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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– ¿Sabe que estuvo casada con Shaul Tirosh? -preguntó Michael.

Ariyeh Klein volvió a sonrojarse. Miró a Michael con aprensión y objetó:

– Hace años; todo eso está pasado y olvidado -y, con mucho cuidado, dejó el abrecartas sobre la mesa.

– ¿Lo sabía la gente?

– No -respondió Klein, enjugándose el rostro con sus manazas- No lo creo. Shaul nunca hablaba de eso, y Yael también prefería… no recordarlo.

Michael permaneció callado y Klein desvió la vista, incómodo; pero al final se rindió y miró al policía a los ojos.

Hacía unos quince años, le explicó, podría calcular la fecha exacta si era un dato importante, al salir de un aula del edificio Mazer de Givat Ram, vio que una jovencita vestida de negro lo esperaba junto a la barandilla de la galería. Recordaba exactamente dónde la vio, dijo pasándose la lengua por los labios. La chica quería hablar con él. No la conocía de nada, y si le hizo pasar a su despacho fue porque la vio desesperada. Ella le contó cómo había conocido a Shaul.

– Cuando mencionó su nombre -dijo Klein, sonriendo-, pensé que sería otra de sus víctimas, como todas las mujeres que siempre estaban enamorándose de él. Pero me pareció más joven que las demás, más vulnerable y, en general, diferente.

«Quiere decir más guapa que las demás», interpretó Michael. Klein le habló a continuación de la época en que las chicas de Tirosh venían a llorarle sus penas y él las consolaba. Michael frunció los labios y luego se planteó si no estaría celoso; pero no dijo nada y escuchó pacientemente la historia de la «jovencita especial» con la que Tirosh se había casado durante su año sabático en Canadá, después de dejarla embarazada; luego había echado marcha atrás y, sin dar explicaciones, la había obligado a abortar, a separarse de él y a volver a Israel, sola y humillada.

– Él se lo tomó todo como un juego -explicó Klein perplejo-. La invitó a ir a Canadá, y luego cambió de idea, sencillamente cambió de idea -meneó la cabeza sin entender nada.

Michael preguntó por qué Yael había ido a hablar con él en aquella primera ocasión.

– En cuanto se recuperó del aborto, cogió un avión y regresó a Israel; huyó de la quema. Por lo visto, sentía la necesidad de contar con el apoyo de alguien próximo a Shaul Tirosh. Yo le presté todo el apoyo que pude, hablé con ella durante horas y horas, y al final incluso escribí a Shaul para hablarle de su problema. Me daba la impresión -explicó en tono de disculpa- de que tenía cierto ascendiente sobre él, de que Shaul me respetaba.

Sí, Shaul había colaborado y no se había opuesto al divorcio, pero desde entonces, la barrera que los separaba se había reforzado. Shaul siempre había conservado una relación especial con Yael, como si de algún modo sintiera remordimientos. Y a Klein se le nubló el semblante.

Michael solicitó una explicación sobre esos remordimientos.

– Cierto es -tartamudeó Klein- que no era la única a la que había dejado embarazada; hubo otros dos casos; pero Yael era tan joven, tan insegura, tan frágil.

Y Michael recordó la dulce voz que le había respondido: «fue algo que pasó hace años» a la pregunta sobre sus relaciones con Tirosh. Pero, en voz alta, se conformó con preguntar por qué Yael había guardado esa historia en secreto.

Después de encogerse de hombros, Klein contestó que a Tirosh no le agradaba que le recordasen sus culpas y que Yael había sufrido un severo trauma a causa del aborto y de la humillación, «aunque después se comportaba como si fuera algo de un pasado olvidado».

Una vez más se hizo el silencio, y Klein lo rompió con la filosófica observación de que algunas personas no son capaces de soportar la fealdad de la existencia. Como Yael, que sufría ante la visión de un cubo de basura. Los platos sucios en la pila, la sangre, las secreciones corporales, el olor a sudor en el autobús, los mendigos, las paredes desconchadas, «todas esas cosas le parecen feas», dijo con vehemencia.

– No vaya a pensar que es una niña mimada. Si supiera cómo le afecta, lo comprendería. A veces me pregunto cómo se las arregla para vivir. Hay personas así -dijo persuasivamente-, y hay otras que viven para la belleza, como Tuvia Shai, lo que constituye un fenómeno muy distinto.

