Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
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La atmósfera era igual de sofocante en el interior de las dependencias del barrio ruso que en la calle. Michael entró en su despacho y encontró a Eli Bahar revolviendo papeles que iba sacando de una gran bolsa de plástico.
– ¿Alguna novedad? -preguntó Michael, y bebió un trago de la botella de zumo que le tendió Eli-. Yo sí tengo algo que decirte -prosiguió, sin esperar respuesta, y dejó la botella en la mesa.
Eli Bahar lo miró expectante.
– ¿Recuerdas los estuches de casetes? ¿Donde quedaba un espacio libre?
Eli asintió con la cabeza.
– O bien hubo una entrevista que no grabó, o bien la grabó y la cinta ha desaparecido.
– ¿Te lo ha dicho Klein?
– Sí. Me ha hablado de que Dudai tuvo que conducir ocho horas de ida y otras ocho de vuelta para acudir a una cita. Y volvió totalmente destrozado, no sé por qué.
– ¿Y Klein no sabe lo que ocurrió?
– No. Sólo sabe que fue a conocer a un abogado y a un judío ruso que estaba en su casa.
– Está bien -dijo Eli con un suspiro-. ¿Quieres que deje esto como está y vuelva a registrar su casa?
Michael hizo un gesto de asentimiento.
– Y registra también su despacho del Monte Scopus.
– Pero si ya hemos sacado todo esto de allí -protestó Eli desesperado.
– Que vaya contigo Alfandari. Además quiero volver a hablar con Ruth Dudai, así que, en primer lugar, puedes ir a buscarla y me la traes aquí.
– Suponiendo que esté en casa -replicó Eli escéptico.
– Estará en casa. A dónde iba a ir con un bebé con el calor que hace -le aseguró Michael.
Michael dedicó la siguiente hora a revisar las transcripciones de las cintas encontradas en casa de Iddo Dudai. Estudió las páginas mecanografiadas llenas de topónimos, fechas y complicados nombres de personas desconocidas para él. Sólo se dio cuenta del largo tiempo transcurrido cuando entró Tzilla.
– La señora Dudai ha llegado -dijo Tzilla.
– ¿Puedes esperar a Balilty en la sala de reuniones? Yo me ocuparé de la señora Dudai -dijo Michael, y le entregó las transcripciones.
Eli Bahar hizo pasar a Ruth Dudai y prácticamente la depositó en la silla que había frente a Michael.
– Me marcho -se despidió Eli.
A las seis de la tarde, a Michael no le quedaba nada por hacer. La entrevista con Ruth Dudai no había conducido a nada, Eli aún no había regresado del Monte Scopus, Tuvia Shai realizaba su segunda prueba poligráfica y Michael estaba ocioso en su despacho. El teléfono guardaba silencio. «Ya se encargará Tzilla de enterarse de los resultados de la prueba», se dijo Michael mientras descendía hacia el aparcamiento.
Aunque había refrescado, Michael tenía los reflejos embotados y cuando dobló por la calle Jaffa los coches de detrás tocaron el claxon; luego condujo mecánicamente hasta Givat Ram, donde aparcó frente al campus casi desierto.
Franqueó la entrada lentamente y contempló el césped bien cuidado, donde ya no se sentaba nadie; sus ojos revivieron las viejas imágenes: docenas de progresistas estudiantes de arte que solían tenderse sobre la hierba en los descansos y otros que se dirigían de la biblioteca a la cafetería, sus ropas de vistosos colores moteando el verdor de la hierba, los caminos por donde todo el mundo paseaba, como si, en aquel entonces, existiera todo el tiempo del mundo. En aquel entonces, antes de que trasladasen las Letras al Monte Scopus. Hacía tan sólo cinco años, pensó Michael, a los estudiantes de Ciencias nunca se les veía en el césped; estaban encerrados en el ala trasera de la universidad, absortos en sus experimentos, en los laboratorios. Y ahora que habían transformado todos los edificios en laboratorios, los estudiantes de Ciencias recorrían los caminos con paso rápido y resuelta eficacia, y Michael cavilaba a qué tanta resolución en un mundo que parecía haber perdido todo propósito. Se detuvo a leer el nuevo nombre del que fuera el edificio Lauterman; ahora era el edificio Berman. En el vestíbulo había pilas y pilas de sillas rotas; recordando que en una visita previa había visto que todas las aulas eran ahora despachos, Michael se abstuvo de entrar. ¿Qué defecto tenía este campus para que hubieran estimado necesario construir el mamotreto del Monte Scopus y dejar que Lauterman se convirtiera en un edificio fantasma? ¿Qué clase de generación estaría madurando dentro de aquella fortaleza de piedra?, se preguntó una vez más; luego salió de sus ensoñaciones y apretó el paso en dirección a la Biblioteca Nacional.
