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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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Se hizo entonces el típico silencio vespertino de Rehavia, tan sólo interrumpido por los gorjeos de los pájaros y por distantes acordes musicales. Klein continuaba mirando por la ventana de detrás del escritorio y Michael no entendía por qué no iba al grano. Luego Klein dio media vuelta y dijo:

– Tenía que ponerle en situación para resaltar qué raro estaba Iddo cuando volvió de Carolina del Norte. Llegó tarde, sobre las once de la noche; lo recuerdo porque estaba preocupado… pensaba que quizá había tenido una avería, y no sabía más inglés que el que había aprendido en el colegio. Lo esperé levantado. Nada más abrir la puerta, le pregunté qué le pasaba, porque estaba pálido y ojeroso, y por un momento pensé que lo habían atracado, aunque no vi desgarrones en su ropa ni magulladuras. Dijo que lo único que le pasaba era que estaba cansado, y guardo un vivido recuerdo de la extraña mirada de desaliento que había en sus ojos mientras lo decía. Pero di por buena la explicación de que estaba cansado.

A continuación Klein preguntó: «¿Me permite?», señalando el paquete de tabaco. Michael se apresuró a indicarle con un gesto que cogiera uno, encendió una cerilla y se inclinó hacia él para darle fuego.

– Dejé de fumar hace cinco años -comentó Klein avergonzado, y retomó el hilo de la narración-. A la mañana siguiente no bajó a desayunar. Me fui a dar clases sin haberle visto. Supuse, como es natural, que estaría dormido. Ofra y las niñas se habían ido de viaje; esa vez no lo vieron. Conservo en la memoria una imagen muy vivida y precisa de todo. Cuando regresé, lo encontré sentado a oscuras en el cuarto de estar. No sé si me estoy explicando bien -suspiró y exhaló una blanca voluta de humo-. En Iddo no había espacio para el desenfreno, para el romanticismo, para el extremismo, y lo he conocido desde su primer año en la universidad; siempre fue amable y cortés. Ni siquiera se le veía excitado cuando nació su hija. Era una persona reservada; junto a él, a veces me sentía vulgar, tan comedida y equilibrada era la impresión que daba. Y repentinamente me lo encuentro sentado a oscuras. Cuando encendí la luz, se quedó mirándome de hito en hito y dijo que no se había dado cuenta de que se había hecho de noche. Tenía un aire atormentado. Me senté frente a él y le pregunté qué ocurría, varias veces: «Iddo, ¿qué te pasa?», y al fin me soltó: «Ariyeh, ¿desde hace cuántos años conoces a Tirosh?», y yo le contesté lo que todo el mundo sabía: que éramos de la misma edad, que nos conocimos durante su primer año en Jerusalén y habíamos sido íntimos desde entonces. Pero Iddo no me escuchaba; me preguntó si realmente lo conocía. Quise darle una respuesta irónica, pero él la rechazó enfadado. De pronto, había en él algo que inspiraba miedo, parecía arrebatado por una pasión devastadora, como un personaje de una novela de Hermann Hesse.

»Le interrogué sobre la impresión que le había causado Washington, sobre su encuentro con el abogado y con el hombre que conocía a Ferber del campo de trabajos forzados, pero él me respondió de una manera muy lacónica, extraña en él. «Estupendo, estupendo», repitió varias veces, y luego volvió a preguntarme si realmente conocía a Shaul Tirosh, y una vez más traté de plantear si era posible conocer a alguien «de verdad», pero él se negó a aceptar esa línea de argumentación y me repitió obstinadamente la pregunta. Terminé por decirle algo que era la verdad, que me parecía conocerlo hasta donde un hombre como yo podía llegar a conocer a un hombre como él; que, para mí, Tirosh era el exponente por excelencia del nihilismo, mientras que yo había tratado toda la vida de ser exactamente lo contrario, y ésa es una de las razones que me llevaron a especializarme en la poesía medieval.

Klein volvió a echar una ojeada a la fotografía del hombre vestido de traje de chaqueta y, al reparar en la mirada inquisitiva de Michael, dijo:

– Shirman. Es una fotografía de Shirman, que fue mi profesor. ¿Lo conoció? -Michael hizo un vago gesto negativo con la cabeza y Klein retomó el hilo de su explicación-: Escogí la poesía medieval, aunque también conozco bien la poesía moderna, por su riguroso orden, porque no me obligaría a detenerme en la pregunta: «¿Qué pretendía decir el poeta?». El clasicismo puro era lo que me atraía. No soportaba los tediosos despropósitos de los estudiosos de la poesía moderna, los debates interminables, la pavorosa ignorancia. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces en la vida nos es dado tener alumnos como Iddo Dudai?

»Le hablé con tanta franqueza a Iddo porque notaba que estaba destrozado. Y me extendí sobre las diferencias entre nosotros, entre Shaul y yo. Pero al final concluí diciendo que le podía asegurar que conocía bien a Shaul Tirosh, con todas sus debilidades y virtudes, y él me miró con una amargura terrible y dijo: «Quiero decirte que no lo conoces en absoluto, aunque pienses lo contrario». Y yo me avine a darle la razón, principalmente porque me moría de hambre. Y como veía que no estaba de humor para salir a cenar fuera, le sugerí que nos trasladásemos a la cocina. Y allí, mientras yo preparaba una ensalada, Iddo se colocó a mis espaldas y me preguntó si, en mi opinión, Tirosh era un buen poeta. Recuerdo que lo miré un momento, pensando que había perdido la cabeza, y luego le dije que la poesía era, para Tirosh, la justificación de su existencia, lo que le permitía llevar una vida tan solitaria, y que, en mi opinión, como bien sabía Iddo, era un gran poeta.

»Rompió a reír, algo muy extraño en él; Iddo no se reía mucho y, además, fue una risa rara, con un cariz demoníaco; entonces volví a preguntarle: «¿Qué pasa?», y él respondió: «No pasa nada». Recuerdo las palabras y el tono exacto con que las dijo, porque era una respuesta típica de Shaul, de su manera de hablar. Una vez más le interrogué sobre el abogado y el hombre del campo de concentración, e Iddo me dijo: «Te lo contaré algún día, pero no ahora», y luego me comentó que iba a tratar de adelantar su regreso a Israel. Con grandes esfuerzos y escaso éxito, intenté que comiera algo y le hablé de otras cosas, pero él estaba ausente. No sé -Klein apagó la colilla- dónde había pasado Iddo la noche anterior, en algún lugar entre Carolina del Norte y Nueva York. Era evidente que había atravesado una crisis muy fuerte, que le había ocurrido algo espantoso, pero no sé qué pudo ser; aunque estuvo dos días más en casa antes de regresar a Israel, desaparecía temprano por la mañana y volvía a altas horas de la noche. Mientras lo llevaba al aeropuerto traté de hacerle hablar, y me dijo: «Antes tengo que hablar con Tirosh», y ésas fueron las últimas palabras que le oí pronunciar.

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