Michael sintió cómo se tensaban sus músculos y solicitó una explicación.

– Hace algunos años, asistí con Tuvia a un congreso celebrado en Roma, y fui con él al Museo Capitolino. Cuando estábamos contemplando los bustos de los emperadores romanos, me volví hacia Tuvia para hacerle un comentario sobre la cara de Marco Aurelio, pero Tuvia no estaba a mi lado. Lo busqué con la mirada y lo vi parado junto al Galo moribundo.

Michael asintió. Recordaba la estatua, la suavidad del mármol, la musculatura del brazo de aquella figura que trataba de no desplomarse.

– No me atreví a acercarme a él -dijo Klein-. Me aparté y observé la expresión de su rostro. Una expresión de total abandono. Nunca había visto sus ojos tan llenos de vida, tan expresivos, como en aquel momento en que, sintiéndose solo, a sus anchas, acariciaba con delicadeza el mármol de la estatua. Entonces entendí muchas cosas.

– ¿Qué, por ejemplo? -le espetó Michael, y echó una ojeada a su reloj antes de volver a clavar la vista en Klein.

– Su actitud hacia Shaul, la alegría que sentía en su compañía. A Tuvia no le conmueve la belleza de la naturaleza…, un paisaje montañoso o una puesta de sol sobre el mar. Busca la perfección en el arte. Al salir del museo fuimos a comer y Tuvia no paró de hablar de la perfección del arte. No prestaba atención a la comida, bebía vino como si fuera agua. Hablaba como un hombre que tratase de revivir el recuerdo de la mujer amada -Klein se detuvo, quizá sintiendo que se había delatado, y dirigió a Michael una mirada sarcástica y triste-. Ha aludido usted antes a la vida privada de Tuvia -prosiguió indeciso-. Pocas personas serían capaces de comprender la situación. Ahora tal vez esté usted más capacitado para ver los hechos que son de dominio público bajo una luz diferente; quizá ahora podrá entender la absoluta abnegación con que Tuvia Shai trataba al poeta Shaul Tirosh, el hecho de que estuviera dispuesto a poner todo en sus manos. Si Shaul se lo hubiera pedido le habría entregado su vida, y no digamos a su mujer.

– Quería preguntarle otra cosa, después de lo que me ha contado sobre Iddo Dudai -dijo Michael, como si no hubiera oído las últimas palabras de Klein.

Klein se quedó a la espera, mirándolo.

– ¿Le puso Iddo Dudai las grabaciones de las entrevistas que realizó en Estados Unidos?

– No -repuso Klein con aprensión-. Tan sólo me dijo que iba a grabarlas.

– ¿Y nunca le puso ninguna de las cintas ni ninguna copia?

Michael miró con atención a Klein, que meneó la cabeza unas cuantas veces y respondió:

– No.

– Porque las cintas están en nuestro poder, y en ellas no hay ninguna entrevista con un abogado de Carolina del Norte; no hay nada ni remotamente parecido a eso.

– ¿Es posible que no grabara esa entrevista? -aventuró Klein.

– ¿Por qué iba a grabar todas las demás y ésa no? -insistió Michael, mirando fijamente a Klein, que parecía aturdido, desconcertado.

– No tengo ni idea -dijo Klein-. ¿Quiere que busque ahora el teléfono del abogado? Con el lío que hay aquí, puede costarme horas.

– No hace falta que lo busque ahora mismo, pero sí a lo largo del día -tras reflexionar un instante, Michael añadió-: Llámeme cuando lo encuentre. Si no estoy, dele el teléfono a Tzilla Bahar.

«Se ve que eres una persona auténtica, aunque te pongas tan pedante al hablar. Pero ¿por qué me da la impresión de que también tú me estás ocultando algo?», pensó Michael mientras ponía en marcha el motor de su coche y se volvía para mirar a Klein, que se había asomado a la ventana. Se dio cuenta de pronto de que no había pensado en Maya ni una sola vez mientras estaba con Klein y sintió una repentina punzada de soledad. Volvió a mirar la cortina de flores que ondeaba en la ventana y posó las manos sobre el recalentado volante.

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