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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– ¿Y habló usted con el abogado? -preguntó Michael.

– No; no lo conozco. Quizá debería haberlo hecho… Ahora que lo pienso… -Klein lo miró sobresaltado.

– ¿Tiene el nombre y la dirección del abogado? -quiso saber Michael, apremiante.

Klein asintió vehementemente y luego miró a su alrededor desesperado.

– Los tengo, pero he de buscarlos. ¿Los busco ahora mismo?

– Podemos dejarlo para dentro de un rato -repuso Michael.

Luego le pidió a Klein que le explicara hasta qué punto conocía bien a Tirosh, y percibió la emoción que encerró su respuesta:

– Como ya sabe, no es usted el primero en preguntármelo y, a decir verdad, últimamente no paro de pensar en eso. Hasta hace pocos días, creía que sí…, que conocía a Shaul, quiero decir. He estado en contacto con él desde que llegó a Israel. Estudiamos juntos, cuando la universidad todavía estaba instalada en el monasterio Terra Sancta. Solía venir a nuestra casa por lo menos una vez a la semana, hasta hace unos cuantos años.

– ¿Qué pasó hace unos cuantos años? -preguntó Michael, y advirtió un temblor en los gruesos labios de Klein, que, sin duda, decidió sobre la marcha, eran su facción más expresiva.

– Es difícil de definir -dijo Klein despacio-, pero yo diría que nuestras formas de vida se fueron alejando gradualmente. Él se volvió más extremista, y, en cierto sentido, yo también me hice más extremista en mi modo de vida; además, con los años se fueron acumulando resentimientos: quejas de alumnos por las notas que les ponía cuando yo era jefe de departamento, obligaciones que Shaul no cumplía, discusiones sobre cuestiones de principio en las reuniones de departamento…, discusiones que aparentemente nada tenían que ver con nuestras relaciones personales; pero, como sabe, no es fácil compartir amistosamente la mesa con un hombre cuando acabas de atacar sus artículos de fe y él los ha defendido fanáticamente. Había pocas cosas sobre las que coincidiéramos, y en realidad, mucho me temo que si nos hubiera conocido a ambos, le habría extrañado más que en tiempos estuviéramos tan unidos que el hecho de que luego nos alejásemos. Compréndame, no hubo dramas, ni peleas, ni una ruptura de la relación como tal; sencillamente, nuestros vínculos se fueron debilitando poco a poco. Cada vez venía menos de visita, y, cuando venía, se producían largos silencios entre nosotros -Klein calló un instante, como imaginando la escena-. Ofra, mi mujer, aseguraba que Shaul nos detestaba por llevar un estilo de vida burgués, pero yo me inclino a pensar que en el fondo había algo más. Es indudable que desde que dejó de escribir su vida se fue quedando cada vez más vacía. Se podrían haber dicho muchas cosas sobre Shaul, pero nadie pondría en tela de juicio su criterio certero para la poesía, y nadie me convencería de que Shaul consideraba buenos sus últimos poemas políticos. Debía de saber lo que valían. Y si era incapaz de escribir, ¿cómo podía justificar su existencia? Su existencia tal como era, es decir, solitaria y dedicada a los placeres, siempre insatisfecha. ¿Qué podíamos ofrecerle nosotros aparte de un espejo en el que contemplar su esterilidad? -dijo suavemente.

– A lo mejor, sencillamente encontró nuevos amigos -dijo Michael con brusquedad-. Como los Shai, por ejemplo.

Ariyeh Klein se sonrojó y guardó silencio. Luego bajó la mirada y dijo:

– Tal vez, no lo sé -y alzó la vista.

Michael vio inteligencia y tristeza en su mirada franca, y también animosidad, y no supo si esta última iba dirigida hacia Shaul Tirosh, hacia las relaciones de Tirosh con Tuvia y Ruchama Shai, o quizá, como se temía, hacia él y sus preguntas.

Se oyó un zumbido persistente que procedía del escritorio; Klein apartó diestramente un montón de papeles y levantó el auricular del teléfono que estaba sepultado debajo.

