras salía del restaurante, le dirigía un vago gesto, como si la hubiera reconocido. Era cuarentón, con calvicie incipiente, de rostro terso, expresión ausente y bigote oscuro. Harriet no pudo situarlo durante unos momentos; después, sus andares indolentes y su impecable traje le recordaron una tarde en Lord's. Le sonrió, y él se acercó a su mesa.
– ¡Hola, buenas! Espero no incordiar. ¿Cómo va el trabajo?
– Muy bien, gracias.
– Estupendo. Había pensado en venir a pasar el rato, pero me daba miedo que no se acordara de mí o que me considerase un pesado.
– Por supuesto que me acuerdo de usted. Es el señor Arbuthnot, el honorable Frederick Arbuthnot, y es amigo de Peter Wimsey. Lo conocí en el partido entre Eton y Harrow hace dos años, está usted casado y tiene dos hijos. ¿Cómo están?
– Tirando, gracias. ¡Qué cabeza tiene usted! Sí, menuda tarde de calor. No entiendo por qué tienen que arrastrar a unas mujeres indefensas hasta esos sitios para que se aburran mortalmente mientras un puñado de chicos juegan el partido de desempate con sus antiguas corbatas. Es una broma. Usted se portó divinamente, lo recuerdo.
Harriet replicó pausadamente que disfrutaba con un buen partido de críquet.
– ¿En serio? Yo pensaba que era por cortesía. Para mi gusto es demasiado lento, pero la verdad es que nunca se me ha dado muy bien, al contrario que a Peter, que es capaz de ponerse atacado de los nervios pensando en que él podría haberlo hecho mucho mejor.
Harriet le ofreció café.
– No sabía yo que a nadie le diera un ataque nervios en Lord's. Pensaba que eso no se hacía.
– Bueno, el ambiente no recuerda precisamente a la final de copa, pero hasta los ancianitos más afables pueden ponerse a veces un poco criticones. ¿Le apetece un brandy? Camarero, dos copas de brandy. ¿Está escribiendo más libros?
Conteniendo la rabia que siempre desata esta pregunta en el escritor profesional, Harriet reconoció que sí.
– Debe de ser maravilloso saber escribir -dijo el señor Arbuthnot-. A veces pienso que yo podría inventar una buena historia, si tuviera cabeza para ello. Sobre las cosas tan extrañas que ocurren, ya me entiende. Tratos raros y esas cosas.
Un borroso recuerdo de algo que había dicho Wimsey en una ocasión iluminó el laberinto mental de Harriet. El dinero. En eso consistía la relación entre ambos. Por lerdo que fuera en otros aspectos, el señor Arbuthnot tenía olfato para el dinero. Sabía siempre qué iba a hacer ese misterioso producto; era de lo único que sabía, y era por instinto. Cuando las cosas estaban a punto de subir o bajar, sonaba una campanilla en lo que Freddy Arbuthnot llamaba su cabeza y él actuaba obedeciendo a la señal sin poder explicar por qué. Peter tenía dinero, y Freddy comprendía el dinero; ese debía de ser el interés y el vínculo de confianza recíprocos que explicaban una amistad por lo demás inexplicable. Harriet admiraba la extraña red de intereses que une a la mitad masculina de la humanidad formando un apretado panal, cada una de cuyas celdas solo está en contacto por uno de sus lados con la siguiente pero, aun así, constituye un tejido consistente y adherente.
– El otro día apareció una historia curiosa -añadió el señor Arbuthnot-. Un asunto de lo más misterioso. Para mí no tiene ni pies ni cabeza, y al bueno de Peter le habría encantado. Por cierto, ¿qué tal está Peter?
– Hace tiempo que no lo veo. Está en Roma. No sé qué hace allí, pero supongo que lleva algún caso.
– No. Supongo que ha abandonado su país por el bien de su país. Normalmente es por eso. Espero que consigan dejar las cosas tranquilas. Las divisas andan un poco inquietas.
El señor Arbuthnot parecía casi inteligente.
– ¿Y qué tiene que ver Peter con las divisas?
– Nada, pero si algo estalla, afectará a las divisas.
– Me suena a chino. ¿Cuál es el trabajo de Peter en todo esto?
– El Ministerio de Asuntos Exteriores. ¿No lo sabía?
– No tenía ni idea. No es un destino permanente, ¿no?