Lo primero que le llamó la atención fue el olor. El viejo olor a libros, encuadernaciones, madera y humanidad seguía impregnando la sala de catálogos; luego se fijó en las cajas para colocar las fichas, las rojas para la sala general de lectura y las azules para la sala de lectura de Estudios Judaicos y Orientales. También había innovaciones: sobre el negro mostrador redondo reposaban terminales de ordenador y, tras él, una fila de mujeres de mediana edad atendían las consultas con paciencia y cortesía. Sus movimientos ganaron presteza cuando se situó ante los archivadores, sacó el cajón etiquetado «Ti-Tr» y comenzó a apuntar los nombres y signaturas de los libros de poesía en las fichas de solicitud. Recordando sus tiempos de estudiante, cuando solía esperar emocionado algún ejemplar raro y luego, en la sala de lectura, sólo encontraba una nota roja que decía: «No se halla disponible», Michael Ohayon solicitó todos los ejemplares de cada libro, esmerándose no olvidar el ejemplar reservado, señalado con una R; también pidió Un comentario sobre Tirosh de Tuvia Shai, metió las fichas en la ranura sobre la que estaba grabado en letras negras: «Solicitudes» y preguntó cuánto tiempo tardarían en llegar los libros. El estudiante que había tras el mostrador repuso: «Por lo menos una hora», y Michael suspiró…, eso no había cambiado. Se encaminó a las escaleras que ascendían a la planta de la biblioteca y luego rehizo sus pasos hacia la sala de catálogos, donde consultó febrilmente las fichas bibliográficas de Agnón. Solicitó dos ejemplares de Shira, uno de ellos de la primera edición, y regresó a las escaleras. En la biblioteca se desvanecía el ambiente espectral del campus, pese a que en la planta baja ya no estaba la vieja cafetería de siempre, y eso le encogió el corazón. En la sala de lectura de Estudios Judaicos hojeó diversas revistas literarias mientras reflexionaba sobre los esfuerzos de Israel para situarse en la escena internacional y se pasmaba de los títulos de los artículos, que le parecían de lo más crípticos («Conexiones semióticas y combinaciones ligadas», «Funciones emocionales del estilo indirecto libre»), y fue allí, en esa sala, donde le asaltó una rabia asesina contra Maya y su marido y el mundo en general, y, por una vez, no se recriminó. Sabía que sólo la ira le permitiría despertar su capacidad de concentración y poner los cinco sentidos en la indagación de una disciplina académica de la que apenas si sabía nada…, porque era consciente de que un lector corriente como él no estaba en absoluto al tanto de los misterios de la crítica literaria contemporánea.
Michael pasó varias horas en la sala de lectura, examinando artículos y notas a pie de página. Una de las veces que levantó la mirada, vio ante él a la catedrática Nechama Leibowitz, a quien tenía por una de las grandes figuras de los viejos tiempos. Leibowitz se encaminó al mostrador, inclinó la cabeza, tocada con su sempiterna boina marrón y él oyó cómo trató de susurrar con su vozarrón: «Pero ésa no soy yo, ese libro no es mío, debe de ser de mi hermano»; regresó luego a su sitio con una sonrisa bondadosa iluminándole la cara, y Michael, reconfortado, exhaló un suspiro y reanudó el estudio de los ensayos críticos sobre la obra de Tirosh y de los libros de Tirosh sobre otros poetas, muchos de ellos desconocidos. Prestó especial atención a la columna, consagrada a la crítica de la literatura contemporánea, que Tirosh escribía en la revista cuatrimestral Criterios y que se titulaba, por motivos casi siempre ampliamente fundados, «Notas de una pluma envenenada». Pretendía comprender los criterios estéticos del hombre que había prodigado elogios a poetas absolutamente desconocidos en su día y cuyos nombres y obra habían llegado a resultarle familiares a Michael. Y los dardos envenenados dirigidos contra poetas de los que Michael nunca había oído hablar, ésos también los estudió.