– Espere un momento -dijo, y le pasó el teléfono a Michael, que oyó la voz de Eli.

– ¿Puedes hablar? -le preguntó.

– Te estoy escuchando -respondió Michael, y Ely le informó de que la bombona de casa de Tirosh era una simple bombona de gas para la cocina.

Michael miró a Ariyeh Klein a la cara y durante un segundo se sostuvieron la mirada; luego Klein volvió a dirigir discretamente la vista hacia la pared de enfrente, como para demostrar que no estaba escuchando la conversación.

– Muy bien. ¿Y qué está pasando ahora mismo? -preguntó Michael.

– Estamos revisando los papeles que trajimos del Monte Scopus, Alfandari y yo. No tengo ni idea de dónde está Balilty. Tzilla nos está echando una mano con los papeles. Le hemos pedido a Shai que venga a repetir la prueba poligráfica; aún no ha respondido. ¿Vas a volver directamente aquí?

– No lo sé -dijo Michael-, pero me pondré al habla con vosotros. ¿Qué hora es, las dos y media, más o menos? Os llamaré sobre las cinco.

Klein parecía agotado tras hablar con tanta pasión de Iddo Dudai. Sonrió cuando Michael quiso informarse sobre los poetas a los que Tirosh había ofendido.

– ¿Quiere que le hable de su relación con los poetas desconocidos?

– Sí, más o menos. ¿Cómo funcionaba? ¿Le mandaban sus manuscritos? -inquirió Michael.

– A docenas -replicó Klein-. Siempre estaba quejándose de eso, aunque, como es lógico, también le gustaba. A veces me enseñaba los manuscritos. Siempre le pasaba la prosa a Dita Fuchs. En los últimos años se limitaba a leer poesía.

– Y, sin embargo, en su mesa encontramos unas notas sobre el último capítulo de Shira.

– ¿Shira? ¿Se refiere a la Shira de Agnón? -Klein frunció los labios, perplejo-. ¿Qué tenía que ver Shaul con Agnón? Nunca se ha ocupado de Agnón -luego añadió vacilante-: Que yo sepa.

Michael le preguntó cuál era el procedimiento…, cómo se enviaban los manuscritos y cómo se devolvían.

– Los autores adjuntan su dirección o su teléfono, a no ser que alguien a quien conoces personalmente te entregue un manuscrito -explicó Klein-. Y a diferencia de lo que hacía con los trabajos de clase, Shaul respondía enseguida cuando alguien le enviaba su obra. Siempre estaba ocupado buscando jóvenes poetas de talento; nunca ocultó que quería ser lo que yo llamo un arbiter poeticum, influir en el espíritu de la época.

Michael mencionó el papel que interpretaba Tirosh en el café Rovall de Tel Aviv, y después de sonreír, Klein dijo con vehemencia:

– No, la compasión no era su cualidad más destacada; podía ser cruel, sobre todo en cuestiones artísticas. Pero yo nunca se lo eché en cara; soy de la opinión de que la gente que se dedica al arte corre sus riesgos, y recibir críticas es uno de ellos. En mi opinión, Shaul no tenía rival en ese terreno; era un crítico de primera.

El teléfono volvió a sonar; Klein cogió el auricular y escuchó lo que le decían. Su expresión se relajó; luego lanzó una mirada preocupada en dirección a Michael y dijo:

– Intenta tranquilizarte. Te llamaré en cuanto pueda -una vez que hubo colgado, le dijo a Michael-: Era Yael Eisenstein. Como sabe, le dirijo la tesis. La han interrogado otra vez, y el detector de mentiras le ha afectado mucho; es muy vulnerable.

– ¿Ah, sí?

A Michael no le pasó inadvertida la hostilidad de su propia voz. Estaba harto de la actitud parternalista de Klein hacia sus alumnos, y se preguntó hasta qué punto influiría la belleza de Yael Eisenstein en el hombretón que estaba sentado frente a él, jugueteando con un abrecartas.

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