– ¿Quiere decir en Roma?
– En el Ministerio de Asuntos Exteriores.
– No, pero a veces se lo llevan cuando creen que lo necesitan. Se lleva bien con la gente.
– Comprendo. Me pregunto por qué nunca lo habrá mencionado.
– Pero si no es ningún secreto. Lo sabe todo el mundo. Probablemente pensó que a usted no le interesaría. -El señor Arbuthnot dejó en equilibrio la cucharilla sobre la taza con expresión abstraída-. Yo le tengo un enorme cariño al bueno de Peter -fue su siguiente contribución, un tanto irrelevante-. Es de muy buena pasta. La última vez que lo vi me dio la impresión de que no andaba muy bien… En fin, tengo que marcharme.
Se levantó con cierta brusquedad y se despidió.
Harriet pensó en lo humillante que resulta dejar en evidencia la propia ignorancia.
Diez días antes del comienzo del trimestre, Harriet ya no soportaba Londres. El toque final se lo dio ver asqueada un avance de La muerte entre viento y agua que incluía una nota publicitaria excepcionalmente exagerada. Empezó a sentir una terrible nostalgia de Oxford y el Estudio de Le Fanu, libro que jamás tendría valor publicitario, pero sobre el que algún estudioso quizá comentaría con moderación algún día: «La señorita Vane trata el tema con agudeza y precisión». Llamó a la administradora, se enteró de que podía alojarse en Shrewsbury y regresó inmediatamente al mundo académico.
En el college no había nadie, salvo ella, la administradora, la tesorera y la señorita Barton, que desaparecía a diario en la cámara Radcliffe y solo se dejaba ver durante las comidas. También estaba la rectora, pero en su propia casa.
Abril tocaba a su fin, frío y caprichoso, pero con la promesa de buenas cosas venideras, y la ciudad presentaba la belleza retraída y discreta que la envuelve en la época de vacaciones. No resonaba un clamor de voces jóvenes entre sus ancestrales piedras; el tumulto de raudas bicicletas se apaciguaba en el estrecho paso del Turl; en Radcliffe Square, la cámara dormía como una gata al sol, y solo despertaba de vez en cuando con las lentas pisadas de un profesor; incluso en High Street, el estruendo de coches y autobuses parecía disminuir y decrecer, pues aún no habían llegado las vacaciones estivales; bateas y piraguas, recién puestas a punto para el trimestre de verano, empezaban a apuntar por el Cherwell como los esmaltados brotes del castaño de Indias, pero aún no se agolpaban las embarcaciones en la brillante cuenca; las melodiosas campanas elevaban su canto en torres y agujas, hablando del rápido paso del tiempo en una paz eterna, y la Great Tom, con sus ciento una campanadas nocturnas, solamente llamaba a los grajos de la pradera de Christ Church.
Las mañanas en la Bodleiana, adormilada entre los marrones desteñidos y el dorado deslustrado de la biblioteca Duke Humphrey, olfateando el leve olor a moho del cuero que se deterioraba lentamente, oyendo tan solo el discreto tip-tap de los pasitos de roedor sobre el suelo acolchado; las largas tardes remontando el Cher en una canoa de balancín, notando el áspero beso de las espadillas en las palmas de las manos desacostumbradas, escuchando el clinc-clonc, rítmico y placentero, de los escálamos; observar el juego muscular de los robustos hombros de la administradora a cada golpe de remo mientras el cortante viento de primavera pegaba la fina blusa de seda contra ellos o, si el día era más cálido, avanzar rápidamente en una canoa bajo los muros del Magdalen, por el canal del King's Mill, pasando por la isla de Mesopotamia hasta la zona de Parson's Pleasure; después volver, con la mente relajada y el cuerpo desentumecido y vigoroso, a preparar tostadas en la chimenea, y después, por la noche, la lámpara encendida y la cortina corrida, el aleteo de la página al volverse y el suave rascar de la pluma sobre el papel, únicos sonidos que rompían el silencio absoluto entre las campanadas de los cuartos. De vez en cuando Harriet sacaba la carpeta de los anónimos y le echaba un vistazo; sin embargo, a la luz de aquella lámpara solitaria, incluso los feos garabatos impresos parecían inofensivos e impersonales, y el deprimente problema, menos importante que determinar la fecha de una primera edición o resolver una interpretación objeto de controversia.